CAPÍTULO 3 — Mis padres

4206 Words
El resto de la semana fue más de lo mismo, mucho trabajo y mucho papeleo, pero la actitud de Neizan llegó a ser detestable. Desde el miércoles hasta el viernes, estuvo enojado con la vida. Quizás, había tenido problemas con su novia, me imaginaba, porque su actitud mandona y el griterío cuando reprendía a alguien en su oficina, eran insoportables. ¿Problemas familiares? Lo dudaba. Sus padres eran amorosos y los dos hermanos del idiota, según sabía, se portaban ejemplarmente. Entre llevar café, preparar las salas para cada reunión, organizar el catering, almuerzos y cenas, el viernes, cuando llegué a mi casa, lo único que hice fue lanzarme en la cama y dormir. No podía más. Este chico realmente quería que yo renunciara, pero no. No me la iba a ganar. El sábado, desperté a las diez de la mañana, porque sentí un abrazo en mi espalda. Era Hannu, quien siempre hacía eso. Se acostaba detrás de mí, me abrazaba y besaba la cabeza, para que despertara con sus besos de hermano amoroso. Me encantaba. Nos amábamos y nos cuidábamos mucho, siempre fuimos así. Con Seija también éramos muy cariñosos, pero creo que, al yo ser la mayor y él, el menor, había una conexión distinta, independiente de que solo nos lleváramos por un año de nacimiento entre cada uno. Para Hannu, éramos sus chicas. —Despierta bebé gigante— Hannu besó mi cabeza y me peinó el cabello despacio. —Mmm no me quiero levantar, Hannu— Hice un puchero aún con los ojos cerrados. —Es sábado y debemos ir al gimnasio como lo hacemos siempre, ya estamos una hora retrasados, no seas perezosa. —Por favor, hoy no, por favoooor— le supliqué. —Seija ¿estás lista? — Dijo Hannu y esa era una alarma, porque sabía que estos dos, me harían algo malo. Desperté tan rápido como pude, pero no alcancé a esquivar el vaso de agua que Seija me arrojó en la cara. —Maldita enana, como te pille te mato— Le dije. Me levanté de la cama y salí persiguiendo a Seija por la casa, casi me caí de la escalera tratando de perseguirla. Papá salió de su oficina y mamá del comedor cuando escucharon a Seija gritar y reír fuerte. Había logrado agarrar su cabello, no con demasiada fuerza, pero sí lo suficiente para que dejara de correr por la casa. La acerqué a mí y la abracé por la espalda para tirarla al suelo. En unos segundos, estaba sobre ella a horcajadas haciéndole cosquillas. Algo que Seija detestaba. Mis padres nos miraban con cara de “¡por dios que infantiles!” y Hannu solo se reía y me incitaba a que le hiciera más cosquillas, porque había sido idea de ella lanzarme agua. Cuando Seija ya no podía respirar, decidí molestar a Hannu, por haber sido cómplice intelectual. Me paré tan rápido como pude y me lancé sobre él, quien, al no parar de reír, no se había dado cuenta de mi movimiento y terminó cayendo al suelo. —c*****o de mierda, también eres culpable y mereces tu castigo— Comencé a hacerle cosquillas en su estómago y Hannu ya no podía respirar. No me importó, quería que se ahogara con la risa. —ppppor… fffa… voooooorrr ¡Helli! — Fue lo que alcanzó a decir, cuando decidí agarrar su pie y hacerle cosquillas en la planta. Pero, así como le agarré el pie, tuve que soltarlo rápido, porque con el otro pie que tenía libre, me dio una patada en la cien y me lanzó de espaldas al suelo. En un segundo vi puntitos negros y me desmayé. Desperté con un dolor de cabeza horrible y recostada en el sillón de la sala de estar. Y lo peor, con la mirada de varias personas. Mi sorpresa fue enorme, cuando reconocí los rostros que me miraban expectantes. Sí, eran los Asturias León. Según supe después, justo cuando me desmayé, Nani, nuestra ama de llaves, le abrió la puerta a la familia de mi rival, porque iban a salir con mis padres. ¡Ni siquiera nos habían invitado! Era una salida solo de mis padres y la familia completa del idiota, incluido el idiota. Y