Capítulo 28

1288 Words
Camila miró la puerta de la izquierda, preguntándose qué estaría escondiendo allí. Luego observó el sofá y se burló. Ella era la esposa, la que debería dormir en la cama, pero ese hombre era demasiado egoísta. Sonrió al pensar en Gabby. Le agradaba; después de todo, era una mujer con clase. El teléfono que Alexander había dejado sobre el escritorio comenzó a sonar, y Camila vio el identificador de llamadas: era Renata, la chica que Alexander amaba. También vio su foto. Era una mujer hermosa, y hacían buena pareja. Su expresión se ensombreció. ¿Cómo habían terminado así? Alexander entró en la habitación y contestó la llamada delante de Camila. —Hola, amor. Renata… —dijo con suavidad—. Ya estoy de vuelta, acabo de llegar. Sí. —Me alegra que hayas vuelto —respondió Renata, sonando feliz al otro lado de la línea. —¿Dónde estás? —preguntó Alexander—. ¿Podemos vernos? Camila volvió a mirarlo. Alexander sonrió. —Estaré allí en una hora. Caminó hacia el armario. —Yo también te amo. Con eso, terminó la llamada. —Voy a darme una ducha —le dijo a Camila con frialdad. —Eres libre —respondió ella, tomando su teléfono antes de salir de la habitación. Bajó las escaleras y vio a Gabby. —Hola, Camila —saludó Gabby con una sonrisa. —Hola —respondió Camila, todavía sin saber cómo dirigirse a ella. —Soy Gabby —se presentó, sonriendo. —Ya lo sé. —Vamos a comer —dijo Gabby, tomando sus manos. —Estoy bien. Comí en el avión —respondió Camila con suavidad. —Hay comida deliciosa preparada. Estoy segura de que no podrás resistirte. Gabby la llevó al comedor, donde la mesa estaba llena de platillos apetitosos. —Guau… —Camila se mordió el labio inferior y tragó saliva. —Vamos a empezar —dijo Gabby con entusiasmo. Sacó una silla para Camila, quien se sentó. —Te dije que te sorprenderías. Gabby también tomó asiento y le sirvió un plato con comida recién hecha. —Prueba esto. Camila probó un poco. —Está delicioso. —Te lo dije —respondió Gabby con orgullo. Comenzaron a comer. —Habrá mucho más. Me aseguraré de que disfrutes tu estancia aquí. Camila sonrió con calidez. Era la primera vez que sonreía en toda la semana. Miró a Gabby como si fuera un ángel. Al menos todavía era apreciada por alguien en aquella enorme mansión. Alexander bajó las escaleras después de cambiarse. —¿Vas a algún lado? —preguntó Gabby, mientras daba un sorbo a su vino. —Sí, bebé. Renata me está esperando —respondió Alexander, acomodándose la camisa. Gabby frunció el ceño y miró a Camila, que estaba concentrada en su comida. —Alexander, ahora estás casado —dijo sin rodeos. Alexander miró a Camila. —Lo sé, Gabby. Pero ella no es mi tipo —dijo, refiriéndose a Camila. Camila se burló. —Tú tampoco eres mi tipo. Estoy segura de que yo tampoco soy el tuyo; de lo contrario, habrías escapado cuando te pidieron que te casaras conmigo. Mírate en el espejo: no te pareces en nada a Renata. Estás desempleado y estoy segura de que eres una carga. Alexander sonrió con arrogancia. —¡Alexander! —gritó Gabby—. ¿Puedes irte ya? ¿Esa es forma de hablarle a una dama? Mientras Gabby lo reprendía, Camila bajó la mirada hacia su comida, con los ojos llenos de lágrimas. —Ya me voy. No puedo hacer esperar a Renata —dijo Alexander antes de salir de la casa. Shane Cole lo estaba esperando afuera para conducirlo. —Lo siento. Mi hermano no tuvo una buena educación —se disculpó Gabby con suavidad. —Está bien. Estoy acostumbrada a las palabras duras —respondió Camila, continuando con su comida—. La comida está