Las lágrimas llenaron sus ojos mientras continuaba:
—Tampoco tocaré tu comida. ¿Hay algo más que no haya mencionado…? —lo miró fijamente.
—Ah… —recordó algo más y sollozó—. No me importará si llegas tarde ni te esperaré despierta. Me mantendré fuera de tu camino, así que, por favor… —su voz estaba ronca— haz lo mismo —dijo suavemente.
—Menos mal que lo entendiste —sonrió con suficiencia.
Camila no podía soportar mirar a ese hombre. Se dio la vuelta y subió las escaleras hasta la habitación que compartía con Alexander.
Necesitaba bañarse y descansar. También debía revisar su correo electrónico para ver si había recibido alguna respuesta a sus entrevistas anteriores.
Después de bañarse, se sentó en el sofá de la habitación que compartía con Alexander, abrió su computadora portátil y revisó su correo.
Sus ojos se abrieron con sorpresa y emoción.
—¡Sí! —gritó, saltando del sofá—. ¡Por fin!
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Lo logré —se mordió el labio.
Alexander, que estaba sentado en la cama, la miró con el ceño fruncido.
—¡Oye! —Camila giró la cabeza para mirarlo.
—No estás actuando en un drama ni voy a audicionarte, así que contrólate.
—Lo entiendo —dijo Camila con una sonrisa—. Entré. Finalmente conseguí un trabajo.
Alexander la observó mientras murmuraba:
—Por fin conseguí un trabajo de verdad.
Se dejó caer en el sofá con lágrimas de felicidad en los ojos.
Alexander sonrió y se recostó, cruzando los brazos.
—Qué divertido —dijo con sarcasmo—. Estás tan feliz por haber conseguido un trabajo.
Se burló, y Camila giró la cabeza para mirarlo.
—Bueno, deberías estarlo, ya que es tu primera vez.
Camila puso los ojos en blanco.
—No vas a arruinarme el momento —dijo, levantándose del sofá. Estaba demasiado feliz como para dejar que la ofendiera.
Se acercó a su armario y sacó varias prendas, mirándose al espejo para decidir cuál le quedaba mejor.
Ninguna le gustó.
—Uf… —gimió.
Mañana tenía que comprar un vestido para su primer día. Revisó su bolso y solo tenía un poco de dinero en efectivo. No sería suficiente para comprar algo elegante.
Tomó el teléfono y llamó a Clara, quien respondió al primer timbre.
—Hola, Clara.
—Camila, ¿ya llegaste a casa? —preguntó Clara desde el otro lado de la línea. Parecía que la llamada la había despertado.
—Sí, ¿y adivina qué? —dijo Camila con entusiasmo.
—¿Qué? —preguntó Clara, todavía adormilada.
—¡Conseguí un trabajo! —respondió feliz.
—¿En serio? —Clara se despertó por completo y sonrió.
—Te voy a leer el mensaje —dijo Camila, apresurándose hacia su computadora portátil.
Leyó en voz alta:
—“Felicitaciones, Camila Joey. Has sido seleccionada como una de las escritoras talentosas de la compañía Chixobest. Por medio de la presente, le informamos que debe presentarse mañana a las diez en punto de la mañana”.
Terminó de leer y exhaló suavemente.
—Eso es todo.
—¿De verdad?
—De verdad —repitió Camila, feliz.
—Esto merece una celebración —sonrió Clara.
—¡Sí, fiesta, fiesta! —rió Camila entre dientes.
Alexander, cansado de su voz chillona, se puso los auriculares, aunque todavía podía escucharla.
—Entonces, ¿vendrás mañana después de todo?
—Sí… pero 911 —dijo Camila, usando su código de emergencia.
Clara entendió de inmediato.
—Dispara —murmuró.
Camila miró a Alexander y se alegró de que tuviera los auriculares puestos.
—No tengo un vestido elegante —dijo, haciendo un puchero.
—Yo tengo muchos —respondió Clara alegremente.
—No es tu estilo, me refiero a mi estilo —replicó Camila con brusquedad. Ella era más alta que Clara, y su ropa le quedaría ajustada.
—Entonces…
—¿Puedes prestarme doscientos dólares? —preguntó.
—Camila, todavía no he recibido mi salario mensual. No estoy segura… Solo puedo prestarte cincuenta dólares —dijo Clara en voz baja.
—¿Cincuenta dólares? —Camila se burló—. ¿Eso es todo lo que puedes ofrecer?
—Sí.
Camila frunció el ceño.
—No será suficiente —exhaló suavemente.
