Aprovechando la pequeña versión de Ninay, el hada salió de las cloacas a través del reducido espacio de lo que sería un inodoro y comprobó que esa habitación, así como la contigua, estaba vacía. Erik y Pietro cambiaron a su forma felina para empezar a romper el techo de la cloaca con puños y patadas. El resto estaban pendientes de evitar que la infraestructura colapse más allá del espacio necesario, además que Darius, para evitar que sean descubiertos por el ruido que producían los golpes que los híbridos de felino y humano acertaban sobre la construcción, selló la habitación, por lo que la hermetizó, haciendo que ni un sonido saliera de ella. Tras lograr el cometido de hacer un forado, dejaron el desagüe y empezaron a andar por los corredores.
El palacio estaba sumergido en el silencio. Parecía vacío, ya que no se toparon con ningún demonio, hijo híbrido o con el mismísimo Satanás. Al sentirse confiados, empezaron a abrir las puertas que encontraban en su camino, sin éxito alguno, hasta que llegaron al último piso del palacio, el sexto, escuchando voces que discutían.
- Sé que cometí un gran error, pero merezco una segunda oportunidad al ser el hijo mayor -por ese dato, todos los del equipo de incursión supieron que quien había hablado era Mammon, la personificación de la avaricia.
- Por haber sido tan imbécil no te mereces nada. Deja de estar hecho el arrastrado, ten algo de dignidad y acepta que nuestro padre no volverá a confiar en ti para comandar una misión -esa segunda voz no supieron identificar, hasta que Mammon pronunció el nombre de quien le había aconsejado mantenerse al margen.
- Para ti es fácil, ya que nuestro padre confía ciegamente en ti, Belial, aunque no hayas obtenido ninguna victoria en estos últimos tres años de guerra contra los sobrenaturales -señaló Mammon.
- Que los malditos de los felinos hayan dejado de esconderse y se unieran a los licántropos, brujos y hadas para proteger a los vampiros de los clanes Dracul y Hagi ha sido una gran desventaja. Si solo tuviéramos que enfrentar a los perros, como única fuerza bélica, la guerra ya hubiera terminado. Qué triste que las batallas no se den en el mar, sino acabaría con todos ellos -por ese comentario supieron que quien acababa de hablar era Leviatán, hijo que manifiesta la envidia.
- Y ni por los aires podemos acabarlos. Ese maldito elfo y su cría mestiza acaban con todos mis demonios alados con tanta facilidad que lo único que he podido hacer es retroceder para evitar ser herido -sin duda, quien había intervenido en la conversación era Belcebú, la manifestación de la gula.
- Yo no sé qué espera padre para soltar a Amón y darle la misión de acabar con los sobrenaturales, incluidos los malditos vampiros que han rechazado el pacto que tenían con nosotros. Al ser nuestro hermano la representación de la ira, es el más indicado para acabar con nuestros enemigos, así podríamos descansar -dijo un quinto participante de la conversación, cuya identidad se confirmó al ser nombrado.
- Belfegor, la pereza manifestada, otro hermano sin honor que prefiere dejar todo en manos de otros con tal de no molestarse en participar en la batalla -rio sarcásticamente Belial.
- Como has indicado, soy la pereza hecha carne, así que no me ofende que pongas en evidencia mi deseo de que otros se encarguen de acabar con los sobrenaturales mientras pueda mantenerme desocupado -el bostezo que soltó Belfegor hizo que sus hermanos empezaran a reír a carcajadas.
- ¿Y Asmodeo? -preguntó Belcebú al contar que solo había cinco de los seis hijos de Satanás que permanecían sueltos en el Inframundo.
- Debe estar follándose a alguien -señaló Belial, y todos rieron ante la referencia que hizo del hijo híbrido representante de la lujuria-. Ese no puede con su genio, que hasta a madre se la ha follado varias veces.
- Y ella, la máxima pecadora, no opuso resistencia -añadió Mammon.
- ¿Padre sabrá lo que ellos hacen a sus espaldas? -preguntó Belfegor entre bostezos.
- Sí, y no le importa. Todos sabemos que a padre no le interesa nuestra madre -añadió Belcebú.
