Capítulo 31

1322 Words
—Exacto. Ustedes no deberían venir. Yo relevaré a la criada de sus deberes, luego me iré a mi villa y los dejaré solos —explicó Gabby, exponiendo su plan. —¡Odio tus planes! —suspiró Blake. —Yo también —añadió Eric. —Claro que tiene sentido —intentó convencerlos Gabby. —No, no lo tiene —dijo Garrett, poniéndose de pie y mirando a Gabby, que ahora fruncía el ceño—. Gabby, deberías ir a estudiar en lugar de estar planeando cosas. —Estoy de acuerdo con él —afirmó Blake. —Nos vamos —dijeron mientras se levantaban. —¡Pero funcionará! —Gabby hizo un puchero. —Adiós, Gabby —se despidieron antes de marcharse sin añadir nada más. Gabby se recostó en la silla. Para ella, aquel era el mejor plan. Entonces se preguntó dónde estaría Camila. Sería perfecto que estuviera allí en ese momento. … Clara entró en su habitación para despertar a Camila. Camila abrió los ojos lentamente. —Clara, ¿qué pasa? —preguntó con voz suave. —Tienes que ir a casa, ya es tarde —le dijo Clara. —Mi mamá sabe que estoy aquí —respondió Camila, intentando volver a acostarse, pero Clara la detuvo. —No tu mamá, Camila. Ahora estás casada. Tienes que ir a casa —dijo Clara con seriedad. Camila frunció el ceño; se había olvidado por completo de que estaba casada. —Creí que había dicho que nadie debía interrumpir mi sueño. —Intenté no hacerlo, pero ya son más de las ocho de la noche —respondió Clara con tono suave. Camila se sentó, aún molesta. —Clara, ¿alguien llamó a mi celular? —No —negó con la cabeza. —Nadie se preocupa por mí, así que déjame en paz. Clara suspiró y tomó sus manos. Sentía pena por su prima. —Vamos, comamos. Preparé la cena. La llevó de la mano hasta la cocina. —Camila, si quieres que te ame, deberías intentar ser una buena esposa —dijo Clara en voz baja. Camila se sentó en un taburete. —No quiero que me ame, así que deja de decir tonterías. Clara le sirvió unas gachas calientes y luego se sentó junto a ella. —Entonces, ¿tienes algún plan ahora? —preguntó. Camila suspiró. —Lo único que necesito ahora es un trabajo. Clara estaba a punto de decir algo más, pero Camila la interrumpió: —Clara, ¿puedo comer en paz? Clara asintió y cerró los labios. Ambas continuaron comiendo en silencio. Mientras tanto, Alexander cenaba tranquilamente en la mesa del comedor. Gabby salió y no vio a Camila por ninguna parte. Se acercó a Alexander. —¿Dónde está tu esposa? —preguntó. Alexander guardó silencio. —¿Está arriba? —insistió. Gabby frunció el ceño y miró a Alexander, que permanecía en silencio. —¿Por qué no comes con ella? —preguntó de nuevo. Alexander ni siquiera la miró. Tomó un sorbo de vino mientras ella se daba la vuelta para ir a buscarla. —¡Camila! —llamó hacia el piso de arriba. Subió y llamó a la puerta del dormitorio de Alexander. —Camila, ¿estás ahí? No obtuvo respuesta, así que bajó nuevamente las escaleras y regresó junto a Alexander. —¿Dónde está ella? —exigió. Alexander exhaló suavemente y levantó la mirada para verla. —No lo sé. No estaba aquí cuando llegué a casa. Gabby frunció el ceño y cruzó los brazos. —¿Te molestaste en llamarla o en preguntar por ella? —Gabby, por favor, dame un descanso —Alexander puso los ojos en blanco—. Estoy comiendo. Volvió a llevarse la copa a los labios. Gabby suspiró. —Deberías tratar mejor a tu esposa. Alexander dejó la copa sobre la mesa y la miró con una ceja arqueada. —Por favor, Gabby. —Hizo un gesto con la mano y cruzó los brazos—. Ve a una fiesta o algo así. Me estás fastidiando demasiado. Gabby soltó una risa irónica. —¿Ahora quieres que vaya a una fiesta? Algo que siempre criticas —arqueó una ceja—. Tal vez eso te despeje la mente, sobre todo cuando empiezas a regañarme. Suspiró. —No puedo esperar para ir a trabajar mañana. Se levantó de la silla para marcharse, pero en ese momento la puerta se abrió y Camila entró. Se detuvo al verla. —Ya estoy en casa —anunció Camila. Sus ojos se encontraron con los de Alexander y ambos se quedaron inmóviles por un instante. —¡Camila! ¿Estás bien? —Gabby corrió hacia ella y la abrazó. —Estoy bien —respondió, apartando la mirada de Alexander para mirar a Gabby. Alexander se metió las manos en los bolsillos y su expresión se volvió fría. —La próxima vez que salgas, avisa —dijo, señalando a Gabby—. No me gusta escuchar tu nombre todo el tiempo. Sin añadir nada más, subió las escaleras, mientras Camila lo observaba con la mirada baja. Gabby suspiró y se volvió hacia Camila. —No le hagas caso. ¿Tienes hambre? —preguntó con una sonrisa amable. —Ya comí. Fui a casa de mi prima —respondió Camila. —Está bien. Estoy a punto de ir a una fiesta, ¿te gustaría acompañarme? —No, gracias. Será mejor que descanse. —De acuerdo. Volveré tarde. Buenas noches. Gabby salió de la casa. Camila suspiró suavemente. Sabía que Gabby era una mujer adinerada, pero aun así le sorprendía que saliera de fiesta y regresara tan tarde. Se preguntó qué podía hacer ahora para mantenerse ocupada. Sabía que Alexander estaba arriba, en la habitación, y no quería enfrentarse a él. Miró hacia la mesa del comedor, donde aún estaban el plato y la comida que Alexander había estado comiendo. Se acercó a recoger la mesa. Alexander, que estaba arriba, salió de su habitación con el teléfono en la oreja. —No te preocupes. Mañana me presentaré en tu oficina y me ocuparé del resto. Te prometo que será un éxito. Alzó la mirada y vio a Camila recogiendo la mesa. Frunció el ceño. —Llamaré a mi secretaria para que te envíe el archivo de inmediato. Con eso, terminó la llamada. Bajó las escaleras sin apartar la vista de ella. —¿Qué estás haciendo? —preguntó. Camila lo miró y arqueó una ceja. —Como puedes ver. Puso los ojos en blanco y continuó limpiando. —Deberías llamar a la criada para que haga eso —dijo él, metiéndose las manos en los bolsillos, todavía observándola fijamente. —Puedo hacerlo yo misma —respondió con frialdad. ¿Por qué no podía simplemente irse y dejarla en paz? Acababa de decirle que no le agradaba escuchar su nombre. ¿No podía ignorarla también? Alexander se recargó contra la pared y su mirada se oscureció. —No es que esto no te quede bien —sonrió. Camila se detuvo para mirarlo. —Pero mis platos son especiales y muy caros. Podrías romperlos —continuó con tono burlón. Camila soltó una risa sarcástica y le lanzó una mirada dura. Aquel hombre estaba intentando humillarla. Él pareció notar su enojo, pero siguió adelante. —La verdad es que mis sirvientas son mejores que tú haciendo estas tareas —dijo con suficiencia. Camila se mordió los labios. Sabía que intentaba provocarla, pero no le daría el gusto. —¿Ya terminaste? —preguntó con sarcasmo—. ¿Cuál es tu problema? Lo miró con el ceño fruncido. —¿Por qué no me dejas en paz? —curvó ligeramente los labios—. Entiendo perfectamente lo que has estado insinuando todo este tiempo. El rostro de Alexander se ensombreció. —No tocaré tus cosas. Usaré las mías, dormiré en el sofá y no me acercaré a la habitación en la que me dijiste que no entrara.
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