Capítulo 11

1264 Words
Cuando percibí la frecuencia de un mago, en el cielo, detuve el paso. Nos miramos. Jonast frunció el ceño. Oímos la turbina de los cazas. Busqué la mejor posición entre las ramas para ver la dirección de las luces de los cazas. De allí era la frecuencia. Los pilotos, como nosotros, eran magos. «Van aterrizar en el aeropuerto», dijo Jonast con los labios. —Hablemos, estamos lejos del enemigo. Al parecer, nos dirigimos a un combate directo. Para escapar debemos tomar el aeropuerto, pero allí se oculta el enemigo. Sin embargo, persiste el silencio en el bosque. ¿Crees qué es una buena idea proseguir, Jonast? —pregunté a mi mejor amigo. —Debemos capturar un vehículo, no importan los aviones del aeropuerto —dijo con los nervios de punta. Aguardamos, los cazas habían aterrizado, el sonido era continuo, como un murmullo atronador en la atmósfera. De improviso, la temible energía de un ser, despertó el miedo. No sé cómo Jonast escuchó los pasos de un soldado, pero giré y Jonast había apresado un hombre. El cañón de la MP5 estaba afincado en la testa. Ofrecía resistencia, pero Jonast le había quebrado una pierna. ¿Cuánto tiempo le habrá tomado hacerlo? Por el símbolo del uniforme, era parte del cuerpo terrestre calvarian. Cabello rapado, tipo cepillo; piel cetrina, cejas espesas, nariz chata, labios gruesos y mirada asesina. Además, en los brazos habían tatuajes y cicatrices. Debía ser un preso o un delincuente reclutado. Teníamos entendido que la mayoría del ejército de Calvior estaba conformado por gente de poca monta. —¡Calla! —Golpeó al sujeto con la culata. Apunté al hombre con la AK-47. —¡Ayuda! —gritó. Jonast le disparó en la rótula de la rodilla. El hombre expelió un grito desgarrador que hubiera puesto la piel de gallina a cualquiera. Su cuerpo se sacudía como si una anguila en culo mordiera el recto. —¡Te mataré si sigues gritando! —avisó Jonast, feroz. —¿Por qué regresas del aeropuerto? —pregunté sin saber bien por qué, pero fue lo primero que vino a mi cabeza. —¡Mantenme! —imploró el hombre. El siguiente disparo fue a la rótula izquierda. Se sacudió aún más. Jonast se relamió los labios. Nunca había visto esa mirada en él. Es como si otro ser tomara posesión de su cuerpo y disfrutara del sufrimiento ajeno. —¡¿Por qué vienes del aeropuerto?! Dos de los tuyos acaban de aterrizar en el sitio. ¿Escuchas las turbinas? Son ellos… —Ustedes morirán —dijo el hombre, como si se hubiera acordado de algo. Dibujó una sonrisa en su rostro. El sudor bajaba a chorros por su grasienta piel—. Ellos son los gemelos… —¿Qué gemelos? —pregunté y hundí el cañón en su vientre—. Habla. —¡Oh! ¿El bueno y el malo? Ustedes son como ellos. Sí, lo huelo en el rostro de cada uno. —Hizo un rictus por el dolor, pero creo que lo disfrutaba, dado que podía sonreír—. ¿El niñato quién es? ¿El malo? Igual que Kraga. Y tú —me miró— eres el demonio, Kruger. Bianca tiene su propia versión de los Hermanos arlequín. —¿Hermanos arlequín? —susurré. —¡Di lo del aeropuerto, perro! —gritó Jonast, exasperado, en cualquier momento volaba la tapa de los sesos. —¡Cálmate! —ordené a Jonast. —¿Aeropuerto? ¿Qué aeropuerto? ¡Ja! Ni un alma en pena queda allí —transformó su voz en un susurro—. Todos murieron… Ja… Ja… ¡Ja, ja, ja… Disparó en el cerebro del hombre. Sacó la pistola y descargó el cartucho entero en el enemigo. Miré la deformación del rostro, cada bala