Comencé en el trabajo al día siguiente, un martes a las cinco de la mañana. Neizan me llamó temprano y me indicó algunas cosas que debía comenzar a hacer “ahora ya”. Este tipo, definitivamente, estaba loco ¿acaso no dormía? Me pidió revisar su agenda, revisar unos contratos, imprimir unos planos en un plotter que estaba en algún lado del edificio, donde trabajaría desde hoy y ya no recuerdo que más cosas me pidió, porque yo aún no despertaba del todo.
— ¡Neizan! — Grité a través del teléfono —Al menos ¿me puedo levantar primero? Ya no recuerdo nada de lo que dijiste.
— ¿Qué? Pensé que ya estabas levantada y en la oficina.
— ¿Es una maldita broma cierto? Son las cinco de la mañana ¡las cinco! — Traté de no gritar tan fuerte, para que nadie me oyera en la casa. Sí, se me había olvidado contarle a mi familia que había conseguido un empleo. El día anterior, después de la entrevista, me fui de compras, para tener ropa formal que colocarme en un mes y luego dormí todo el día en mi habitación.
—Bueno acostúmbrate, mi día comienza a las cinco de la mañana de lunes a viernes. Menos mal me dejaste tu número de teléfono ayer— Escuché cómo se reía a través del aparato.
— ¿A qué hora debo estar en la oficina? — Pregunté ya cabreada y eso que, recién llevaba cinco minutos en mi trabajo nuevo.
—Ahora— Cortó la llamada y yo solo me recosté en la cama. Definitivamente, este mes sería muy duro con este engreído. Nos conocíamos de toda la vida, pero jamás de los jamases, habíamos interactuado juntos o siquiera ser amigos. No nos conocíamos en lo absoluto.
Me levanté, me bañé y me coloqué lo primero que encontré de la ropa que me había comprado el día anterior. Un vestido color gris oscuro, tipo jumper, lo combiné con unos tacones aguja de color n***o de charol y un abrigo n***o. El pelo lo amarré en una cola alta y me maquillé solo un poco. No me gustaba mucho el maquillaje, arruinaba la cara con el paso de los años. Una vez lista, me miré en el espejo de pie que tenía en mi habitación. Me veía espectacular. ¿Creían que era vanidosa?, pues soy la reina de la vanidad y el egocentrismo. Me amaba tal cual era y para qué estamos con cosas, era hermosa, mis padres lo eran, mi familia lo era. Extremadamente rubios todos, blancos hasta más no poder. Delgados y altos, en mi familia materna y paterna, no hay nadie que sea más bajo del metro ochenta. Todos de ojos celestes y cuerpos atléticos, porque si hay algo que nos encantaba en secreto a mi familia y a mí, era el deporte y la vida sana siempre. A pesar de que, junto a mis hermanos vivimos una etapa de rebeldía y desenfreno en nuestra juventud, siempre hicimos ejercicio, sobre todo después de las resacas infernales de los días sábado, luego de una noche de parranda por la ciudad de Madrid. Íbamos al gimnasio desde que tenía uso de razón. Y me encantaba mi cuerpo atlético. Siempre me miraba en el espejo, porque me encantaba lo que veía. Pero esa admiración vanidosa y enfermiza me la daba solo para mí en secreto. Me daba igual si el resto de las personas eran gordas o flacas, eso no era tema para mí. Creía que era de mala educación hacerle notar a alguien cosas sobre su cuerpo, cada uno con lo suyo. En mi aventura adolescente de besos desbocados, besé a hombres y mujeres, gordos, gordas, flacos, flacas, altos, altas, bajos, bajas, me daba igual. Probé todo lo que quise y las que mejor me besaron, fueron las mujeres. Sexo no tuvimos mis hermanos y yo, hasta que llegamos a la universidad, siempre cuidándonos, claro está. En la adolescencia fueron solo besos apasionados y toqueteos calientes. Más de alguna mujer quiso hacerme sexo oral, pero yo no las dejé. Me gustaba tocar y que me tocaran solamente. Los hombres siempre querían más, pero jamás permití nada hasta la universidad. Y sí, le entregué mi primera vez a cualquiera, porque no solía ser romántica ni nada de esas cosas, lo pasé demasiado bien en mi adolescencia. El jueguito terminaba cuando yo lo decidía. Ahora que lo pensaba, muchas personas nos conocían en el bajo mundo de las fiestas. Siempre que salíamos con mis hermanos por la ciudad, nos saludaban personas que no recordábamos ni conocíamos. Fuimos unos besucones.