- Al haber sido un serafín, nuestro padre tenía una predestinada a la cual abandonó cuando decidió rebelarse -agregó Belial, y tras ese comentario, todos quedaron en silencio, hasta que el mismo Belial acabó con él-. A veces me pregunto qué se sentirá saber que alguien existe solo para ti.
- Pues, el único que puede responder esa pregunta es padre. Aunque imagino que no debe ser algo tan especial, ya que él prefirió desobedecer e ir contra el Dios Supremo antes que permanecer eternamente al lado de ese ser que era solo para él -dijo Belfegor antes de caer profundamente dormido.
- ¿Y creen que padre sea feliz? -la pregunta que soltó Belial llamó la atención de todos.
- ¿Por qué lo dudas? Ahora él es un dios, el otro lado de la balanza, y tiene todo lo que quería -sentenció Leviatán.
- Entonces, ¿por qué está tan obsesionado por regresar a Los Cielos si todo lo tiene aquí? -esa reflexión hecha por la manifestación de la soberbia obligó a los hijos híbridos a pensar un poco más.
- Tú lo debes saber mejor que nosotros, Belial. Es el orgullo lo que hace que padre quiera regresar a Los Cielos -concluyó Belcebú.
- O el ir por su predestinada -la hipótesis de Belial no sonó descabellada para sus hermanos-. Padre es todo lo que somos nosotros en una sola personificación, por lo que no le gusta compartir lo suyo, como sucede con Mammon al ser la avaricia. Por ello, creo que padre busca tener para sí a alguien exclusivo, y no a una mujer como madre, que folla con cualquiera, hasta con su propio hijo.
Tras terminada la conversación entre los hijos híbridos del embaucador, cada uno dejó la sala donde estaban reunidos, menos Belfegor por haber caído en un profundo sueño. Al imaginarse que alguno de los cuatro Príncipes del Inframundo podría dirigirse a dónde guardaban las piedras de luna, Abelard dispuso que cada pareja de jóvenes guerreros siguiera a un hijo de Satanás, por lo que Kiram e Ileana fueron detrás de Mammon; Erik y Cassie de Belial; Pietro y Ania de Leviatán, y Elrond y Darius de Belcebú. Abelard y Ninay ingresarían a la sala donde quedó Belfegor dormido para revisarla.
Al no encontrar lo que buscaban donde la representación de la pereza descansaba, Abelard se comunicó con cada pareja de guerreros. Belial había abandonado el palacio, por lo que Erik y Cassie regresaron hacia la sala que el guerrero licántropo y el hada de fuego habían inspeccionado. Leviatán se dirigió a sus aposentos a tomar un refrescante baño, por lo que Pietro y Ania volvieron sobre sus pasos para reagruparse con el resto del equipo. Belcebú se entretuvo en su camino con una demonia que era parte de su cortejo, y al empezar a poseerla íntimamente en pleno corredor, Elrond y Darius simplemente se alejaron.
Mammon, al no poder superar el error que cometió al ir a la Mansión Höller con la intención de raptar a Calipso para llevarla ante su padre, donde al enfrentarse con Amelia perdió la tercera piedra de luna que estaba en poder del señor del Inframundo, guio a Kiram e Ileana hacia el salón donde Satanás guardaba las dos preciadas piedras de luna que le quedaban. La vampira avisó al resto del equipo sobre la ubicación de lo que buscaban, haciendo que todos aparezcan en cuestión de segundos.
«Un simple error, y padre me relegó de toda autoridad para manejar las piedras de luna y comandar las legiones de demonios», se escuchaba decir a Mammon mientras miraba los dos tesoros que Satanás mantenía a salvo en dos urnas protegidas por magia oscura. «Es increíble que la minúscula cantidad de esencia divina que contienen se mantenga con una elevada potencia, como si nunca hubieran sido usadas», decía Mammon acercándose a las urnas. El haber manejado alguna vez una piedra de luna, sintiendo el divino poder que contienen, hacía que el primogénito de Satanás deseara volver a tener una entre sus manos.
- Darius, contén a Mammon, así podremos tomar las dos piedras sin problemas -ordenó Abelard al ver que el hijo híbrido de Satanás se acercaba hacia donde estaban guardadas las piedras de luna. Sin embargo, al mismo tiempo que el vampiro usó su don de nacimiento contra la representación de la avaricia, Mammon tomó una de ellas.
