Estaba sentada mirando al horizonte. Los vidrios enormes del aeropuerto me permitían ver toda la pista, en donde los aviones esperaban por partir su vuelo a diferentes partes del mundo. Sabía que había llegado muy temprano, de hecho, tres horas antes. ¡Qué exagerada había sido! Pero no podía con los nervios y la tristeza. Necesitaba salir de mi departamento antes de que algo o alguien, se atreviera a hacerme cambiar de opinión. Debía irme a Finlandia, mejor dicho, necesitaba irme lo más rápido que pudiese. No me quedaba de otra, más que esperar esas tres horas en el aeropuerto. Me dolía dejar España. No lo negaba, pero creía que era lo mejor, al menos por el momento.
Me iba de España, porque había arruinado la mistad que tenía con Neizan Asturias. Él era el amor de mi vida y siempre lo había sido. Sentada, esperando a que desde los altoparlantes nos llamaran para embarcar, no podía evitar recordar lo que había sido de mi vida hasta ahora en España.
Iba a extrañar muchísimo a mi familia, pero este viaje debía hacerlo por salud mental, para sanar mi corazón y tratar de pegar sus pedacitos otra vez. Después de todo, solo el destino decidiría si él y yo, nos volveríamos a encontrar en esta vida. La nostalgia me estaba embargando en ese momento y yo no podía dejar de recordar todo lo que había vivido, desde hace nueve años atrás.
Nueve años antes…
— ¿Qué rayos haces acá Hellena? — Me preguntó Neizan con el ceño fruncido.
— ¿No es obvio? — Le contesté. Puse mi mejor cara “de nada” para contestar. Estaba pidiendo trabajo en la empresa del idiota y ya no podía dar marcha atrás, era eso o trabajar con mis padres o irme a Finlandia, y lo segundo y lo tercero, no lo quería.
—Es de mala educación contestar con otra pregunta idiota— Me dijo mientras se sentaba en su silla tras el escritorio.
—Bueno Neizan, iré directo al grano, ya que tanto te molesta mi presencia. Llevo un mes buscando trabajo como arquitecta, nadie me quiere contratar porque no quieren problemas con mis padres. Algo realmente estúpido, porque mis papás no le han dicho nada a las personas, pero bueno, qué se yo. Hoy en la mañana, vi el anuncio de asistente y lo tomé. Y, en resumidas cuentas, para no dar tantas vueltas, es este trabajo, o irme a Finlandia o peor aún, trabajar en la empresa de mis padres. Te preguntarás por qué no quiero las dos últimas opciones. Simplemente, porque no quiero ser la “hija de”, quiero ser solo Hellena, la que puede trabajar y hacerse un nombre sola. Punto, fin de la discusión.
—Hellena eres arquitecta, no deberías trabajar de asistente. Estás siendo caprichosa— Me dijo con cara de “cómo se te ocurre idiota”.
—Sí, tienes razón, pero no me voy a denigrar por este cargo, ni seré menos.
—Tienes dinero, por qué no inicias tu propia empresa— Me dijo.
—Sí, efectivamente, tengo dinero, pero aún me falta para juntar el capital que necesito.
—Qué absurdo— Me dijo, mientras se tocaba el puente de la nariz y cerraba los ojos.
— ¿Qué cosa? ¿Tu vida? — Le pregunté con cara de ironía.
— ¡Ja! graciosa, absurda tú y tus pensamientos. Trabaja con tus padres y no molestes Me dijo haciendo un gesto con la mano, como diciéndome “vete ya”.
—Muy bien, recurriré a mi última carta bajo la manga— Le dije. Me senté en la silla de forma erguida y junté mis manos en señal de plegaria —Por favoooorrr Neizan, no quiero trabajar con mis padres, no me quiero ir a Finlandia y estos idiotas que les lamen las botas a mis padres, no me quieren dar trabajo. Podría quedarme en casa sin hacer nada, pues claro, perfectamente, pero no quiero hacer eso. Déjame trabajar hasta que junte lo que me falta para el capital, llevo años ahorrando el dinero que mis padres me dan por concepto de ganancia de la empresa familiar, pero aún me falta un poco. Prometo aprender rápido, ser eficiente y hacer lo que me digas, pero por favor, no me hagas volver a casa sin un trabajo— Le dije. coloqué mi mejor cara de gato de shrek y lo miré.
