Capítulo 25

1634 Words
Lía “La caja que abre grietas.” Héctor me llamó desde la barra mientras me secaba las manos. —Lía, esto es para ti —dijo, señalando una caja blanca, sin logo. —¿Quién la dejó? —pregunté. —Un repartidor. No dijo nada. Solo preguntó por vos y me la dio. El estómago se me hizo un nudo. La abrí. Lo primero que vi fue el mechón de pelo. Negro. Fino. Atado con hilo rojo. No mío. Pero reconocible para cualquiera que conociera ese mundo: un mensaje. Luego la nota. Solo cuatro líneas. No te estoy vigilando. Ya te tengo estudiada. Él no puede proteger algo que ya es mío. —N. Sentí cómo la sangre se me helaba. Héctor notó la palidez en mi rostro. —¿Qué pasa? —preguntó. No pude responder. Y en ese instante, entró Gael. No habló. No preguntó. Su mirada fue directo a la caja. Al mechón. A la nota en mi mano. Y algo en él… se rompió. —Dámela —dijo. Se la entregué. Su expresión se volvió de piedra. Las venas en su cuello marcaron una línea de pura furia contenida. —¿Cuándo llegó esto? —Hace diez minutos. El silencio que siguió dolió. Dolió porque detrás de esa rabia, había miedo. Y ese miedo no eran por él. Era por mí. Yo intenté hablar. —Gael, no hagas— —No empieces —interrumpió, con una voz que temblaba por dentro—. Esto no es un aviso, Lía. Esto… es una marca. —No voy a dejar que me encierre —respondí—. Ni por él. Ni por ti. Se acercó un paso. Demasiado cerca. —No estoy pidiéndote permiso —dijo. Ahí comenzaron a chocar. Ahí comenzó el “primer roce”. La tensión crecía… hasta que Héctor se acercó un poco, sin querer, limpiando vasos. Y el clima explotó sin romperse. Gael “Lo que quiero proteger, aunque no me lo pida.” La caja todavía estaba en mi mano. El mechón. La nota. La firma torcida de Nico como una provocación escrita a fuego. Sentía que la mandíbula se me iba a romper del modo en que la apretaba. Ella estaba ahí, frente a mí, respirando como si la noche le pesara en el pecho. Y aun así… sin retroceder. Siempre sin retroceder. —Gael, no vas a salir corriendo de aquí —dijo, y su voz tenía filo. —No —respondí—. No pienso salir. Ni dejarte sola. Ni hacer como si esto fuera… lo que él quiere que sea. —¿Y qué creés que quiere? —me desafió. La miré. Esto no era un juego de territorios. No era una pelea por orgullo. Esto era Nico. Y Nico no mandaba advertencias: mandaba avisos de caza. —Que me descontrole —dije, bajando la voz—. Que pierda la cabeza. Que te encierre. Que te aleje del bar. Que te asfixie. Quiere que yo sea como ellos. Lía frunció el ceño. —Yo no soy “ellos”. Y vos tampoco. Eso… eso me tocó más de lo que debió. Antes de que pudiera responder, Héctor se movió detrás de la barra, alineando vasos. Y ese simple sonido —el cristal chocando apenas— nos devolvió al mundo real. Él estaba ahí. Mirando. Analizando sin querer. Yo respiré hondo. Lía también. Pero aún había algo que tenía que decir. —Escuchame —susurré, dando un paso más cerca sin tocarla—. Estoy intentando no invadirte. No robarte el aire. Pero si Nico sigue avanzando, voy a tener que elegir. —¿Elegir qué? —preguntó, y su voz tembló apenas. —Si respeto tus límites… o si te salvo la vida aunque me lo prohíbas. Ella abrió los ojos de golpe. Ahí estaba el roce. El choque. La tensión que ya no sabíamos cómo sostener sin rompernos. Su respiración rozó mi cuello. Mi mano tembló al costado del cuerpo. Y si Héctor no hubiera dejado caer un vaso en ese momento, yo… yo la habría besado. Porque su rabia era deseo. Y mi miedo era amor. Aunque ninguno pudiera decirlo. Héctor murmuró una disculpa por el vaso. Yo di un paso atrás. Lía bajó la mirada. Y al fin pude pensar con claridad. Nico había abierto el juego. Y nosotros acabábamos de caer en él. Lía “La verdad que no calma.” Cuando Gael se alejó un paso —solo un paso, pero suficiente para poder respirar—, sentí que el bar volvía a existir. Las luces. Los vasos. El ruido de la cafetera. Y Héctor, que nos miraba con esa mezcla de discreción y preocupación tan suya. Tenía que saber quién había traído esa caja. Aunque en el fondo… ya lo sabía. Me acerqué a la barra con el pulso todavía acelerado. —Héctor… —lo llamé con suavidad. Él dejó el vaso que estaba secando y me miró como si ya intuyera la pregunta. —¿Quién te la dejó? —pregunté, señalando la caja sin tocarla. —Un chico —respondió—. Joven. Debe haber tenido veintipico. Me dijo: “Es para Lía, dejála ahí”. Eso fue todo. Tragué saliva. —¿Le viste la cara? Asintió. —Sí, pero no lo había visto antes. No parecía del barrio. Vestía bien, limpio. No habló más de la cuenta. Era exactamente el tipo de repartidor que Nico usaría. Gente sin nombre. Sin preguntas. Sin huellas. —¿Dijo algo más? —insistí. —Nada. Solo eso. Ni siquiera esperó. La dejó y se fue directo hacia la esquina —añadió Héctor—. Caminaba… como si no quisiera llamar la atención. Gael se acercó en silencio. No intervino. Solo escuchó. Yo sentí un frío extraño en el estómago. La sensación precisa de una pieza encajando. —No abras nada que no reconozcas —dijo Héctor, y su voz sonó más dura de lo habitual—. Esto no me gusta, Lía. Veo gente rara rondando desde hace días. No digo que sea por vos, pero… Nos miró a los dos. Primero a mí. Después a Gael. —Tengan cuidado —añadió, bajito—. Algo se está moviendo ahí fuera. Me quedé quieta. Sin saber si agradecerle o pedirle que no dijera lo que ambos temíamos. Gael se adelantó un poco, casi sin pensarlo, poniéndose justo a mi lado. Lo suficientemente cerca para que el mensaje fuera claro: No estás sola. Pero al mismo tiempo… ese gesto encendió una chispa peligrosa dentro de mí. No sabía si quería abrazarlo. Gritarle. O escapar. Héctor volvió a su trabajo, hombros tensos. Había dicho lo que tenía que decir. Nada más. Me quedé mirando la caja. Ese mechón que no era mío. Esa nota que no había sido escrita para avisar… Sino para marcar territorio. Y supe que, por más preguntas que hiciera, las respuestas no me iban a dar alivio. Gael “Hombres que reconocen la misma sombra.” El bar estaba demasiado callado. Lía seguía mirando la caja como si fuera un animal dormido al que no quería despertar. Héctor limpiaba vasos sin mirarnos, pero igual estaba escuchando todo. Y yo… yo tenía la sangre latiendo en las sienes, igual que la noche del ataque. Entonces la puerta del bar se abrió. No con un golpe. No con prisa. Sino con ese paso seguro, familiar, que siempre anunciaba a la misma persona: Óscar. Entró quitándose la bufanda, murmurando un saludo hacia Héctor, sin mirar en nuestra dirección todavía. Pero apenas dio dos pasos… Se congeló. Sus ojos encontraron la caja. El mechón. La nota. Y después encontraron a Lía. Pálida. Tensa. Con el labio apretado entre los dientes. La expresión de Óscar cambió en un parpadeo. Se borró la sonrisa. Se borró el cansancio. Y apareció algo que yo reconocí al instante: la memoria de quien ya sobrevivió a ese mundo. Caminó hacia nosotros sin apuro, pero cada paso tenía peso. Cuando llegó frente a la barra, apoyó las manos a cada lado de la caja. Sin tocarla. Sin abrirla. Solo la miró como quien observa un cadáver. —¿Esto te llegó hoy? —preguntó, con la voz más baja de lo habitual. Lía asintió. —Héctor la recibió. Óscar inhaló. Profundo. Largo. Y lo vi. Vi el reflejo de su pasado en sus ojos. Vi el recuerdo que todavía lo perseguía. Vi el nombre que ninguno dijo, pero que los tres sentimos: Anselmo. Nico. Domenech. Y la sangre que une a la familia más peligrosa que había pisado este barrio. Yo no moví un músculo. Pero Óscar sí me miró. Directo. Firme. Profundo. Una mirada que no buscaba pelea. Buscaba entendimiento. Y, aunque nunca habíamos cruzado más que dos frases educadas, supe exactamente lo que me estaba diciendo: Vos sabés de dónde viene esto. Y sabés lo que significa. Cuidala. O la perdemos. No lo dijo. Pero lo dijo todo. Yo asentí. Minúsculo. Pero suficiente para que lo captara. Lía nos miró a ambos, confundida por ese silencio lleno de cosas no dichas. —¿Qué pasa? —preguntó ella. Óscar tragó saliva, apoyó las manos sobre sus rodillas y se incorporó. —Pasa que esto —tocó la caja con un dedo, apenas— no viene de cualquier lado. Y no es un mensaje para vos, Lía. La miró con una tristeza que me atravesó. —Es un mensaje para todos nosotros. Yo cerré la mano alrededor del mechón. Sentí el impulso animal de atravesar paredes y romper huesos. Pero no lo hice. Planeé. Porque si algo entendí en esa mirada silenciosa que compartí con Óscar fue esto: Los dos teníamos cicatrices del mismo mundo. Pero esta vez… la que podía sangrar era ella.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD