La guardia comenzó como cualquier otra, con ese ritmo engañosamente estable que el hospital adoptaba antes de romperse en caos, y Alma, acostumbrada a anticipar lo inesperado, revisaba historias clínicas con la concentración de quien sabe que cualquier detalle puede marcar la diferencia, aunque esa mañana había algo distinto, una sensación difícil de nombrar que no lograba sacarse de encima desde la reunión del día anterior. —Doctora Valente. La voz de Ferrer la interrumpió sin aviso. Alma levantó la vista. —Doctor. Él se acercó con una carpeta en la mano, dejándola sobre el escritorio con un gesto casi descuidado, aunque en su mirada había algo demasiado preciso para ser casual. —Habitación 214 —dijo—nuevo ingreso pediátrico, quiero que se encargue usted. Alma frunció levemente el