- ¡Maldición! -soltó exaltado Darius.
- ¡Inicien retirada! -ordenó Abelard, pero los jóvenes guerreros y Ninay detuvieron la huida al ver al guerrero licántropo irrumpiendo en la sala donde Mammon había sido recluido por el poder de Darius.
Mammon no entendía qué era lo que lo contenía, hasta que vio a Abelard tomando la piedra de luna de la otra urna. Al querer avanzar hacia el licántropo, chocó contra una pared invisible, por lo que se supo prisionero por algún tipo de magia. Intentó derribar su prisión, pero no pudo, y al ver refulgir la piedra de luna en su mano, se le ocurrió abrir un portal para escapar de aquello que misteriosamente lo retenía.
Mientras Mammon intentaba dar alcance a Abelard, sin éxito alguno por no poder dejar la invisible barrera que lo detenía, el líder del equipo de incursión empujó a los jóvenes guerreros y a su amigo hada para buscar alguna salida. Ileana, gracias a su don de nacimiento, encontró una, que era un ventanal que daba directo al camino por el que Abelard y Ninay llegaron al palacio. Lo malo de esa ruta de escape era que estarían a la vista de todos en el Inframundo. Al no tener tiempo para analizar la situación, Abelard decidió tomar la ruta indicada por la vampira, por lo que adoptando su forma de lobo destrozó el ventanal en el sexto piso, para que el resto del equipo dejara el palacio.
Los demonios que veían a los guerreros sobrenaturales corriendo entre ellos, alejándose del palacio, se quedaron pasmados al no entender qué sucedía y preguntarse cómo esos extraños se encontraban en el Inframundo y cómo era posible que nadie los hubiera visto llegar, por lo que ninguno atinó a detenerlos, hasta que la voz de Mammon se escuchó.
- ¡Detengan a esos malditos! ¡Se llevan una piedra de luna! -gritó desesperado el primogénito de Satanás, a quienes todos vieron aparecer a través de un portal.
Los demonios empezaron a perseguir a los guerreros sobrenaturales, por lo que estos adoptaron posición de defensa mientras corrían. Cassie, Ania e Ileana se desplazaban en el interior de un círculo que Erik, Pietro, Kiram, Darius, Elrond, Ninay y Abelard dibujaban al marcar sus posiciones para la defensa. Los híbridos de felinos y humano cambiaron a su forma de combate, y empezaron a luchar con quienes le daban alcance por la retaguardia, posición que estaban protegiendo. Por los flancos, Elrond, Kiram, Darius y Ninay hacían lo mismo, mientras que Abelard, cual defensa de futbol americano, tacleaba a cada demonio que los desafiaba por el frente.
- «Ileana, guarda la piedra de luna» -ordenó Abelard a la vampira por comunicación telepática. Mostrándole una visión de dónde había escondido la piedra de luna entre sus ropas, la vampira pudo hacerse de ella. Ania puso un hechizo de invisibilidad en la piedra de luna, para protegerla aún más.
Al ver que por los flancos y retaguardia empezaban a llegar más demonios, Abelard ordenó a Erik y Pietro hacer uso del poder especial que habían desarrollado por ser hijos de humanos que permanecieron cercanos al Dios Supremo. Concentrados y con los japa mala en sus manos –sarta de ciento ocho cuentas que en el hinduismo, budismo y sijismo utilizan para recitar mantras-, ambos híbridos dejaron de correr junto al resto del equipo, lo que preocupó a sus compañeras eternas, quienes fueron arrastradas por sus hermanos para que no los interrumpieran. Sumergidos en oración, ambos esperaban la llegada de los demonios, quienes habían desistido de alcanzar a los demás al ver que podían atacar primero a aquellos que por decisión propia quedaron relegados. Al tener los ojos cerrados, los demonios creyeron que los jóvenes híbridos de felino y humano serían presa fácil, pero a un poco menos de un par de cientos de metros de distancia de ellos, empezaron a abrir lentamente los ojos, mostrando un poder que los habitantes del Inframundo desconocían que era propio de un felino.