—Qué idiota eres Hellena— Me dijo, riéndose un poco y mirándome divertido —No entiendo cuál es tu problema con aceptar tus otras opciones, tus padres, son los padres más amorosos y permisivos del mundo, dudo que sea tan terrible trabajar con ellos, e irte a Finlandia ¡Wow! hay muchos jóvenes que darían la vida por irse a trabajar al país “más feliz del mundo” en estos momentos— Me dijo, haciendo unas comillas en el aire con sus dedos.
—Lo sé, lo sé, pero es algo mío, algo personal, un orgullo de hija o llámalo como quieras. Sé que siempre hemos sido rivales y con suerte hemos cruzado palabras en estos casi veinte años de que nuestros papás son amigos, pero juro que no me meteré en tu vida, que no opinaré nada, que solo será trabajo y me imagino que el cargo es para ser tú asistente, porque si no, para qué estás entrevistando tú personalmente. Prometo ser la mejor asistente, solo dame un año, mientras reúno lo que me falta y luego ya no me verás más. No quiero pedirle nada a mis padres, acepto lo que me dan mensualmente porque son las ganancias. Pero no quiero hacer nada con ellos, de verdad— Le dije, mirándolo con mi mejor cara de perrito triste.
—Hellena, si mi padre se entera que te di trabajo, se armará un problema y no estoy dispuesto a sacrificar mi relación familiar por tus caprichos e idioteces. Sí, hemos sido rivales toda la vida, pero me sorprende que seas precisamente tú quien me esté pidiendo trabajo en estos momentos. Pensé que ya estabas a la cabeza de la empresa de tus padres y buscando continuar con el legado— Me dijo sobresaltado.
—No quiero continuar con ningún legado, eso es de mis padres, yo quiero formar el mío propio y si en un año no lo logro, entonces me voy a Finlandia y punto. Pero por favor, ponte en mi lugar solo un momento y entiéndeme. Jamás le he dicho esto a mis padres, solo mis hermanos lo saben, mis padres son maravillosos, un ejemplo real a seguir, pero solo quiero ser yo y mis decisiones, y que nadie decida por mi futuro. Sé que mis padres nunca me han dicho nada y que soy yo la dramática, pero de verdad, con el corazón en la mano, quiero formar mi propio camino, quizás en un año desista de seguir con la arquitectura y decida gastarme el dinero ahorrado viajando por el mundo o quizás decida estudiar otra cosa, pero no quiero volver a mi casa hoy, sin una oportunidad— Le dije. La cara de Neizan lo delataba, estaba pensando una respuesta —Por favor Neizan…
—Solo vinieron a la entrevista tú y la chica que salió hace un rato, estudió una carrera relacionada con la administración de empresas, se veía un poco básica en cuanto a metas y aspiraciones, y me coqueteó como se le dio la gana y eso lo detesto. Decidí que el anuncio solo dijera “se busca asistente” y que apareciera el número de teléfono, para ver quién llegaba. Por lo visto, la gente es muy arribista para trabajar como asistente. Te daré una oportunidad, un mes, solo eso. Si no sirves, te vas con tus caprichos a otro lado o a Finlandia o a donde te parezca, me da igual. Si mi padre te ve acá, inventarás algo, yo no lo haré. Y estarás disponible a la hora que sea, porque ser mi asistente es jodido. En el último mes he tenido tres asistentes, tú eres la cuarta. Ve haciéndote una idea de cómo me gusta trabajar— Me dijo, mirándome de manera desafiante.
—Lo entiendo perfecto. Solo necesito un mes, para demostrar lo que valgo— Le dije tajante, no me iba a rendir tan pronto.
—Muy bien, trato hecho— Me respondió. Se levantó de su silla y extendió su mano. La tomé y sellamos nuestro trato. Claramente, ésta no iba a ser la historia del jefe y la secretaria que se enamoraban, porque en el fondo, seguíamos siendo rivales y sabía muy bien, que Neizan no me haría las cosas fáciles y que el siguiente mes, iba a ser horrible.
—En un mes… me rogarás que me quede a tu lado trabajando— le dije con altanería.
—Lo dudo. Ya quiero que te vayas, pero verte fracasar, es algo que no me puedo perder por nada del mundo— me respondió sonriendo.
—No seas altanero Neizan, que esa postura no te queda— le dije molestándolo y riéndome de él.
—Y tú, no te creas la mejor, porque te recuerdo, que nadie te ha querido dar trabajo. Tú piensas que es por tus padres, quizás nadie te crea capaz, no lo sabemos realmente— me dijo de manera irónica. Me estaba provocando para que yo le contestara mal y así él tuviese una excusa para no contratarme. Pero no sabía que, en este juego, éramos dos y a mí, no me gustaba perder jamás. Solo le sonreí y luego solté su mano, porque ya llevábamos mucho rato tomados de la mano y eso había sido incómodo.
Cuando me gradué de la universidad, comencé a buscar trabajo. La pasantía la había hecho en la empresa de mis padres, pero no quería trabajar con ellos, quería formar mi propio camino. Estuve un mes buscando en todos lados, al menos en España. No quería tener que irme a trabajar a Finlandia, aunque siempre me llamó la atención que fuera elegido como uno de los países más felices del mundo, según las personas. Mi papá me insistía para que me fuera a trabajar con él a la empresa familiar. Desde luego yo me negué. De verdad anhelaba con todo mí ser, lograr ser independiente, buscar mi propio camino sin la intervención de mis padres. Caso contrario a Hannu, que, al ver que nadie me quiso dar trabajo, se fue directamente a la oficina de papá a mendigar un cargo dentro de la empresa cuando se graduó. Seija, ni hablar de ella, ya estaba preparando uno de sus tantos viajes por Europa con su grupo del conservatorio. Me sentía sola y perdida. Tampoco me iba a quedar en la calle si no encontraba un trabajo, tenía dinero y perfectamente podría haberme ido a Finlandia para asumir algún cargo importante en la sede de allá. Por esa época mi tío, quien tenía el control parcial de la sede en el otro país, estaba enfermo y debía asistir regularmente al hospital para sus tratamientos. Afortunadamente se recuperó y hoy goza de buena salud. Jamás viajé a Finlandia y mis hermanos tampoco, mis padres iban de vez en cuando a ver a mis abuelos paternos. Según nos contó papá, siempre estuvieron resentidos de que él se hubiese escapado de su casa y a los años después, murieron así, con el machismo y la amargura en sus mentes y corazones, y divorciados. Sé que papá se encargó de darles todo cuánto pudo, comodidades, salud, dinero, pero nunca fue suficiente para ellos, esa era la espina en el corazón de papá. Con mis abuelos maternos era distinto, ellos suplieron la falta que los otros abuelos nos hicieron. Viajaban siempre a España, nos llevaban de paseo y nos llenaban de regalos. Ahora ya están viejos y no pueden viajar desde hace un año, así que este viaje que haré a Finlandia para vivir definitivamente allá me servirá para estar más cerca de ellos. O al menos, eso espero.
Al mes de no encontrar trabajo, porque nadie se quería meter en un problema con mis padres, me rendí. Estaba lista para ir con la cola entre las piernas a mendigar un puesto a mi padre en su empresa. Ese día, revisé por última vez los anuncios del periódico donde se ofrecían empleos en Madrid. Mientras desayunaba, vi un anuncio en donde solicitaban un asistente. Solo decía eso, más el número telefónico. Odiaba tener que pensar en trabajar de asistente, cuando era arquitecta. Pero antes de pedirle algo a mi padre, solo por orgullo mío, prefería lanzarme a los leones y ver qué tal era el cargo que ofrecían. Después de todo, si no me gustaba, renunciaba y listo. Llamé al número y una amable señora me contestó, me dijo que, ese mismo día, a las diez de la mañana, comenzarían las entrevistas. Le pedí que por favor me anotara en la lista y agendé la cita. Me dio la dirección y me indicó lo que debía decir en la recepción cuando llegara. Le di mi nombre e inventé el apellido para que no me cerraran las puertas de buenas a primera. A las diez en punto, estaba en la recepción de un edificio enorme, de unos treinta pisos, muy elegante y moderno. Como estaba nerviosa, no me fijé en el nombre de la empresa antes de entrar, el anuncio en el periódico tampoco especificaba qué empresa era. Cuando le dije a la recepcionista que venía a una entrevista para el cargo de asistente en el piso treinta, me solicitó la identificación. Cuando se la entregué abrió los ojos de par en par, pensé que se