CAPÍTULO OCHO Jayne parecía una supermodelo mientras corría junto al destello de las olas, con el cabello flotando tras ella y las piernas largas y esbeltas. Y, a diferencia de Emily, casi ni sudaba. Todo el mundo con el que se cruzaban se quedaba mirándola, hechizados por su belleza y sorprendidos al ver a alguien tan increíblemente atractivo en su pueblo tranquilo y soñoliento. ―Ni siquiera recuerdo la última vez que vi el océano ―dijo Jayne―. Quiero decir, aparte de cuando estaba viniendo. A veces Nueva York consigue que te olvides de que ahí fuera hay algo más aparte de carreteras y edificios. ―Eso es verdad ―concordó Emily, jadeando. Le constaba incluso formar las frases más cortas. Raj estaba colocando algunas macetas en la parte exterior de la tienda cuando pasaron por allí. ―¡