yo no sabía. Con tanto trabajo, ni siquiera me avisaron durante la semana. — ¡Helli, perdonameeee! — Hannu se abalanzó sobre mí y me tomó en brazos como pudo, haciendo que yo me sentara en sus piernas —No fue mi intención, perdóname, te amo mucho— comenzó a darme muchos besos en mi cabeza y en la cara, y yo solo me comencé a reír. —Hannu, basta, me duele la cabeza— Le decía tratando de frenar sus besos —Te haré cosquillas nuevamente si no te detienes. —No me importa, si algo te pasa, me mato— Me dijo Hannu con voz dramática. —Ay, Hannu, por dios, no seas exagerado— Le dijo mi madre, colocando los ojos en blanco y saliendo de la sala, diciéndoles a todos que no había pasado nada. Detrás de ella salieron los tíos y mi papá. —Helli ¿estás bien? — Seija se acercó con cara de preocupación y se sentó al lado de Hannu para tomar mis manos —Discúlpame, solo queríamos jugarte una broma, esta semana has estado tan ausente que no te hemos visto y te extrañábamos mucho. —No estoy enojada, pero hoy y mañana tendrán que consentirme en todo por gilipollas— Les hice una mueca de burla y nos comenzamos a reír a carcajadas. —Pero, qué idiotas— Escuchamos decir. Los tres dejamos de reír al instante y volteamos la cabeza. Era Aleix quien había dicho eso, el menor de los Asturias. —Mírate al espejo, será mejor— Le dijo Hannu con el ceño fruncido —Y ve detrás de tus papis, agugu el bebé que sale con sus papis, no te vayas a chupar el dedo delante de ellos c*****o. —Sí, qué miran, váyanse— Seija se levantó del sillón y les sacó la lengua, mientras se iba devuelta a la escalera. —No soy un bebé, tenemos la misma edad, Hannu. Entonces tú también eres un bebé veinteañero. —Soy un bebé guapo e inteligente, que queda para ti. — ¿Inteligente? ¡Ja! no me hagas reír. Mejor me voy con mis padres. —El bebé necesita un cambio de pañales agugu— Le dijo Hannu divertido mientras lo veíamos salir de la habitación junto a Noah, el hermano de en medio quien siempre fue más callado. —Cariño, necesito levantarme para que vayamos al gimnasio— Le dije a Hannu tratando de levantarme. — ¿Estás loca? — Escuchamos decir. Nos detuvimos en ese instante con Hannu, habíamos olvidado que Neizan seguía ahí. — ¿Disculpa? — Le dije con mi mejor cara de pocos amigos. —Te acabas de desmayar y piensas en ir al gimnasio, puedes tener una contusión. —No exageres, eres mi jefe en la semana, no los fines de semana. Además, somos nórdicos, nada nos pasará— Le dije, cruzando mis brazos. Hannu se levantó detrás de mí e hizo un gesto con los brazos, mostrando sus músculos como los luchadores antes de enfrentarse en el cuadrilátero. —Idiotas— respondió Neizan un poco bajo. Descruzó sus brazos y se fue de la sala con cara de enojado. —Qué pesado es tu jefe ¡Joder! —Ni que lo digas, cariño. Subí a mi habitación y me cambié ropa lo más rápido que pude. Para nosotros era sagrado hacer ejercicio sí o sí los fines de semana. Nos habíamos acostumbrado en la universidad, porque estudiábamos mucho en la semana y destinábamos los fines de semana para hacer deportes y salir a fiestas. En la semana salíamos por las noches, pero solo de vez en cuando. Una vez estuve lista, en tiempo récord, bajé al primer piso para encontrarme con mis hermanos. Nos juntamos los tres en la puerta de entrada. En ese momento, aparecieron mis padres con la familia del engreído conversando de alguna cosa graciosa, porque se estaban riendo. —Hijos, con su papá vamos a salir— Nos dijo mamá. Al vernos se puso seria, no sé cómo aguantaba tantas estupideces de nuestra parte. —Ya nos habíamos dado cuenta— Le dijo Seija con cara de ironía. Dejamos de mirarlos, ajustamos nuestros relojes, nos dijimos al mismo tiempo “listo” y nos acercamos dando un salto para chocar nuestros pechos y decir “huh”. —Nos vemos, mamá— Dijo Hannu, mientras se acercaba a ella para darle un beso en la mejilla, luego