CAPÍTULO VEINTIRÉS La luz del sol la cegaba. Emily estaba mirando por la ventana de su dormitorio cómo Daniel cargaba su camioneta bien temprano a la mañana siguiente. No podía evitar sentirse culpable por las palabras enfurecidas que le había dirigido en el bar. En realidad no quería que se marchase, quería ser egoísta y poner sus necesidades ante todo, pero una parte de ella, la niña herida y exigente que vivía en su interior y que era absolutamente real, quería que Daniel hiciese lo correcto con esa pobre niña inocente. Aquello no era su culpa, al igual que no había sido culpa de Emily. Jamás le desearía a nadie el perder a su padre, ni siquiera a su peor enemigo. Llamaron con suavidad a la puerta y Emily dejó que la cortina se cerrase, ocultando la imagen de Daniel, para quitar el ce

