Esa noche no pegué un solo ojo. Odiaba tener que mentirle a Hannu, jamás lo había hecho. Ellos sabían todo sobre mí y yo sabía todo sobre mis hermanos, pero esto de los besos, no pintaba bien. El miércoles en la mañana llegué apuradísima a la oficina, porque me había quedado dormida. Con suerte, había dormido una media hora de tanto pensar en la decisión estúpida que había tomado. Sabía que tarde o temprano esa amistad se acabaría, pero quería demasiado a Neizan como para sacarlo de mi vida aún y, por otro lado, trabajábamos bien, éramos el equipo perfecto. De hecho, nuestras gestiones manejando la empresa habían sido tan acertadas, que, por primera vez, estábamos en camino a destronar a mis padres en el primer lugar de la arquitectura nacional. No era una competencia realmente, pero querí