Seija y al último yo. Pero en cosa de segundos, mientras le daba un beso en la mejilla a mi madre, miré a Neizan y tenía una media sonrisa en su rostro. —Con cuidado, por favor. Helli, cariño, si te sientes mal te devuelves a la casa inmediatamente y llamas a Óscar, debería estar de turno hoy— Óscar era nuestro doctor de cabecera. Cuando nos enfermábamos, cosa que casi no sucedía, lo visitábamos a él inmediatamente. —Somos nórdicos, belleza, vikingos, inmortales, nada nos pasará— Le dije a mi madre con la mejor cara de orgullo que encontré en aquel momento. Noté que mis hermanos asintieron para apoyarme y mi padre se paró erguido y levantó la cabeza. Fue una imagen graciosa, así que, les regalé mi mejor sonrisa a los presentes. Abrimos la puerta y bajamos las escaleras de la entrada, seguidos de los invitados de mis padres. Con mis hermanos, caminamos hasta el portón de entrada, mientras se abrían las grandes puertas negras que tapaban la vista hacia dentro de la casa, puesto que, mi padre había presionado el botón del control remoto que tenía en su auto. Cuando llegamos a la calle, chocamos nuestras palmas en sincronía. Miramos por la calle, a que no pasara ningún vehículo y encendimos nuestros audífonos. — ¿Listas, preciosas? — Dijo Hannu y nosotras sonreímos contentas, porque esa era una de nuestras actividades favoritas, irnos trotando hasta el gimnasio, que a pie y trotando estaba a unos 20 minutos de camino en el centro de la ciudad. — ¡Sí! — Gritamos al unísono con Seija. Siempre trotábamos en formación, según el nivel físico de cada uno. Primero iba Hannu, luego yo y al último Seija que era la más lenta, pero a mitad de camino, Hannu se pasaba al final de la fila, para que Seija no se quedara sola y disminuíamos la velocidad para no dejarla atrás. Siempre lo hacíamos así, fue una regla que se instauró sola. Siempre partíamos trotando lo más rápido que podíamos y a mitad de camino disminuíamos. Al ritmo de la música fuerte, comenzamos a trotar rápido, diría que casi a correr. Por el costado de la calle pasaron nuestros padres, seguidos de sus amigos. Pude ver, que Neizan iba manejando el auto de su familia, me miró un par de segundos y luego todos se fueron. “Ese chico es bastante raro”, pensé. Llegamos al gimnasio a los diecisiete minutos después cansadísimos, porque no habíamos tenido oportunidad de retomar el ejercicio desde hace un mes. Seija estuvo un mes ensayando con su grupo del conservatorio, Hannu había terminado su segundo año de universidad y se había dedicado a dormir lo más que pudo y yo había estado un mes buscando trabajo sin parar. Respiramos profundamente por un rato y luego entramos al gimnasio. A las dos horas después, salimos derrotados. Solo queríamos descansar, sobre todo yo. Nos debatimos si volver trotando a casa o tomar un taxi. Así estuvimos cinco minutos, hasta que Seija nos mandó a la mierda y nos dejó para ir a comer, porque necesitaba desayunar. Con Hannu nos miramos y levantamos los hombros al mismo tiempo. Estaba decidido implícitamente, que, si uno de los tres se decidía por algo, los otros dos le seguían el juego. Así que, los tres nos fuimos a un restaurante a comer algo para desayunar. Hannu se había sacado la camiseta en el gimnasio y caminó por la calle así, con el torso desnudo, captando las miradas de las chicas que pasaban por su lado. A sus veinte años, ya tenía un físico envidiable. No podía esconder sus raíces nórdicas. Parecíamos extranjeros, pero hablando un perfecto español y riéndonos como estúpidos, lo más fuerte que podíamos, porque éramos unos escandalosos desde niños. Nos detuvimos en un restaurante cualquiera a comer. Hannu se puso su camiseta antes de entrar y escogimos una mesa para cuatro, porque siempre habíamos sido el número impar. A las dos de la tarde, ya íbamos de vuelta para la casa en un taxi que pedimos por una aplicación móvil. Cuando llegamos, cada uno se fue a su habitación a bañarse. Me coloqué unos pantalones de chándal, una camiseta enorme, de las que estaban de moda, me sequé el cabello y me tiré en la cama como un saco de plomo y comencé a quedarme dormida casi al instante. A los minutos, sentí que Hannu se acostó detrás de mí y me abrazo, quedando pegado a mi espalda, su perfume era inconfundible. Minutos después llegó Seija he hizo lo mismo, pero acostándose frente a mí. Los dos me dieron un beso, Hannu en la cabeza y Seija en la frente, y nos quedamos dormidos. A las horas después, despertamos, porque Nani nos despertó, si no, hubiésemos pasado de largo hasta el otro día. Ni siquiera me di cuenta en qué momento Hannu quedó al medio de las dos en la cama. Estábamos durmiendo abrazadas a él. Nos levantamos a cenar y justo en ese momento llegaron nuestros padres, dándose miradas coquetas y riéndose entre ellos. Me encantaba cuando tenían esas actitudes románticas y se demostraban lo mucho que se amaban. —Buenas noches, familia— Dijo mi papá acercándose a cada uno para darnos dos besos, uno en cada mejilla. —Buenas noches, papá— Respondimos al unísono, con voz de cansados. —Wow qué les pasó, estos no son mis hijos, donde está el ánimo en esta casa. —Estamos cansados, papá— Dijo Seija sin ánimos y sentándose como pudo en la silla. — ¿Cómo lo pasaron, queridos padres? — Les pregunté tratando de no sonar agotada. —Muy bien, fuimos al club de campo, luego a una cata de vinos y finalmente a cenar. — ¿Qué? — Respondimos los tres al mismo tiempo. — ¿Fueron a una cata y no nos invitaron? Qué despreciable, papá— Le dijo Hannu con cara de disgusto. —Ustedes tienen sus propias vidas, sus propias actividades y jamás nos han incluido, no sean descarados. —Papá, somos hermanos, es lógico que hagamos todo juntos, pero tampoco es para que no nos inviten cuando de alcohol se trata— Le digo Hannu rodando los ojos. —Bueno pues… vayan ustedes solos y no molesten. ¡Ah! Por cierto, hija, Neizan nos contó sobre tu trabajo, está encantado con tu eficiencia. Así que, nos quedaremos tranquilos…— Me quedé con el tenedor a medio camino hacia mi boca, pensando en qué bicho le había picado al idiota de Neizan ahora —Y confiamos en que te aburrirás pronto…— dijo mi papá con una amplia sonrisa. Se estaba burlando de mí —Se nota que tiene un carácter de los mil demonios, así que, cuando estés lista para venir a la empresa, sabes que tienes una oficina disponible. —Pues no lo haré, seré la asistente del idiota toda la vida— le dije tratando de pinchar un pedazo de pollo que estaba en mi plato. —No le digas así, hija, Neizan es un grandioso chico y sus hermanos ufff, unos hijos ejemplares. Solo dije que terminarás aburriéndote pronto y cuando eso suceda, estaremos gustosos de trabajar contigo, mi amor. — ¿Acaso nos quieres decir algo? — le dijo Seija a mi papá, apuntándonos con el dedo índice a los tres. Lo de “hijos ejemplares” no le había caído bien a ella. —Nada, cariño, buenas noches y que descansen— le contestó papá. Se fue del comedor y mamá hizo lo mismo sin antes gritarnos un “buenas noches, hijos” mientras caminaba. —qué pesados— dijo Hannu. — ¡Te escuché, Hannu! — gritó papá mientras subía la escalera — ¡No he dicho nada! — gritó él. Seija y yo nos pusimos a reír de Hannu y su lengua viperina. La historia de amor de mis padres era digna de admirar para mí. Todo partió una noche de abril. Teppo Virtanen e Ingria Nieminen, viajaron a España para emprender una vida sola e independiente. Mi padre, Teppo, era el único hijo de una familia bastante conservadora. Por otro lado, Ingria, mi madre, era la hija menor de cinco hermanos, de un matrimonio sólido y conservador, pero no tan exagerado como la familia de mi padre. Mi madre siempre vivió rodeada de amor. Creció sintiendo adoración por el amor que sus padres se profesaban