Las miradas de Erik y Pietro se tornaron brillantes, y empezó a brotar de ellos una energía que hizo a los demonios detenerse en seco, ya que empezaron a temer. Hablando en sánscrito, los jóvenes soltaron las palabras: «Deténganse. Desistan de la persecución». La potencia de sus voces fue tal que a dos kilómetros a la redonda se escuchó la comanda entregada. Los demonios, sin entender por qué, empezaron a dar media vuelta y alejarse de ellos. Esa había sido la primera vez que ponían en práctica el don heredado de sus padres religiosos ante otros que no sean humanos o sobrenaturales, lo que significó para ellos una demostración de que el poder para apaciguar espíritus no solo funcionaba con los encarnados. Sin embargo, aún no habían perfeccionado el control de ese don, por lo que, segundos después de haberlo puesto en uso, regresaron a su forma humana sin desearlo porque habían gastado su energía sobrenatural, y aún no sabían cómo reponerla de manera inmediata.
A lo lejos, Mammon vio lo que ese par de felinos extraños habían hecho, y la reacción de los miles de demonio sorprendió al primogénito de Satanás. Al llegar Belial, Leviatán, Belfegor y Belcebú a su lado, este les explicó lo que había observado, llegando los hermanos a determinar que esos dos jóvenes felinos tenían algo especial que debían conocer para saber cómo defenderse. Sin pensarlo dos veces, Belcebú cambió a su forma demoniaca, y con sus potentes alas empezó a dirigirse hacia Erik y Pietro con la intención de capturarlos, mientras que Belial y Mammon hicieron lo mismo, pero por tierra, ya que la transformación en demonio no les permitía volar como su hermano.
Erik y Pietro empezaron a correr para alcanzar al resto del equipo, pero en su forma humana no eran tan rápidos, además que se sentían agotados por el esfuerzo que hicieron al manifestar el don especial que poseían. El resto del equipo ya había llegado a la puerta del Inframundo y empezado a cruzarla para seguir el recorrido hasta la superficie del planeta, pero al ver que los jóvenes híbridos de felino y humano no avanzaban con la velocidad esperada y que Belcebú, Belial y Mammon estaban próximos a alcanzarlos, Abelard empezó a correr hacia donde estaban Erik y Pietro, jalando del brazo a Ninay.
- ¡Pero qué haces! ¿Acaso te volviste loco? –preguntaba el hada mientras era arrastrado por Abelard.
- Erik y Pietro no lo van a lograr, y como líder del equipo, debo cuidar de ellos –las palabras de Abelard le hicieron entender a Ninay que el licántropo estaba dispuesto a inmolarse por los jóvenes.
- Que Darius o Ileana utilicen su don de nacimiento –propuso Ninay desesperado al pensar que su amigo moriría en el Inframundo.
- No, no voy a arriesgar a nadie más del equipo. Ninay, cédeme tu don de fuego –el pedido de Abelard hizo que el hada enmudeciera. El licántropo estaba decidido.
- Dentro de poco volverás a ver a Aideen. Cuando lo hagas, dile que la extrañamos mucho –fue lo único que Ninay dijo antes de decir unas palabras en una lengua tan antigua que Abelard no conocía. Del pecho del hada salió una pequeña esfera incandescente que se posó sobre la frente del licántropo, siendo absorbida por su piel.
- Ninay, cuando nazca tu hijo, visita junto a Illapa a Katharina y Klaus, y háblale a Keith de mí –una lágrima rodó por la mejilla del lobo de Abelard, quien no quería morir aún, ya que le hacía mucha ilusión ver crecer a su nieto, pero, como una vez lo hizo su amada Aideen, era consciente que debía sacrificarse por aquellos que recién empezaban a vivir.
Cuando licántropo y hada dieron alcance a Erik y Pietro, Ninay se quedó al lado de los jóvenes, mientras que Abelard continuó corriendo a su máximo esfuerzo. Los híbridos de felino y humano no entendieron el comportamiento del líder del equipo. Ellos pensaron que habían ido a darles el alcance para ayudarles a cruzar la entrada al Inframundo, por lo que el guerrero Höller siguiera acercándose a los demonios que venían detrás de ellos no era lo esperado.
- Ninay, crece y llévate a los niños –fue la última orden que Abelard daría a su amigo.