—Pídele dinero a tu esposo —sugirió Clara—. Tiene millones.
Camila miró a Alexander, que llevaba los audífonos puestos mientras revisaba su computadora portátil. No podía pedirle ayuda. Ya habían acordado no interferir en los asuntos del otro, y ella había decidido no pedirle nada.
—No importa. Adiós, Clara. Pensaré en qué hacer —se despidieron y terminó la llamada.
—Esto es frustrante —murmuró mientras miraba su armario abierto.
Alexander se quitó los auriculares y cerró la computadora.
—Hasta aquí llegó la emoción. Te descalificarán —dijo mientras se acostaba en la cama—. ¿Escritora? —se burló—. ¿Talentosa? —sonrió con suficiencia—. Deberías ponerte cualquier vestido, ya que ni siquiera podrás entrar.
Camila lo miró y arqueó una ceja.
—¿Qué quieres decir?
Alexander apoyó la barbilla en las manos y la observó.
—Con solo mirarte, estoy seguro de que tienes un coeficiente intelectual demasiado bajo para escribir. Deberías ahorrar el poco dinero que tienes.
Apoyó la cabeza en la almohada.
—Y, por favor, cuando consigas otro trabajo, no grites tan fuerte, porque no saldrá nada bueno.
Apagó la lámpara de la mesita y cerró los ojos.
Los ojos de Camila se llenaron de lágrimas. ¿Con qué clase de hombre se había casado? Se acurrucó en el sofá y hundió el rostro entre las rodillas, llorando en la oscuridad.
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Alexander se despertó a la mañana siguiente y se vistió para ir al trabajo. Camila no estaba por ninguna parte de la casa. Bajó las escaleras y la criada le sirvió el desayuno.
Estaba comiendo en el comedor cuando Gabby salió de su habitación, ya vestida.
—Buenos días, hermano —le dio un beso en la mejilla y se sentó a desayunar con él.
—Buenos días. ¿Cómo pasaste la noche? —preguntó él.
—¿Y tú? —respondió ella, untando mermelada en su pan.
—No lo sé —la miró—. Lo único que sé es que dormir solo en mi habitación era más tranquilo. Fue la primera noche que dormí con alguien allí.
Gabby soltó una risita.
—Deberías probar cosas nuevas de vez en cuando —dio un sorbo a su té—. ¿Dónde está tu esposa?
—Deberías aprender a no preguntarme eso —dijo él, poniendo los ojos en blanco.
—Debería estar desayunando con nosotros —lo ignoró y continuó hablando.
—Por favor, Gabby —espetó Alexander—. No esta mañana —exhaló bruscamente.
Gabby se rindió; sabía cuándo no debía molestarlo.
—Me voy —dijo, levantándose.
—¿Adónde vas? —preguntó Alexander.
—A la oficina —respondió ella, poniendo los ojos en blanco—. A Propiedad Glamorosa.
—¿A la oficina? —Alexander la miró sorprendido.
—Sí. Quiero ver si mis departamentos están trabajando de manera eficaz y aportar nuevas ideas para ayudarte con los tuyos —sonrió.
Alexander se burló.
—Solo vete y deja de fanfarronear.
Gabby rio entre dientes.
—Está bien, está bien. En realidad, tengo que hacer unos recados para mí —tomó su bolso—. Iré de compras y también me encontraré con el hombre que me está cortejando en una aplicación de citas.
Miró a Alexander, que fruncía el ceño.
—No te preocupes, todo está bajo control. Si es aburrido, no durará ni una hora. Como mucho, seis —le dio un beso y salió de la casa.
Alexander dio un sorbo a su té. Su hermana era una consentida, eso ya lo sabía.
Tomó su maletín y salió. Shanne, que ya lo esperaba junto al auto, le abrió la puerta. Alexander entró, Shanne encendió el motor y se dirigieron a la finca Glammaly.
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Camila llegó a casa al mediodía. Había ido a la entrevista final, pero no la había superado. Era algo nuevo para ella y aún tenía mucho que aprender sobre el trabajo. Había sido descalificada.
Se quitó los zapatos y el abrigo. ¿Por qué había estado tan emocionada, creyendo que lo tenía asegurado? Alexander tenía razón… nada bueno había salido de eso.
Había comprado un atuendo nuevo, pero ahora todo parecía arruinado. Se dejó caer en el sofá mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas. Había estado llorando todo el camino de regreso.
Estaba tan feliz cuando recibió aquel mensaje en su correo electrónico… y ahora todo se sentía como una cruel ilusión.