La mansión Valente respiraba distinto de noche. No era solo la oscuridad suavizando los contornos o el silencio más profundo que durante el día, sino algo más sutil, más íntimo, como si las paredes mismas guardaran secretos que solo se activaban cuando todo lo demás se detenía. Alma lo percibía sin entenderlo del todo, caminando junto a Santiago por un pasillo que no reconocía, pero que su cuerpo atravesaba con una familiaridad inquietante. No preguntó a dónde iban, ya no preguntaba tanto. Había empezado a confiar en esa sensación de ser guiada, sostenida, contenida. Santiago avanzaba a su lado con una seguridad que no necesitaba explicaciones. La luz tenue recortaba su figura: el cuerpo firme, trabajado, la piel bronceada que contrastaba con la claridad de sus ojos, siempre atentos, sie

