Alya Fuentes Mis ojos estaban clavados en la pantalla, sin parpadear, como si el más mínimo movimiento pudiera romper el hechizo de horror que se estaba desplegando ante mí. El granulado de la imagen no lograba ocultar la figura elegante y altiva de mi madre cuando cruzó el umbral del depósito. Se movía con la seguridad de una reina reclamando un trono perdido, pero esa confianza se evaporó en un segundo cuando, desde las sombras del fondo, la figura cansada y encorvada de mi padre dio un paso hacia la luz. El silencio que siguió en la grabación fue tan denso que juraría haberlo sentido físicamente en la nave donde yo estaba escondida. —¿Qué haces tú aquí? —el grito de Olivia atravesó los altavoces, cargado de un veneno que me hizo estremecer. Marcos, a mi lado, se mantuvo tan inmóvil c