El hada dejó el pequeño tamaño de colibrí para tomar uno tan grande como una montaña. Darius y Elrond, que esperaban en la entrada al Inframundo, no podían creer lo que veían. El hada de fuego había crecido hasta pasar los más de cien metros de altura. «Suban», se escuchó la potente voz del hada dirigiéndose a Erik y Pietro, quienes se treparon a los pies de Ninay. En unas cuantas zancadas, el hada de fuego había recorrido kilómetros hacia la entrada al Inframundo. Al regresar a su tamaño normal, dio la orden de retirada.
- ¡No podemos, falta Abelard! –acotó Darius perdiendo la frialdad que lo caracterizaba.
- Él no vendrá –dijo Ninay empezando a llorar-. Va a impedir que los hijos de Satanás nos sigan. Aún tenemos bastante que andar para llegar a la superficie, y él asegurará que podamos seguir sin contratiempos.
- ¡No! Yo puedo hacer una barrera, puedo sellarlos a todos –insistía Darius.
- No, no puedes. Tienen una piedra de luna, así que tienen cómo escapar de tu don. Hagamos la voluntad de Abelard. Él quiere que vivan –lo dicho por Ninay hizo que a la mente de Darius llegara la voz y la imagen de Lena, por lo que recordó que tenía por quien seguir vivo.
Los que faltaban cruzar la entrada al Inframundo lo hicieron, dejando atrás la imagen de Abelard corriendo hacia las legiones de demonios que Belcebú, Belial y Mammon comandaba. Cuando vio que los jóvenes guerreros y Ninay habían dejado el Inframundo, paró su andar y regresó a su forma humana. Al afianzar sus pies en el árido suelo, extendió sus brazos y gritó: «Incandescente». La tierra bajo los pies de los demonios empezó a temblar. A lo largo de donde señalaban los brazos de Abelard, aparecieron grietas. Un magma producto del fuego del Dios Supremo con el que estaba hecho el centro del planeta empezó a erupcionar por los miles de desfogues que empezaron a aparecer. Se estaba formando una especie de cortina de fuego, pero de uno que los demonios e hijos de Satanás no podían soportar porque era fuego proveniente del Dios Supremo. Belcebú intentó superar la barrera que Abelard estaba creando gracias al don de fuego que Ninay compartió con él, pero el licántropo hizo que la longitud vertical de esta se duplicara, lo que quemó las alas de la representación de la gula, por lo que cayó aparatosamente.
«Amada Aideen, en breve nos volveremos a ver, mi hada de fuego hermosa», mencionó Abelard mientras el fuego del centro del planeta subía por sus pies, quemando su cuerpo. El dolor era aniquilador, ya que se trataba del elemento entregado directamente por la divinidad, y no producto de la naturaleza. El guerrero licántropo empezaba a perder las fuerzas, pero su inmensa motivación hacía que no dejara caer los brazos. Él permanecería el mayor tiempo posible para darle una oportunidad al resto del equipo. Cuando las fuerzas parecían agotarse, de un lugar desconocido desde lo que sería el firmamento del Inframundo, se vio descender una luz. Aideen, en su verdadera esencia, la de un querubín, bajó al Inframundo con el permiso del Dios Supremo para sostener los brazos de su amado compañero eterno, prolongando por más tiempo que la barrera del fuego entregado por el Dios Supremo para la constitución del planeta se mantuviera en todo lo alto.
- ¿Has venido por mí, amada mía? –preguntó Abelard tratando de no evidenciar dolor.
- Sí, mi amor. Pero antes de llevarte a Los Cielos, te ayudaré a cumplir con la misión que te has asignado –respondió el querubín que miraba con un infinito amor a su compañero eterno.
Abelard falleció protegiendo a su equipo, apoyado sobre los brazos de Aideen, quien no dejó de sostenerlos hasta que la Madre Luna le confirmó que los jóvenes guerreros y el hada de fuego habían llegado a la superficie del planeta. «Tu misión está cumplida. Ahora podemos irnos en paz», dijo el querubín. Y al no poder dejar el cuerpo inerte de su amado en el Inframundo porque sería usado para fines macabros, Aideen llevó los restos de Abelard hacia Los Cielos ante la atenta mirada de los moradores del Inframundo.