cada día. Siempre quiso eso para ella, un hombre a su lado que estuviese dispuesto a dar la vida por ella y sus hijos. En cambio, Teppo, creció viendo cómo el machismo apagaba la llama del amor que su madre sintió por su padre alguna vez. Cuando Teppo cumplió dieciocho años, supo que tarde o temprano sus padres se divorciarían. Pero antes de que eso pasara, le ocurrió lo peor que le podía pasar a su corta edad, según él. Un viernes por la noche, su padre llegó a casa junto a un amigo y su familia. Traían a su hija mayor que ya rondaba los veinte años. Una chica sin estudios y sin futuro, porque su padre también era un hombre machista. Para ese señor, las mujeres debían estar en la casa y el hombre proveer de todo. En ese momento, Teppo supo, que algo malo estaba por suceder. Transcurrida la noche y la cena que mis abuelos prepararon, se anunció el compromiso de Teppo y la chica desconocida con cara de tristeza. Teppo no lo podía creer. Él amaba a sus padres, aunque fueran demasiado conservadores, pero permitir que arrebataran su vida y su futuro, eso sí que no lo permitiría. Él ya amaba a una chica, Ingria. Se conocían de toda la vida, fueron juntos a la escuela y se enamoraron completamente a los diecisiete años, cuando se juraron amor eterno. Cuando se graduaron de la escuela, ya sabían lo que querían estudiar juntos en la universidad. Los dos amaban la arquitectura y dibujaban hermoso. Era la pasión que compartían juntos, cada tarde después de la escuela, en un parque cercano a la villa donde vivían. Dibujaban hasta que las manos se les adormecían. Tenían claro el futuro que querían juntos, formar una familia y su propia empresa de arquitectura y construcción, pero antes, debían casarse. Ambos provenían de familias con buena situación económica, no eran ricos, pero sus padres les habían pagado siempre las mejores escuelas y podían costearse las mejores universidades. A Ingria, sus padres nunca la obligaron a hacer cosas que no quisiera. Siempre fueron bastante permisivos con ella y sus hermanos. Querían que vivieran la vida y que disfrutaran de todas las experiencias que ésta les entregara. En cambio, a Teppo, siempre le decían qué hacer y cómo comportarse, porque era el único hijo y en algún momento, sería el hombre de la casa, cuando su padre dejara este mundo. Por eso, al cumplir los dieciocho años, Teppo estaba siendo obligado a casarse con una chica que no conocía y a quien no amaba. Cuando Teppo vio la cara de orgullo de su padre, al levantar la copa y ofrecer a su único hijo como esposo para una desconocida, supo que debía arrancar de ese hogar que había formado con sus amados padres. Ya no pertenecía a esa casa, ni mucho menos a esa mujer extraña. Tampoco pertenecía a sus padres. Teppo esperó a que la cena terminara y los invitados se fueran, para planear su huida. No tenía dinero ni nada que ofrecerle a Ingria, pero su amor incondicional jamás se lo negaría. Juntos podían construir un imperio, Teppo siempre lo supo. Eran muy inteligentes y se amaban con mucha locura. Esa noche de viernes, Teppo se prometió a sí mismo, salir adelante sin sus padres a como fuera lugar. Se encerró en su habitación y esperó a que ellos se fueran a acostar. Preparó un bolso con suficiente ropa para algunos días, mientras pensaba qué hacer. Guardó una foto de sus padres, sus artículos básicos de aseo, decidió qué ropa llevar y qué zapatos usar y se sentó en la cama a esperar. A la una de la madrugada de un sábado, Teppo salió de su hogar, dejando una carta en la mesa del comedor, explicando sus razones y pidiendo que lo perdonaran. Pero él sabía que sus padres jamás lo perdonarían, así que, les deseo lo mejor y les dijo cuánto los amaba en aquella carta. A la una con doce minutos, él tocó la puerta de la casa de Ingria. Vivían cerca el uno del otro. Al ver a Teppo parado frente a su puerta, Ingria