El vaivén de las caderas de Jairo se hacía cada vez más fuerte y acelerada. El gemir de la mujer que tenía bajo él lo tenían al borde el éxtasis. Las manos de la joven lo apresaban como sí él fuera a escapar de aquella maravillosa tortura. — ¡Te amo! — gimió él al profundizar aún más su estocada— ¡Me tienes loco! Aquellas palabras llevaron a la mujer al orgasmo que prometía dejarla si energía. —Profesor— logra decir ella con las palabras entrecortadas. Cada embestida a ella la dejaba sin fuerzas, porque le producía corrientazos de placer— quiero más… Él sudado solo la miro y sonrió al ver aquella mejillas rojas por el esfuerzo. —Para la mujer que tanto amo, todo— y el hombre ese afano con más esfuerzo. Un esfuerzo más y él se derramo dentro de la joven. —Te amo, profesor— gimió la

