Nunca fuiste parte de esta familia
—Nunca fuiste parte de esta familia.
La voz de Clara Valente fue suave, pero firme. Como si no necesitara repetirlo.
Alma apretó los dedos contra la mesa, sin mirarla.
Había escuchado esa frase demasiadas veces como para reaccionar.
—Puedes usar nuestro apellido —continuó Clara, acomodando con cuidado la copa frente a ella—. Puedes vivir bajo este techo. Pero no te confundas… eso no te convierte en una de nosotros.
El silencio se volvió pesado.
El comedor de los Valente siempre había sido así: perfecto, elegante… y frío.
Lleno de retratos donde Alma nunca aparecía. Don Ernesto sí, siempre en el centro, siempre mirándola de una forma distinta.
Como si aquel día —cuando la encontró llorando, sucia, perdida— hubiera visto algo que nadie más vio.
Alma tragó saliva. No recordaba mucho de antes de eso, solo fragmentos, frío, una mano soltándola y la sensación de que nadie iba a volver.
—El abuelo Ernesto preguntó por ti —dijo Clara de pronto.
Eso la hizo reaccionar.
—¿Está despierto?
—A ratos —respondió, encogiéndose ligeramente de hombros—. Aunque cada vez menos. A veces ni siquiera recuerda quién es.
El aire le faltó por un instante.
Don Ernesto era lo único real en esa casa, lo único que alguna vez sintió como suyo. Si él desaparecía… entonces Alma no tenía nada.
—Voy a verlo —dijo, poniéndose de pie.
—Claro —sonrió Clara—. Aprovecha mientras todavía recuerda tu nombre.
Alma no respondió, había aprendido hace años que en esa casa sobrevivía quien sabía callar.
Caminó hacia la puerta, pero antes de salir, Clara volvió a hablar:
—Ah, por cierto… hoy llega el nuevo director al hospital.
Alma se detuvo.
—Dicen que es uno de los hermanos Ríos—añadió, con una leve sonrisa—
Eso llamó su atención.
—Compró medio sistema de salud en poco tiempo —continuó—. Poderoso, frío… peligroso.
Alma giró apenas el rostro.
—No me interesa.
Clara dejó escapar una risa suave.
—Debería. A los hombres como él no les gusta la gente como tú.
—¿Y cómo soy yo?
Clara la miró directamente a los ojos.
—Alguien que apareció de la nada… y nunca explicó por qué.
El corazón de Alma dio un golpe seco pero no dijo nada. Simplemente salió del comedor.
Porque si algo había aprendido… era que el pasado siempre encuentra la forma de volver.
Se detuvo frente a la puerta de la habitación, dudó un segundo antes de entrar.
El cuarto estaba en silencio, envuelto en una luz tenue. Don Ernesto descansaba, inmóvil, con la respiración pausada.
Por un instante, Alma sintió miedo.
Miedo de que ese fuera uno de esos momentos en los que ya no estaba realmente ahí.
Se acercó despacio.
—Abuelo… —susurró, aunque sabía que probablemente no la escucharía.
No hubo respuesta, solo el sonido leve de la máquina marcando el ritmo de su respiración.
Alma tomó su mano con cuidado, estaba fría, más de lo que recordaba.
Tragó saliva.
—Voy a estar bien —murmuró—. Te lo prometo.
Sus dedos se aferraron un poco más.
—No voy a dejar que me rompan… ni que me hagan sentir menos.
Cerró los ojos un segundo.
—Voy a proteger lo que me enseñaste. Y no voy a defraudarte.
El silencio la envolvió.
Pero por un instante… sintió como si su mano respondiera, como si no estuviera sola.
Alma respiró hondo, soltándolo con cuidado y salió de la habitación sin mirar atrás, porque si se detenía demasiado… no iba a poder irse.
Al mirar el reloj, sintió un leve sobresalto. Ya era tarde, si no salía en ese momento, perdería el autobús y no podía permitírselo.
No ese día. No nunca.
Bajó las escaleras con rapidez, tomando su abrigo en el camino. Al cruzar la entrada principal, el frío la golpeó de inmediato.
a lluvia caía constante, fina, persistente. El cielo gris parecía aplastar todo a su alrededor.
A unos metros, Clara subía a un automóvil n***o, impecable, que la esperaba con el motor encendido. Ni siquiera miró atrás.
Alma ajustó su abrigo, apretándolo contra su cuerpo y echó a correr, porque llegar tarde no era una opción, no para alguien como ella.
Minutos después, empapada y con la respiración agitada, subió al autobús justo antes de que las puertas se cerraran.
Cuando cruzó las puertas del hospital y lo vio por primera vez… entendió que su vida estaba a punto de cambiar.
El Dr. Bruno Ríos ya la estaba observando, como si la reconociera, como si supiera algo que ella no.