deliciosa. Gabby la observó en silencio, sabiendo que aquella sonrisa era forzada. —Oye, Camila, ¿sabes nadar? —preguntó Gabby, cambiando de tema. —No —respondió ella. —Oh, vaya. Puedo enseñarte si quieres —dijo Gabby con entusiasmo. —No, gracias. Le tengo miedo al agua —contestó Camila lentamente. —Oh… qué sorpresa. Bueno, cuando estés lista, estaré aquí —le aseguró Gabby. —Claro —respondió Camila con una leve sonrisa. —Soy muy buena nadadora. He ganado medallas de oro en varias ocasiones —añadió Gabby con orgullo. —¿En serio? —Camila pareció interesarse. —Sí. Puedo mostrártelo si quieres. —Me gustaría verlo —sonrió Camila. Cualquier cosa que la ayudara a no pensar en el marido que no la amaba. —De acuerdo. Entonces terminemos de comer primero. —Claro. Siguieron charlando animadamente. --- Después de pasar un rato agradable con Renata, ambos se sentaron a cenar en un restaurante. —Entonces, ¿cómo estuvo tu luna de miel? —preguntó Renata. —Terrible —respondió Alexander en una sola palabra. Renata sonrió y dio un sorbo a su vino. —¿Por qué dices eso? —Deberías saber la razón. Me obligaron a hacer un viaje que no me importaba en absoluto —dijo Alexander en voz baja. —Así son las cosas con la gente rica —comentó ella. —Sabes que pasaría dos meses de viaje contigo, muy lejos de aquí, si estuviera casado contigo —Alexander la miró fijamente. —Lo sé… pero eso no es posible —murmuró Renata. —Puede que sí lo sea —dijo Alexander con seriedad. Renata observó su expresión seria. —No entiendo. Alexander le dedicó una sonrisa cálida y tomó sus manos al otro lado de la mesa. —Pronto lo entenderás. Renata decidió dejar el tema. —Háblame de tu viaje. —Sentía curiosidad y quería conocer los detalles de lo que había hecho con Camila. —No hay nada que contar. Fue muy aburrido —respondió Alexander, llevándose la copa a los labios y dando un largo trago. Se sentía agotado por todo lo que había tenido que soportar últimamente. —¿Hiciste el amor con ella? —preguntó Renata en voz baja. Eso era lo que realmente quería saber. —Renata, no digas tonterías. Eso sería asqueroso —respondió Alexander con irritación. —¿Por qué? Es tu esposa, Alexander —replicó ella, incapaz de creerle. Alexander la miró con seriedad. —Renata, no puedo besar a ninguna mujer que no seas tú. Ella sostuvo su mirada y se dio cuenta de que no estaba mintiendo. Sonrió levemente. —Te extrañé —añadió Alexander, tomando sus manos. —Pero no pudiste llamarme —dijo Renata, haciendo un pequeño puchero. —Estaba esperando el momento adecuado. Renata, eres más importante para mí que cualquier otra persona —la miró con intensidad. —Tu familia debería ser lo primero —respondió ella, y ambos sonrieron. Renata se inclinó y besó suavemente sus labios. Alexander la miró con ternura. —Hay un lugar al que quiero llevarte, pero primero debes terminar de comer —le dijo, besando su mano. —Ahora tengo curiosidad. ¿A dónde vamos? —Es un secreto —respondió él, dando otro sorbo a su vino. —Entonces vámonos ya. Ya terminé —dijo Renata, apurando el vino que quedaba en su copa. Alexander soltó una risa baja. —Eres muy impaciente. —Lo sabes —contestó ella mientras recogía su bolso. —Por eso te amo. Siempre has sido así desde que éramos niños —dijo Alexander con una sonrisa. Renata puso los ojos en blanco. —Por favor, no menciones eso. Ambos rieron. —Vámonos. Me encantan tus sorpresas. —Estoy seguro de que sí. Alexander pagó la cuenta y salieron juntos del restaurante.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD