La finca de Glammaly estuvo especialmente ocupada al día siguiente. El personal trabajaba sin descanso para dejar todo listo para la reunión de negocios programada con los directores de Nueva Zelanda.
Philip llamó a la oficina de Alexander Zack y entró tras recibir permiso.
—Señor, estarán aquí en treinta minutos.
Alexander, que se encontraba de pie junto a la gran ventana, se dio la vuelta. Aunque estaba algo nervioso, mantuvo su expresión profesional.
—De acuerdo.
Philip lo acompañó hasta la sala de reuniones. Cuando Alexander entró, todos los miembros de la junta directiva se pusieron de pie para saludarlo.
—¿Están todos listos? Llegarán en treinta minutos.
Tomó asiento y los directores y accionistas hicieron lo mismo. Alexander asintió hacia Stephen, quien procedió a presentar un informe al resto del equipo.
—Los directores de Nueva Zelanda ya están aquí —anunció Philip poco después.
Alexander se levantó y estrechó la mano de los tres directores que entraron en la sala. Una vez sentados, inició la reunión. Había estado preparándose durante mucho tiempo, así que presentó con seguridad el nuevo dispositivo de telecomunicaciones en el que buscaba que invirtieran.
Al finalizar, los directores neozelandeses se mostraron complacidos y decidieron invertir en el proyecto.
Alexander informó del éxito al presidente, Ethan Zack, quien se mostró orgulloso de sus esfuerzos y lo felicitó. Aquel acuerdo representaba un gran paso para los herederos de Glammaly.
Al llegar a casa, sus amigos lo recibieron con sonrisas.
—Felicidades —le dijeron.
—Gracias, chicos.
Alexander tomó una copa de vino y se dejó caer en una silla.
—Esto merece una celebración —rió Eric. Le encantaban las fiestas.
Alexander esbozó una sonrisa que no alcanzó sus ojos.
—No hay nada que celebrar. Solo celebraría si pudiera evitar ese matrimonio.
Se veía agotado. Dejó la copa sobre la mesa y miró a sus amigos.
—Por cierto, gracias a todos por su trabajo y apoyo.
Sabía que ellos también habían contribuido mucho para que el proyecto fuera un éxito. En otras circunstancias se habría quedado a celebrar, pero no se sentía feliz. Lo único que deseaba era descansar.
—Alexander, ¿podemos hablar? —preguntó Garrett antes de que se marchara.
Alexander lo miró, como si lo estuviera evaluando.
—Claro.
Ambos se alejaron del grupo y caminaron hacia el amplio vestíbulo, frente al hermoso jardín que brillaba bajo el sol poniente.
Garrett observó a Alexander con preocupación. Sabía que era un hombre serio en los negocios, pero también que, entre amigos, solía mostrarse alegre, reír y contar historias divertidas. Sin embargo, aquel no era el Alexander que conocía.
—Alexander, ¿cómo estás? —no pudo evitar preguntar.
Alexander sonrió con suavidad, aunque su sonrisa parecía distante, forzada.
—No lo estoy —respondió con honestidad.
Alexander miró las flores del jardín; parecían tan solitarias como su propio corazón.
—Garrett, no lo estoy. Esta cara, esta sonrisa… todo es una farsa.
Lo miró a los ojos, y en ellos se reflejaba el dolor.
—Renata ni siquiera quiere verme. Parece que le doy asco, Garrett. Se enteró antes de que yo pudiera decírselo.
Suspiró; sentía el corazón hecho pedazos.
—Hiciste todo lo que pudiste —dijo Garrett en voz baja.
—No… —replicó Alexander con amargura—. Si realmente hubiera hecho todo lo posible, este matrimonio estaría cancelado y Renata estaría conmigo ahora.
Su voz sonaba ronca, cargada de pesar. Cerró los ojos un momento y negó con la cabeza.
—Garrett, ya no tengo tiempo para arreglar nada.
Se pasó las manos por el cabello, frustrado. Siempre había tenido el control de todo, pero esta vez lo había perdido por completo.
—Solo queda una semana. Si me fugara con Renata… esa es la única idea descabellada que me queda.
—Respira hondo, Alexander —dijo Garrett, intentando calmarlo.
Lo observó inhalar profundamente.
—Deberías hablar con esa chica… —sugirió—. ¿Cómo se llama?
Alexander le lanzó una mirada dura.
—¡No sé cómo se llama! Y diablos, no. No puedo hablar con alguien como ella.
Exhaló con brusquedad.
Garrett se estremeció y retrocedió un poco.
—Alexander, yo no soy el enemigo aquí. ¿Por qué te enojas conmigo?
Alexander volvió a pasarse la mano por el cabello y suspiró, agotado.
—No estoy enojado contigo. Estoy enojado conmigo mismo.
Miró hacia el jardín y Garrett guardó silencio. Ambos se quedaron contemplando la puesta de sol.
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Camila estaba sentada en su habitación frente a la computadora, revisando su correo electrónico. Todas las respuestas a las entrevistas eran negativas.
Comenzó a llorar. Sentía que su vida era miserable: no podía conseguir trabajo, a pesar de haberse graduado, y ahora debía casarse con alguien que ni siquiera la amaba, alguien que no tenía su número y que ni siquiera conocía su nombre.
Enterró el rostro entre las manos y sollozó. Quería huir, alejarse de todo aquel drama, pero ¿adónde iría? No tenía dinero y no podía abandonar a su familia. Se sujetó el cabello con ambas manos, desesperada. Nunca imaginó que su vida terminaría así. ¿Qué había sido de los sueños que tenía de niña?
Laura entró en la habitación. Al verla en ese estado, se alarmó y se acercó de inmediato.
—Camila, ¿estás bien? —preguntó, tocándole el hombro.
Camila levantó la cabeza; sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—¡No, mamá! No estoy nada bien. El sábado me casaré con un idiota que ni siquiera sabe mi nombre. ¿Cómo quieres que sea feliz?
—Mi pobre niña…
Laura la abrazó y le dio suaves palmadas en la espalda.
—Mamá… ¿nací para ser un juguete? —preguntó Camila con la voz entrecortada.
Laura la apartó con suavidad y la miró directamente a los ojos.
—¡Nunca vuelvas a decir eso! —la reprendió—. Eres un ángel para esta familia, Camila.
Esta vez lo dijo en voz baja, pero con firmeza.
Laura se sentó en una silla junto a Camila.
—Tu padre estaba a punto de hacer un viaje importante al extranjero. Tenía mucha prisa por llegar al aeropuerto cuando yo estaba a punto de dar a luz.
Suspiró, y sus ojos se llenaron de dulces recuerdos.
—Canceló el viaje solo para llevarme al hospital. No llegó al aeropuerto a tiempo porque se quedó conmigo, esperando ver tu linda carita.
Laura tomó las manos de Camila y la miró directamente a los ojos.
—Camila, el avión en el que tu padre debía viajar se estrelló. Hubo muchas víctimas. Tu padre sigue vivo gracias a ti.
Apretó suavemente sus manos.
—Eres un tesoro, Camila.
Camila abrazó a su madre. Su rostro aún estaba marcado por las lágrimas, pero aquellas eran las palabras de consuelo más hermosas que había escuchado jamás.
—Mamá, gracias por recordarme lo especial que soy.
—Sécate las lágrimas, cariño, y vive como alguien especial. Entonces verás cómo las cosas empiezan a salir bien —la animó Laura.
—Gracias, mamá.
Su voz aún sonaba entrecortada, pero las lágrimas se habían secado. Había salvado a su padre incluso antes de nacer. Ese pensamiento la hizo sonreír.
La abrazó con fuerza.