quebraba el cráneo y salía una pequeña voluta de humo. Además, la sangre corría a borbotones. Una de las balas quebró los dientes podridos, de manera que el c*****r comió pólvora, si me permiten el chiste. Al final de la ejecución, Jonast resollaba, como un animal que hubiera corrido kilómetros por su supervivencia. —Maldito. Dio una serie de patadas al c*****r. Creo que fracturó varias costillas. Yo estaba paralizado, viendo el espectáculo que ofrecía un hombre que no era mi mejor amigo. Cuando reaccioné, Jonast iba a ejecutar un conjuro para reventar el cuerpo del tipo. Salté hacia él, lo aprisioné con mis brazos. —Cálmate —dije en su oído. —Tengo miedo, James —susurró—. ¿Sientes esa maldita energía? —Sí, pero no podemos perder la cabeza. Vamos, piensa en Verónica. —Ella tiene alguien mejor que yo, James… —Pero no alguien que la lleve al altar. Lo prometiste. —También prometí cuidar tu familia si tú llegas a morir. —Uno de los dos debe salir con vida de esto. —Espero ser yo, James, tú mereces vivir. —No digas estupideces, vamos. —Me separé de él y di la espalda para seguir el camino hacia el aeropuerto. Cuanto miré hacia Jonast, seguía con la cabeza agacha y ojos abiertos. —Vamos, Jonast —dije, cansado de la situación—. Si saldremos de aquí, será gracias a nuestra inteligencia. —Okey. —Cerro los ojos, apretó los puños y acomodó el subfusil—. Disculpa. —Sus ojos lagrimaban. —Esto es la guerra, ya no somos niños ni estamos en la academia —sentencié—. Vamos —repetí. Jonast empezó a caminar detrás de mí como un niño regañado. A veces arrastraba los pies, pero no importaba. Yo había asumido, sin quererlo, el rol de líder, aunque desde el principio era mi posición en el equipo. —Camina a mi lado —sugerí. Esperé a que Jonast se pusiera a mi lado. —Puedes herir un maleante pero estás en shock por asesinar a un hombre con un arma. ¿Quién te entiende? —dije, recordando la vez que detuvo al delincuente. —Herir y matar no son iguales, James. ¿Qué sabes tú de matar si no fuiste el verdugo? —Vale, tienes razón, no sé nada sobre matar una persona. Pero al entrar en la academia militar e iniciar la guerra, sabíamos que pasaría. ¿Olvidaste las fotos de los c*******s y las visitas a la morgue? —No es igual, James —dijo con voz resignada—. Quiero regresar a casa, no sirvo para esto. —Volveremos y presentarás la baja, ¿de acuerdo? —Por un lado no quiero dejar el servicio. —Miró las manos curtidas por la tierra. Su rostro tenía salpicaduras de sangre—. Seré un cobarde y tú me necesitas. —Si tú presentabas la baja, me iba contigo. Soy nada sin ti. —Rodeé el hombro de Jonast con mi brazo y lo ayudé a caminar—. Ahorremos energía, nos espera un combate. —¿La energía será de los gemelos que mencionó el hombre? ¿Por qué regresaba del aeropuerto? ¿Y la criatu… —Haz el favor de mantener la boca cerrada —puntué—. Demasiadas preguntas y muchos quizás. No hay una respuesta segura. La lechuza ululaba cerca de un fresno. Una driada acariciaba al árbol anciano. El mar nocturno lucía sus organismos luminosos. La luna parecía un delfín, nadaba y nadaba. Pasaban lánguidas nubes, casi transparentes. La corriente de aire era suave, acariciaba nuestros semblantes abatidos. Por un instante tuve las ganas de matar a Jonast y luego suicidarme. Sol aparecía y el acto indebido, desaparecía. Ella era mi motivo para regresar a Bianca.
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