Lía
“Lo que aparece en la pantalla.”
El teléfono vibró a las 06:17.
Demasiado temprano para ser Óscar.
Demasiado tarde para ser Gael.
Y demasiado fuera de lugar para ser cualquier otra persona.
Todavía estaba medio dormida cuando lo agarré.
Una franja de luz fría entraba por la ventana, lo suficiente para ver la pantalla encenderse.
Número desconocido.
Sin foto.
Sin nombre.
Sentí el primer escalofrío.
Lo abrí.
Una frase.
Solo una.
“Ayer fue una advertencia suave.
Hoy puedo hacerlo peor.”
Me quedé helada.
No había insultos.
No había amenazas directas.
No había gritos.
Eso era lo peor.
Los hombres más peligrosos no necesitan escribir violencia.
La sugieren.
Leí el mensaje tres veces.
No quería creer lo que mis ojos entendían.
Luego bajé.
Había una foto.
Mi edificio.
Mi puerta.
Sacada desde abajo.
Desde la calle.
Desde la acera donde anoche Gael me dejó.
Sentí náuseas.
De golpe, el silencio de mi piso dejó de ser silencio.
Se volvió ruido.
Un zumbido en los oídos.
Un “podría estar aquí mismo”.
Apagué el móvil de golpe.
Lo tiré sobre el sofá.
Me agarré la cabeza entre las manos.
No lloré.
No grité.
No temblé.
Solo respiré como si el aire fuera vidrio.
Porque anoche… anoche me habían atacado dos críos torpes.
Pero esto no era torpeza.
Esto era precisión.
Esto era Nico.
Y por primera vez…
por primera vez desde Manuel…
tuve miedo.
Miedo real.
Miedo que te aprieta los pulmones por dentro.
Me quedé sentada en el borde del sofá, sin moverme, mientras el sol empezaba a subir despacio.
Y una frase se clavó en mí, cortante como una aguja:
Si Nico sabía dónde vivía…
sabía todo lo demás.
Gael
“Algo en ella no respira igual.”
Llegué al bar antes de la hora.
No porque tuviera que estar ahí.
Sino porque anoche, cuando encontré esa pulsera en la barra, entendí que Nico había cruzado una línea sin tocar a nadie.
Esa clase de gesto siempre anticipa algo peor.
Empujé la puerta y entré.
El bar estaba tranquilo, con olor a café recién hecho.
Héctor no levantó la vista, pero noté en su mandíbula que no había dormido bien.
Mi mirada buscó a Lía al instante.
Siempre la buscaba.
Pero hoy… hoy fue distinto.
Ella estaba acomodando las botellas como si el orden pudiera salvarla.
Demasiado meticulosa.
Demasiado tensa.
Demasiado callada.
Y apenas me vio, su cuerpo cambió.
No para bien.
—Hola —dijo, sin fuerza.
Me apoyé en la barra.
—Buenos días. Dormiste poco.
Ella parpadeó.
Una reacción mínima, pero suficiente para confirmarlo.
Alguien que duerme bien no parpadea así.
—Estoy bien —respondió.
Otra mentira perfecta.
Cada vez más pulida.
Me quedé mirándola en silencio.
Ella evitó mi mirada como si sostenerla pudiera quebrarla por dentro.
Algo había pasado.
Algo nuevo.
No era lo de anoche.
No era el susto con los críos.
No era la pulsera.
Era otra cosa.
—Lía… —dije bajando la voz—. ¿Qué pasó esta mañana?
Ella se quedó inmóvil.
Inmóvil de verdad.
Como si no esperara que yo llegara tan rápido a la verdad.
—Nada —susurró, demasiado rápido.
Mierda.
Otra mentira.
Me acerqué un poco más.
No para imponerme.
Para verla bien.
Sus ojos tenían esa luz apagada que solo aparece cuando el miedo llega antes que el pensamiento.
Cuando te despierta algo que no debería estar en tu pantalla.
O en tu puerta.
Algo que ya te está mirando.
