A la una de la tarde, fuimos todos a almorzar. El restaurante quedaba a dos cuadras de la oficina y servían una comida exquisita en el lugar. Con Neizan ya lo habíamos visitado cuando buscábamos lugares para comer durante la semana. Conversamos de todo y nos reímos mucho. A ratos notaba cómo Neizan me miraba atentamente, cuando yo decía alguna cosa a la que todos me respondían “tienes razón” o “sí, eso es verdad”, pero prefería hacer como que no me daba cuenta. Cuando volvimos a la oficina, pasada las cuatro de la tarde, Neizan se asomó por la puerta de su oficina y les dijo a todos que se podían retirar temprano a sus casas. En ese momento, yo estaba hablando con uno de los arquitectos en su puesto de trabajo. Eso me pareció demasiado raro y no entendía nada. Nadie preguntó por qué, al co