Una vez lista, salí de mi habitación en silencio. Bajé la escalera tratando de no ocasionar ningún ruido que me delatase y el susto que me llevé cuando, de la sala de estar, salieron mis hermanos.
— ¡Joder! Idiotas me asustaron mucho— Dije colocándome una mano en el pecho.
— ¿A dónde vas Helli? Te escuchamos levantarte— Me preguntó Hannu con cara de sueño.
—A trabajar, ayer se me olvidó contarles que había conseguido un trabajo— Les dije levantando los hombros.
— ¡noooo cuéntameeee! — Me dijo Seija tomándome del brazo y llevándome al sillón para sentarnos.
—Ya voy atrasada, pero a grandes rasgos y en la tarde les cuento todo bien, conseguí que el idiota de Neizan me diera un trabajo de asistente de él.
— ¿Qué? ¿Estás loca? Eres arquitecta Helli, no el perrito faldero de ese idiota.
—Sí sé Hannu, pero es lo único que conseguí y no pienso irme a Finlandia ni trabajar con los papás.
—Pero Helli, no entiendo por qué, de la noche a la mañana, te pusiste tan dramática, nadie te ha dicho nada, papá y mamá jamás te han obligado a nada.
—Sí, pero nadie en este bendito país me quiere dar trabajo, dicen que no quieren tener problemas con los “Virtanen Nieminen” y me cerraron todas las puertas, este idiota aceptó darme un trabajo a prueba por un mes y no quiero quedarme en casa sin hacer nada.
—No te entiendo Helli— Me dijo Hannu con cara de frustrado.
—Por favor, déjenme intentarlo, si al cabo de un mes no logro quedarme en ese trabajo o si no me gusta realmente, juro tomar alguna decisión sobre lo que haré con mi vida— Puse mis manos en modo de súplica y les coloqué mi cara de gatito de shrek.
—Está bien— Dijo Hannu frustrado y rascándose la cabeza —Tampoco es como que, si nos afectara en algo tus decisiones, pero somos los tres mosqueteros y debemos cuidarnos, y apoyarnos en todo.
—Soy la mayor y se supone que yo debería ser la que esté preocupada por sus futuros laborales— Les dije tocándome el puente de la nariz.
— ¡Ey! Tranquila, por fortuna tenemos suficiente dinero para el resto de nuestras vidas y para hacer con ella lo que nos plazca, pero debes contarle a papá y a mamá sobre tu nuevo trabajo— Me dijo Seija abrazándome y luego sobando mi brazo.
—Sí, juro que hoy en la cena les contaré todo— Me levanté del sillón y los tres nos abrazamos, como siempre lo hacíamos. Hannu a pesar de que era el menor, era un poco más alto que nosotras, medía un metro ochenta y cinco, nosotras un metro ochenta. Lo dije, somos demasiado altos, bien nórdicos para nuestro gusto y el de las personas.
Hannu nos besó la cabeza a las dos y ese gesto es el que más me encanta de mi hermano menor, cuando besa mi cabeza, mientras me abraza con amor y bien apretado. Comenzó a hacerlo desde pequeño, porque siempre fue más alto que nosotras. Dio el estirón a los siete años, aunque sea difícil de creer y a los catorce, ya era mucho más alto que nosotras. Actualmente, a sus veintiocho años, ya casi alcanza a mis padres, que son altísimos, sobrepasan el metro ochenta y siete, y su actitud imponente, amenaza a cualquiera que se poza al lado de ellos. Creo que la actitud de, siempre caminar con la frente en alto, se la copiamos a ellos desde pequeños. Jamás hemos agachado la cabeza por nadie. No porque seamos mejores, para nada, pero en la vida hay que caminar siempre con la frente en alto. Eso nos decían ellos, cada vez que lo recordaban.