—¿Nico te escribió? —pregunté directo.
Lía cerró los ojos un instante.
Eso me bastó.
Fue el sí más claro del mundo.
Sentí cómo algo en mi pecho se tensaba hasta doler.
Hablé despacio, porque si no lo hacía iba a romper algo.
—¿Qué te mandó?
Ella negó con la cabeza.
—No quiero hablar de esto ahora.
—No estoy pidiéndote detalles —dije sin subir la voz—.
Estoy pidiéndote que no cargues sola con algo que él hizo.
Tragó saliva.
Y ese gesto “pequeño” me confirmó que el mensaje había sido real, directo…
y diseñado para romperla por dentro.
—Gael —susurró—.
No puedo meterte más en esto.
—Ya estoy dentro —respondí—.
Desde anoche.
Ella se apartó.
Un paso chiquito.
Defensivo.
Como si acercarse a mí fuera peligroso…
pero alejarse también.
Esa duda, ese quiebre apenas visible…
lo sentí como un golpe en la piel.
—No quiero que él te use para alcanzarme —dijo ella.
Ahí estaba.
La verdad.
Ella no tenía miedo por sí misma.
Tenía miedo por mí.
Me quedé quieto.
Completamente quieto.
Porque si hacía un solo movimiento hacia ella,
iba a abrazarla.
A calmarla.
A prometerle algo que no estaba en mis manos cumplir.
Pero si me movía para atrás…
iba a dejarla sola con ese mensaje.
Así que hice lo único que podía hacer:
Me acerqué un paso.
El mínimo necesario.
—Lía —hablé bajo, firme, sin temblar—.
No voy a dejar que él te marque la vida.
Ni la noche.
Ni la mañana.
Ni los mensajes.
Ella levantó los ojos.
Llenos de algo entre miedo y furia y… ¿algo más?
Ese “algo más” me heló y me quemó al mismo tiempo.
Porque Nico no solo le estaba quitando seguridad.
Estaba empujándola hacia mí.
O alejándola.
O ambas.
Y yo…
yo sentía que podía perderla sin haberla tenido nunca.
Nico
“El mensaje entre líneas.”
El problema con la gente como Gael es que creen que proteger es tan simple como ponerse en la puerta.
Que basta con un cuerpo, unos músculos y un par de golpes bien dados.
Qué ternura.
No entienden que la verdadera fuerza está en otra parte.
En la anticipación.
En la sutileza.
En aparecer donde menos te esperan.
Por eso no fui al bar hoy.
No necesitaba ir.
Conocía el horario.
Conocía la rutina.
Y ahora, gracias a la foto de la puerta,
conocía también la reacción de Lía.
El miedo siempre deja huellas.
Desde el coche, dos calles más abajo, observé a uno de mis chicos más inteligentes —uno que nunca se presenta, nunca habla y nunca mira más de dos segundos— entrar al bar con ropa de repartidor.
Una caja pequeña.
Ligera.
Inofensiva.
Dentro, una nota doblada.
Sin firma.
Y un mechón de pelo.
No de Lía.
No soy tan bruto.
Ni tan evidente.
Era de otra chica del barrio.
Una que desapareció hace tres años.
Una que nadie buscó.
Una cuya ausencia dejó un rumor, no un caso.
Un recordatorio.
De que yo no amenazo.
Yo aviso.
El chico entró.
Dejó la caja.
Pidió que la entregaran a Lía “cuando pudiera”.
Y salió sin mirar atrás.
Perfecto.
Encendí un cigarro y esperé.
La paciencia siempre es recompensada.
No vi la reacción de Lía.
Ni la de Gael.
No me hacía falta.
Yo no necesitaba ver.
Yo ya sabía.
Sabía que Gael iba a tensarse como un perro al que le pisan la cola.
Sabía que Lía iba a sentir el pecho apretarse.
Sabía que la nota iba a hacer el resto:
“No te estoy vigilando.
Ya te tengo estudiada.”
Suave.
