Sonó la campana, el mecanismo de la tierra se accionó, Verónica regresó a la realidad como si la hubieran lanzado desde la punta de un rascacielos. Rogó, otra vez, que Jonast regresara con vida. Mientras cerraba los ojos, imaginaba su regreso: tendrían sexo hasta admirar la mañana, correrían en los parques, apreciando la vida, comerían en restaurantes, irían a bares, hablarían de sus vidas, discutirían por estupideces y volverían a tener sexo hasta la saciedad. Quizás, si lloviera, se bañarían en la lluvia. Además, podían meterse en una fuente a echarse agua. Una sonrisa frente al proyector de la película, afloró en su semblante funesto. Llevó la mano al pecho, como si volviera a cargar otra rosa.
La primera cita que Jonast y Verónica tuvieron, fue en un local de comida rápida. Él no tenía suficiente dinero para llevarla a sitios caros, hacía lo que podía con las mesadas que sus padres le enviaban. Ella se sentía feliz, en extremo, porque nadie había reparado en su belleza como lo hizo Jonast. Cuando él vio su sonrisa en la mesa, sin importar la cantidad de grasa que tuviera la hamburguesa, comprendió que ella era la chica que necesitaba su vida. Verónica no era interesada en aquel entonces. Así que, motivado por el amor, Jonast buscó un empleo de medio tiempo. Sin embargo, la academia exigía su presencia las veinticuatro horas en las instalaciones, dado que era un alumno nuevo. Con la limitación impuesta por sus superiores, buscó una alternativa. James aplaudía, desde hacía mucho, el talento artístico de Jonast para dibujar. Por una pequeña suma de dinero, Jonast dibujaba para sus compañeros. Retratos, flores, planos de cazas y helicópteros, paisajes y arquitectura, nada era un reto para Jonast, que había nacido con el don del dibujo. Su economía boyaba y, por tanto, pudo invitar a Verónica a sitios mejores. Ella valoró su esfuerzo, se enamoró aún más de él.
Las cartas que escribía a su madre, eran largas. Hablaba de lo hermoso que era estar enamorada. La cabinas de fotografía estaban de moda en el primer año de la academia de aviación. Verónica fue a una feria con Jonast, entraron a una cabina y diez fotos salieron de la boquilla recta de una máquina. Una de esas fotografías, las tenía ella en un dije plegable con forma de corazón. Además, el corazón tenía dos alas. De manera que cuando retornó al presente por el agujero n***o de la entristecida realidad, pisó el granito y vio al ángel. Jonast era su ángel. Ella, a su vez, era el ángel de él. Dos ángeles enamorados, en el infierno.
Cuando Verónica salió del parque, el Volkswagen de Clara estaba aparcado al otro lado. Vio a su amiga, ella tenía el aspecto alguien preocupado por un niño extraviado. Verónica hizo una seña. Los faros delanteros del Volkswagen se encendieron, parecían dos hermosos ojos luminosos en el abismo. Clara dio una vuelta en u y estacionó el coche, con la puerta del copiloto al frente de Verónica.
—Me seguiste —dijo Verónica cuando Clara bajó el vidrio.
—Siempre estuve detrás de ti. No te iba a dejar sola en esta oscuridad —aclaró Clara.
—No debiste seguirme, pues quería estar completamente sola.
—Lo estuviste en tu mente, pero en la realidad no estás sola. Abre la puerta, vamos a casa.
—No quiero regresar con mi marido.
—Puedes dormir con nosotras, aunque —miró el asiento de atrás— Sol ya está dormida, parece un tronco.
—Es preciosa cuando duerme, se parece a ti. No obstante, cuando despierta, se parece a su padre —comentó y abrió la puerta del coche.
—Oro todas las noches para que no tome el camino de las adicciones y los juegos de azar.
—Quisiera que las oraciones fueran eficaces como las acciones. No podemos hacer más que resignarnos a un concepto tan subjetivo como la fe y la esperanza. —Cerró la puerta—. ¿Tienes un cigarrillo?
—En la guantera hay dos. Echa el humo en dirección a la calle.
—La sugerencia también es para ti.
Con este comentario, Clara aceptó el cigarrillo de Verónica. Como en la época de la academia, fumaron con aire despreocupado, como si el mundo fuera de plastilina y ellas lo moldearan a su gusto.
—¿Por qué la guerra debe existir? —preguntó Verónica.
—La creación nació con el caos. Nacimos del caos. Somos parte del caos —sentenció Clara.
Los cigarrillos se agotaron, fumaron una caja entera. Sintieron que la nicotina hacía su efecto relajante. Destensaron los músculos, bajaron los hombros, dejaron reposar la cabeza en el asiento. Cada una estaba ensimismada en sus pensamientos.
Verónica se quedó dormida. Clara emprendió marcha hacia las colinas residenciales, urbanización privada en la cuesta de una colina, donde la vida era plácida. James podía permitirse una vida de lujo, dado al alto sueldo que percibía gracias a la guerra. Él prometió dar lo mejor a Clara y sí que lo hizo, dado que el pent-house de la colina, hablaba por sí solo sobre esta promesa.
Mientras tanto, en Urman, la batalla se encrudecía por la zona del noroeste. James y Jonast iban hacia el aeropuerto, con la posibilidad de encontrar a la resistencia. Los gemelos, Kraga y Kruger, seguían castigando a los rebeldes del flanco sur. Por ahora, el destino había dividió las fuerzas para la ejecución del escape que James y Jonast tenían planeado. Robar un avión no era tarea fácil. Además, los peligros del bosque no pasaban por alto esta vez. Jonast era consciente de la gravedad del asunto. Por otro lado, James reservaba la calma, pero sus nervios estaban a tope, ya que temía de una emboscada o encontrarse con una criatura desconocida del bosque.
El consejo militar de Bianca estaba al tanto de la situación en Urman. La toma de Yhanbidia parecía un hecho inevitable. Sin embargo, no han ordenado evacuar la ciudad hasta el regreso de sus dos pilotos. Por otra parte, el presidente de Bianca, Jang Bang Bian-zú, permanecía neutro ante las propuestas que los militares mostraban en su escritorio de bambú de lujo. Fumaba un habano, viendo la lluvia de estrellas.
Sentados en el capitolio, si viajamos a Calvior, El Líder esperaba noticias de la toma de Yhanbidia. Impertérrito, erguido en el antiguo trono de la reina Drisna, aguardaba que los miembros de la cámara de guerra de Erzkia, atravesaran la doble puerta y anunciaran la toma de Yhanbidia. No estaba de humor para oír contratiempos. La cabeza de los integrantes de la cámara de guerra, estaba en juego.
Regresando a la capital, junto al vuelo de una lechuza, que acababa de cazar un ratón, movemos la cámara hacia las colinas residenciales. La segunda cámara nos muestra el interior del pent-house de James. Verónica se acostó en la cama con dosel de la habitación para huéspedes. A Clara le gustaba el color rosa, de modo que Verónica tuvo que aguantar una habitación pintada de rosa, cubrecama rosa y dosel color crema. El rosa era el color que Verónica más detestaba. Aún no había apagado la luz, debido que necesitaba enviar un telegrama a la casa de su novio. Clara se había desocupado de acostar a Sol.
¿Verónica podrá dormir? Seguramente, no.