Me fui corriendo hasta mi auto, cuando vi que Neizan me llamaba nuevamente. Ya eran las cinco con cincuenta minutos de la mañana. Por suerte vivíamos cerca del centro de la ciudad, a unos diez minutos en auto. Recorrí las calles de la ciudad mientras aún estaba a oscuras. Llegué a las seis de la mañana, estacioné mi camioneta en el estacionamiento que Neizan me había indicado el día anterior y corrí al ascensor marcando el piso treinta lo más rápido que pude. Antes de que se cerraran las puertas, Neizan detuvo el ascensor. Cuando entró me miro de pies a cabeza y noté una mirada extraña. ¡No chico, aquí amoríos de niños, no!
—No me mires así, me visto como quiero— Dije cruzándome de brazos y frunciendo el ceño.
—Buenos días Hellena y no te estoy mirando de ninguna manera. Llegas tarde— Me dijo colocándose a mi lado con su mejor cara de jefe enojado.
—Ayer me dijiste que entraba a las ocho de la mañana de lunes a viernes y salía a las cinco de la tarde. Son las seis de la mañana recién.
—Bueno, me arrepentí. Haré que lo redacten en tu contrato por un mes— Me dijo marcando las palabras “un mes” —De lunes a viernes, entras junto conmigo y te vas junto conmigo.
—Me da igual, anoche decidí, que no me rendiré, ni siquiera en un mes— Susurré la palabra idiota y creo que la escuchó, porque dibujó una leve sonrisa en su boca.
—Muy bien, este idiota— ¡Rayos! —Te ha dado el peor trabajo de tu vida, ser mi asistente por un mes— Se paró erguido y con aire altanero. A pesar de lo alta que yo era, él era mucho más, debía tener la altura de Hannu. Nunca me había fijado en eso. Aunque ahora que lo veía detenidamente, reconocía que era guapo. Su cabello era de color miel y brillaba más que el mío, quizás se lo cuidaba muchísimo. Qué Vanidoso. Su piel era blanquecina y perfecta, no tenía barba, se notaba que se rasuraba cada mañana. Sus ojos eran de color miel, como su pelo. Y se notaba que iba al gimnasio, porque su cuerpo estaba bien proporcionado. Pero para ser honesta, había visto mejores cuerpos en la universidad. Estuve con un atleta, con un karateca, con un luchador de MMA, con un rugbista que andaba de vacaciones, con un físico culturista, con un futbolista que recién hacía un mes había llegado a España, con un basquetbolista, con un surfista, con un contador, con dos abogados, con un arquitecto ¡uff! tenía una larga lista de prospectos. Fui bien promiscua.
— ¡Ja! me rogarás que me quede en un mes cariño— Le guiñé un ojo y justo en ese instante, las puertas se abrieron en el piso treinta, salí con mi mejor postura erguida y caminé hacia el escritorio que sería mío desde ese día.
El día transcurrió volando. Neizan se pasó toda la mañana explicándome cómo funcionaban las cosas en la empresa. Me enseñó la cartera de clientes que tenían, eran buenos, pero no tanto como los clientes que mis padres tenían en su empresa. Sus horarios, sus reuniones, los sistemas digitales que utilizaban, Neizan me llevó por los pisos más importantes del edificio, con los que yo trabajaría más seguido, el resto le dio igual, me dijo que los podía visitar sola después. Cada vez que entrábamos a un piso, las personas se quedaban mirándonos como bichos raros. No dejé que esas miradas me cohibieran y las pasé por alto. Entre papeles, cafés, impresiones, reuniones y más papeles, terminé el día agotada. El idiota se levantó de su asiento, recién a las ocho de la noche, cuando yo estaba revisando unas propuestas de unos contratos de arquitectura y ya me había resignado a salir tarde de la oficina.