Precisa.
Verdadera.
Luego la segunda línea:
“Él no puede proteger algo que ya es mío.”
Gael la leería.
Claro que sí.
Él siempre quiere ver todo lo que toca a Lía.
Siempre quiere interponerse.
Siempre llega tarde.
Ese era el punto.
No buscaba asustar a Lía.
Buscaba quebrar a Gael.
Porque en esta historia,
Lía es el premio…
…pero Gael es el enemigo real.
Sonreí mientras exhalaba el humo por la ventanilla.
—Golpe dos —susurré.
—Y todavía no empezamos.
Lía
“La caja que no debería existir.”
La caja estaba sobre la barra cuando salí de la cocina.
Pequeña.
Blanca.
Sin logos.
Héctor me la señaló con el mentón.
—Dejó eso un repartidor.
Dijo que era para ti.
Noté algo en su tono.
Una alerta silenciosa.
Me acerqué despacio.
No sé por qué me temblaron las manos.
Quizá porque anoche encontré una pulsera que no debía estar allí.
Quizá porque esta mañana recibí un mensaje que no debía existir.
Quizá porque tenía la sensación constante de que alguien estaba un paso delante de mí.
Abrí la caja.
Primero vi el mechón de pelo.
Negro.
Fino.
Atado con un hilo rojo.
No mío.
Pero tampoco de nadie que reconociera.
El estómago se me dio vuelta.
Héctor se acercó de inmediato.
—¿Qué es eso?
Pero no podía responderle.
Porque mis ojos ya habían encontrado lo peor.
La nota.
Doblada en cuatro.
Precisa.
Como si hubiera sido escrita sin apuro, sin temblores, sin culpa.
La abrí.
Solo cuatro líneas.
No te estoy vigilando.
Ya te tengo estudiada.
Mi garganta se cerró.
Él no puede proteger algo que ya es mío.
El mundo se detuvo.
No por la amenaza.
No por el mechón.
No por la caja.
Por el pronombre.
Mío.
Ese “mío” tenía algo más oscuro que cualquier insulto.
Era certeza.
Era posesión.
Era marca.
Sentí cómo el sudor frío me bajaba por la espalda.
Gael entró en ese mismo momento.
Lo vi acercarse.
Vi su expresión cambiar cuando vio la caja.
Vi cómo su cuerpo dejó de moverse un segundo, como si una corriente lo atravesara.
No dijo mi nombre.
Ni hizo preguntas.
Ni se acercó demasiado.
Solo vio la nota en mi mano.
—Dámela —dijo grave.
Se la entregué.
Al leerla, cerró los puños tan fuerte que escuché el crujido de sus nudillos.
Su respiración cambió.
Su mandíbula se tensó.
Sus ojos…
sus ojos dejaron de ser ojos.
Llamas.
Eran llamas.
—Gael… —susurré.
Él no me miró.
No podía.
Lo conozco lo suficiente para saberlo.
Cuando por fin levantó la vista, su voz salió como un filo:
—Esto no fue un mensaje.
Fue una declaración.
Sentí un estremecimiento recorrerme el pecho.
—¿Qué quiere decir? —pregunté.
Gael guardó la nota en el bolsillo.
Casi con rabia.
—Que ya no está jugando a asustarte —dijo—.
Está jugando a provocarme.
Me quedé inmóvil.
Porque entendí, con una claridad brutal,
que Nico no estaba tratando de atraparme a mí.
Estaba tratando de empujar a Gael.
A romperlo.
A hacerle perder el control.
A sacarlo del juego.
Para después venir por mí sin interferencias.
Gael me miró entonces.
Directo.
Firme.
Y con un temblor en la voz que nunca le había escuchado.
—No voy a dejar que te toque.
Ni que te mire.
Ni que te respire.
Pero Lía… —tragó saliva— esto ya no es miedo.
Esto es guerra.
Y yo sentí, por primera vez en mi vida,
que la guerra tenía su nombre escrito encima.
El mío.