le iban a salir. “Señorita en la lista dice Hellena González ¿Acaso mintió con su apellido?” la miré y me reí lo más sutil que pude. “Señorita, es obvio que mentí no cree. Si daba mi apellido real, hubiese sido otra puerta que me cerraban en la cara, por favor, le pido con toda la amabilidad que tengo, que avise arriba usando mi nombre y el apellido falso y me permita entrar a la entrevista. Sé que le estoy pidiendo mucho, pero no quiero ser “la hija de”, quiero ser solo Hellena, la chica que quiere trabajar de asistente y ya”. La recepcionista me miró unos segundos y me dijo que se podía meter en problemas. Yo le dije que mentiría si es que me preguntaban quién me había dejado entrar cuando reconocieran mi nombre. Que diría, que yo había entregado una identificación falsa y que llevaba peluca, que por eso nadie me había reconocido. Nadie me miró extraño ni me reconoció en la recepción, pero si hubiesen visto mi apellido, hubiesen dicho “¡Ah! Es la hija de los Virtanen Nieminen”. Eso era bueno, por un lado, porque como mis padres eran los famosos, nos daba una ventaja a mis hermanos y a mí de pasar desapercibidos en algunos lugares. La chica me miró una vez más y me dijo “está bien, alegaré demencia si me preguntan y diré que todo es su culpa. Disculpe el atrevimiento, pero no me puedo permitir perder este trabajo, tengo un hijo que alimentar y cuentas que pagar. Le deseo suerte, aunque dudo que la necesite con su apellido”. Le regalé la mejor sonrisa que tenía y le dije que si quedaba trabajando, en algún momento haría hasta lo imposible para sacarla de la recepción. La chica negó con la cabeza y me sonrió, tomé mi identificación, ella avisó por teléfono que Hellena González había llegado y subí hasta el piso treinta con los nervios a flor de piel. Cuando el ascensor abrió sus puertas, me di cuenta de que tampoco le pregunté a la chica qué empresa era ésta ni mucho menos el nombre de ella. Pero ya estaba arriba, así que daba igual. Algo se me ocurriría. Necesitaba saber de qué se trataba el puesto que estaban ofreciendo.
Me paré frente a la recepción del piso treinta y me presenté. Una señora de unos 50 años más o menos, estaba tras el escritorio, se llamaba Marta. Cuando le hablé para saludarla y presentarme con mi apellido falso, me miró por unos segundos como si buscara algo en mi rostro. Me asusté muchísimo y pensé que me habían descubierto, pero afortunadamente no fue así. La mujer me indicó que la persona que me iba a entrevistar estaba con otra chica y que luego entraba yo. Me senté en un sillón a esperar y deseé con todas mis ganas, que nadie me reconociera. Veinte minutos después, de una oficina salió una chica con cara de triunfadora. Muy arrogante para mí gusto. Me miró con una mueca en la cara, como diciéndome “no pierdas tu tiempo, yo ya quedé”. Le devolví el gesto y la miré de pie a cabeza. La chica se fue con aire victorioso y yo me paré para arreglar mi ropa. Alisé mi vestido y ajusté mi chaqueta, revisé que mis tacones se vieran perfectos y esperé a que me indicaran que ya debía entrar. La recepcionista se levantó de su silla y entro a la oficina de donde había salido la chica. A los segundos, salió y me indicó que entrara. Di un respiro profundo y me deseé suerte mentalmente. Cuando entré a la oficina, me asombré, disimuladamente, de lo hermosa que era, muy elegante para mi gusto, pero bonita. Tenía un enorme escritorio, dos sillones, una mesa de reuniones y ventanas enormes que iluminaban todo el lugar, dejando que la luz entrara completamente. ¿Se veía toda la ciudad? Sí, pero no era la gran cosa, este tipo de oficinas las veía todo el tiempo en la empresa de mis padres. La recepcionista me indicó que me sentara y esperara a su jefe, que se estaba lavando las manos en el baño y se fue cerrando la puerta con delicadeza. “Quizás qué hizo con la chica anterior que necesitaba lavarse las manos”, pensé. A los segundos, salió del baño… adivinen quien. Claro está, ¡Neizan! Me miró extrañado y se quedó de pie con cara de enfado. Qué idiota fui, ni siquiera me había dado cuenta, de que la empresa a la que había asistido a una entrevista era la empresa de arquitectura de la familia del engreído.