—Hellena ya vete a casa— Me dijo con cara de frustración mientras se tocaba el puente de la nariz.
— ¿Y darte una excusa o motivo para que en un mes me eches? Ni loca, cuando tú te vayas, yo me iré. Además, eso me dijiste en la mañana “entras junto conmigo y te vas junto conmigo” — Le dije imitando su voz —No me moveré hasta que tú lo hagas… jefe.
—Me quedaré hasta la una de la mañana.
—Bueno entonces, hasta la una de la mañana será. Ya te dije, no me rendiré tan fácil, no me iré a Finlandia y no trabajaré con mis padres ¡Ah! Y tampoco me quedaré en la casa sin hacer nada.
— ¡Está bien! vámonos, que terca que eres— Se dio media vuelta y fue a su escritorio para bajar la pantalla de su notebook. Cuando salió de su oficina, yo tenía una sonrisa de oreja a oreja, siempre le ganaba, en todo desde pequeños —Sé lo que estás pensando y te despediré en este momento si lo dices.
—Siempre gano.
—Despedida.
— ¡Ay no! Era broma, ya vámonos— Tomé mi cartera, mi teléfono y caminé hacia el ascensor —Supongo que, en algún momento, podré conocer a las personas de este enorme edificio— Comenté mientras el ascensor bajaba.
—Si vienes a hacer amigos, estás jodida, porque no necesito una parlanchina.
—Qué idiota— Traté de decirlo bajito, pero Neizan igual escuchó.
—Pues este idiota dejará de verte en un mes, porque tú solita vas a renunciar.
—Ya lo veremos, ya te dije, me rogarás para que me quede y sabes que siempre gano— Apenas el ascensor abrió sus puertas en el estacionamiento, caminé hacia mi camioneta, que estaba aparcada justo al lado del auto de alta gama de Neizan. Solo tiré la cartera en el asiento del copiloto y arranqué la camioneta, quería llegar a mi casa tan rápido como pudiese. Por el retrovisor, vi a Neizan en su auto, justo detrás de mí, pero lamentablemente, vivíamos cerca. Así que, los diez minutos que me tomaba llegar a mi casa, los hice con su auto detrás del mío. En un punto, él dobló hacia la derecha, hacia la casa de sus padres y yo hacia la izquierda, hacia la casa de los míos. Después de todo, solo teníamos veintidós años por aquella época. Muy jóvenes para vivir solos e independizarnos aún.
En la cena, que, por cierto, tuve que comer sola, todos me hicieron compañía, porque ya habían cenado. Les comenté sobre mi nuevo trabajo y mis padres se sorprendieron cuando les dije que había encontrado un trabajo en la empresa de sus amigos. Cuando les conté que trabajaría directamente con Neizan, se alegraron. Ellos amaban a esos chicos, claro, no los conocían como mis hermanos y yo, y no sabían de nuestras rivalidades de adolescentes. Sé que mi padre se decepcionó un poco, porque no quise trabajar con ellos, pero siempre me apoyó en cada decisión que tomé en mis cortos veintidós años. El tema quedó ahí, zanjado, y mis hermanos lo entendieron. Nuestra complicidad era única. Mi hermana se pasó los siguientes treinta minutos contando a qué países viajaría en una semana, para dar conciertos con su grupo del conservatorio y que, en un mes, estaría de vuelta para tocar en Madrid. Por supuesto, al día siguiente mi mamá compraría las entradas de todos. Jamás se perdía un concierto de Seija.