supo que algo malo había pasado. Al escuchar el timbre de la casa, los padres de Ingria bajaron las escaleras y quedaron intrigados con la visita del chico. “Madre, padre, él es Teppo, mi novio hace un año. Perdónenme por no contarles, pero nuestros planes han cambiado y Teppo tuvo que huir de su casa”, fue lo que Ingria les dijo a sus padres. A pesar de su mentalidad conservadora, pero un poco más libertaria que otros adultos, ellos aceptaron a Teppo en su hogar mientras él decidía qué hacer con su vida. Sentados en el sillón de la casa, el chico le contó a la familia de Ingria, los planes de su padre para casarlo con una completa desconocida y de las inmensas ganas que él e Ingria tenían de asistir a la universidad. Teppo ya era mayor de edad, así que, nada lo retenía en casa de sus padres. Los hermanos mayores de Ingria se enojaron mucho, porque no entendían cómo era posible, que aún quedaran personas con esa mentalidad de siglos pasados. Para ellos, Ingria y su novio debían estudiar y ser alguien en la vida. Los padres de Ingria estuvieron de acuerdo y esa misma noche, aceptaron a Teppo en el hogar hasta que ellos dos tuviesen más oportunidades para crecer. Teppo debía trabajar para pagar sus estudios y dormiría en el cuarto de uno de los hermanos de Ingria. Él se comprometió a ayudar a sus suegros con los gastos, con los quehaceres del hogar, en todo lo que fuese necesario. Ingria y sus hermanos estaban becados en la universidad, porque eran muy inteligentes para su generación. Teppo no tenía becas que utilizar, pero sí una gran mente emprendedora. Al día siguiente, no supo nada de sus padres y entendió, que jamás los volvería a ver. Teppo fue hasta el centro de la ciudad, entró a una joyería y esa misma noche, durante la cena, pidió la mano de Ingria, con el compromiso de formar una familia junto a ella y de desvelarse toda su vida, para darle lo mejor siempre. Cinco años después, luego de graduarse y comenzar un negocio los dos juntos, Ingria y Teppo decidieron emprender rumbo a otro país de Europa. Querían aprender un nuevo idioma. En la universidad aprendieron inglés y con eso ya era suficiente, por lo menos, para buscar nuevos horizontes. Decidieron emigrar a España. Siempre escucharon buenas referencias de aquel país hispano hablante en la universidad. Muchos de sus profesores se especializaron en universidades ahí y otros hacían colaboraciones de vez en cuando, en algún proyecto estatal o privado. Llegaron a vivir a España sin muchas cosas, más que los ahorros que habían logrado juntar en cinco años y gracias al negocio que formaron en Finlandia. Uno de los hermanos de Ingria, prometió cuidar y darle fuerza al negocio en la ausencia de ellos dos, porque también había estudiado arquitectura y no quería ser dependiente de un jefe, quería ser su propio jefe. Teppo e Ingria llegaron cargados de sueños y anhelos, buscaron un departamento pequeño para comenzar su nueva vida y se prometieron el uno al otro, que a pesar de las adversidades que debiesen vivir, siempre se mantendrían juntos. Diez años después, con una empresa consolidada en Finlandia de arquitectura y construcción con una sede en España, tres hijos a cuestas y siendo una de las familias más ricas, respetadas e influyentes de Finlandia y España, Ingria y Teppo, se declararon el matrimonio más feliz y consolidado que jamás hubiesen imaginado. El talento de los dos, combinados al talento del hermano de Ingria en Finlandia, fue suficiente para que las empresas privadas y los gobiernos de ambos países, estuviesen gustosos de trabajar junto a ellos en proyectos vanguardistas por parte de Teppo, y en proyectos sustentables por parte de Ingria y su hermano en Finlandia. Y de ese matrimonio hermoso, nacieron tres hijos rebeldes, pero responsables con sus obligaciones.
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