El pasillo estaba silencioso, pero el rumor de la muerte del paciente corría como un río subterráneo: susurrado, filtrado, amplificado por cada médico y enfermera que se cruzaba con Alma. Cada paso hacia la oficina del directorio era un golpe contra su estómago. El corazón le latía como si quisiera escapar. Al entrar, la sala la recibió con un frío impresionante. La junta médica, completa, esperaba. Frente a ella, el Dr. Ferrer, brazos cruzados, sonrisa apenas perceptible; a su derecha, Clara, apoyada en la pantalla con los informes de Alma, manipulando cada dato para magnificar la derrota. A su izquierda, Bruno, de pie, rostro inexpresivo, vigilante, silencioso. Entre ellos, otros médicos evaluadores y Ricardo Valente, en su rol de abogado del hospital, que miraba a Alma con aire calcu

