CAPÍTULO TREINTA Y DOS Merk caminaba por las interminables rocas del Dedo del Diablo, resbalando y tratando de mantenerse de pie, sintiéndose intoxicado por el cansancio mientras avanzaba hacia la puesta de sol. Le pesaban tanto los ojos que apenas podía mantenerlos abiertos, y le dolía cada parte de su cuerpo y, especialmente, la herida que le había dejado el cangrejo en la espinilla. Pero aun así, sabía que era afortunado de seguir con vida. Llegaban olas interminables de niebla traídas por las ráfagas de viento del océano y de la bahía, algunas lo suficientemente fuertes como para hacerle perder el equilibrio. Al mismo tiempo, lo atormentaban los sonidos distantes de los cuernos de Marda, que hacían eco en la niebla y añadían presión. Después de tantos días de caminata sin ver a ningu