Mis hermanos y yo, nacimos en España. Los tres éramos un tanto raros, para el resto de las personas. Tenemos la doble nacionalidad y hablamos los tres idiomas por obligación de mis padres. Inglés, español y finés, son nuestras lenguas maternas y los dominamos a la perfección. Primero nací yo, Hellena “Helli” Virtanen Nieminen. Solo tengo un nombre, porque mis padres nunca se decidieron por el segundo nombre, por lo que, a mis hermanos y a mí, nos colocaron un solo nombre y bien finlandeses para honrar nuestras raíces. Helli es mi apodo, en algún momento mamá me explicó qué significaba, pero en mi época adolescente y de rebeldía, jamás le puse atención. Al año siguiente, nació Seija y al siguiente, nació Hannu.
Me gradué con honores de la universidad. Siempre fui la primera de la clase en las escuelas y en la universidad, claro, peleando el puesto con “alguien más”. Estudié arquitectura como mis padres, pero me gustan los proyectos con estilos más modernos, como a mi padre. Creo en la sustentabilidad, pero no soy experta en eso. Mi madre sí. A pesar de que fui la primera de la clase en todo, no pude conseguir un trabajo como arquitecta. No fue por ser mala, o por no saber sobre el rubro, fue por culpa de mis padres, entre comillas. Nadie me quiso contratar, debido a que mis padres son personas de mucho renombre en España y nadie se quiso “enfrentar” con la familia Virtanen Nieminen. Formamos parte de la alta sociedad de España, por decirlo de una manera más fácil. Todos, pero absolutamente todos, conocen a mis padres. Aparecen en cada revista y periódico por lo menos veinte veces al mes. Fotos en alguna cena benéfica, diseñando algún proyecto de arquitectura, aparecen en las revistas especializadas de arquitectura en otros países de Europa, firmando contratos millonarios con empresas y un sinfín de etcéteras.
De mis hermanos y yo, ni hablar. No existimos, aquí los exitosos, son mis padres. Seija a sus 29 años es pianista. Lo decidió desde pequeña, cuando el lado artístico le ganó y a los 6 años, decidió aprender a tocar el piano que teníamos en la casa. También toca otros instrumentos, pero su pasión es el piano. Viaja de vez en cuando a dar conciertos con el grupo de músicos al que pertenece y que forman parte de un conservatorio. Sé que seguir su sueño de la música, no le ha dado tantos beneficios económicos, por lo que papá, hasta el día de hoy, transfiere dinero a su cuenta bancaria cada mes. Según él, son las ganancias de la empresa familiar, esto lo hace con los tres, nos transfiere dinero mensualmente y nosotros lo vamos invirtiendo en acciones en alguna que otra empresa, tanto en España como en Finlandia y de eso hemos vivido todos estos años. Hannu a sus 28 años es ingeniero comercial. Siempre tuvo claro lo que quería en su vida y siempre fue de números y cálculos raros. Él decidió no intentar buscar trabajo fuera del alero de mis padres, para no fracasar como yo, por lo que, se fue directo a la empresa familiar. Es el gerente de algo, no sé de qué, pero es muy exitoso y le va bien.
Por mi parte, a mis 30 años, debo agradecer que gocé de una infancia espectacular. Muchos lujos, muchas comodidades, pero también viendo el lado amargo de la vida, cuando asistía a los eventos de caridad que organizaban mis padres a través de la empresa o cuando terceros los invitaban. Ellos decían, que por cada edificio que construyeran en España o en Finlandia, entregarían una nueva ayuda a la beneficencia de ambos países. Así sentían ellos, que debían retribuir a la sociedad, debido al dinero que recibían de las personas. No hicieron sus propias fundaciones, porque no tenían tiempo para eso, trabajo les sobraba. Y a nosotros, sus hijos, siempre se nos inculcó que debíamos ver que, gracias a ellos, éramos unos privilegiados, pero que también debíamos conocer las diferentes realidades del mundo. Que, así como hoy estábamos en la cima del mundo, de la noche a la mañana nos podíamos caer. Tuvimos niñeras, muchos viajes por el mundo, conocimos distintas realidades y eso nos ayudó a ser más cultos y a tener temas de conversación. Siempre hemos tenido claro, que afortunadamente, hemos vivido muy bien y que no debemos lucir nuestros lujos y comodidades. Creo que, por eso, con mis hermanos, no tenemos amigos. Nunca quisimos integrar a más personas en nuestro círculo. Solo tenemos conocidos, a quienes vemos de vez en cuando en alguna discoteque o cuando salimos a comer, pero ¿amigos a quienes confiarle nuestros secretos e intimidades? No tenemos. En la escuela y en la universidad, tampoco tuvimos amigos. Solo compañeros de clases. Tuvimos novios y novias. Los tres vivimos nuestra adolescencia a concho. Disfrutamos hasta más no poder. Nos besamos con cuanta persona se nos cruzó en frente, daba igual la edad, la r**a o el sexo; si eran altos o chicos, jóvenes o adultos. Nos cubríamos las espaldas y todas las travesuras que hacíamos; probamos drogas de varios tipos, pero solo quedó en eso, en probarlas. Tomábamos alcohol hasta vomitar y no recordar nada al otro día, pero siempre juntos y cuidándonos, si yo tomaba con Seija, Hannu nos cuidaba y así, viceversa. No nos privamos de nada y fuimos bastante vividores en la adolescencia, experimentamos todo lo que quisimos. Hacíamos todo juntos y como somos casi de la misma edad, y solo nos llevamos por un año entre Seija y yo, y por dos con Hannu, vivimos las mismas experiencias, porque somos mejores amigos, no solo hermanos. Cuando yo tenía siete, Seija seis y Hannu cinco, juramos con sangre, literalmente, ser mejores amigos y no dejar que nadie nos separara. Bueno, lo de la sangre terminó muy mal, porque Seija detesta el olor que tiene la sangre, esa mezcla entre hierro y no sé qué más, y cuando vio que su dedito pequeño sangraba, se desmayó. Estuvimos castigados tres días por idiotas. Pero en nuestro mundo de tres, lo pasábamos bien igual. Encerrados en casa, pero disfrutando de nuestra amistad y hermandad. Demás está decir, que, con todas nuestras travesuras, los castigos solo duraban un par de días con suerte, porque para nuestros padres, era mucho más importante que disfrutáramos nuestra infancia y adolescencia, a que pasáramos encerrados y amargados de por vida. Dentro de toda la locura que fue nuestro crecimiento, siempre fuimos unas personas responsables con nuestros estudios, a tal punto, que éramos los mejores de nuestras clases, rebeldes, pero siempre los mejores.
En mi caso, a los 18 años, decidí estudiar arquitectura, me apasionaba y heredé el talento de mis padres. Solo díganme qué dibujar y en menos de cinco minutos, tengo un boceto perfecto en mi block de hojas blancas y ni hablar de las maquetas. Las adoraba.
En la escuela y luego en la universidad, tuve siempre al mismo compañero odioso. Neizan Teo Asturias León. Con él competía por el primer lugar en la escuela. Un mes lo ganaba yo con mis notas y al siguiente él. Luego, en la universidad, competíamos por las mejores calificaciones. Siempre fuimos rivales de jóvenes. Y claro está, nos movíamos en el mismo círculo social, porque él proviene de una familia muy conocida en España, los Asturias León, una familia de tradición. Todos han estudiado lo mismo, arquitectura, pero no son competencia de mi padre, puesto que nadie les ha podido ganar el primer lugar en el rubro, desde que se asentaron en España. De hecho, mis padres con los padres de Neizan, se hicieron amigos cuando coincidieron en la escuela que visitaban, mientras buscaban dónde inscribirme a los cinco años. Viajan juntos, al menos dos veces al año, hacen fiestas, salen a comer y cuanta cosa social se les ocurre. Se llevan muy bien, excelente diría yo, pero con mis hermanos y los hijos de los Asturias León, siempre fuimos rivales en la infancia, luego en la adolescencia y un par de años en la adultez. Los seis tenemos las mismas edades. Neizan y yo 30, Noah Asturias León y Seija 29, Aleix Asturias León y Hannu 28. Con el pasar de los años, nos hicimos amigos todos.