Bajó del coche, dado que las emociones constreñían su pecho. Con la mano en el pecho, como si cargara una rosa… O tal vez, si cargaba una rosa. En el reflejo de su espíritu, frente al agua estancada de la plaza, oliendo la putrefacción, viajó hacia el pasado. Así el filtro del lente cambia por completo. Sepia era la tonalidad perfecta. Los granos poblaban el filme, igual que los rayones que cambiaban de lugar: izquierda, derecha, izquierda, derecha. La leve desestabilización de la cámara y un poco de parpadeo, añadía aún más nostalgia ala recreación del tiempo pasado. Cuando vio de reojo por encima de su hombro, vio a Jonast a su lado. Luego dirigió la mirada a la mano, porque sentía el tacto del papel, y allí tenía una rosa, aprisionada entre sus dedos. Sus cabellos descendieron hacia el ingrávido espacio que marcaba la distancia entre ella y la fuente. Jonast, con un movimiento suave, como si el tiempo fuera en cámara lenta, descorrió la cortina capilar de Verónica. Entonces, los ojos de ella se encontraron con su amante, su amigo, su compañero. Los labios pintados de rojo, sabor a fresa, provocaron el deseo del hombre. Como si fuera una manzana extraída del edén, Jonast besó a Verónica.
Despertó de la ensoñación. ¿Qué ocurría? Era de noche, había una lluvia de estrellas que los habitantes de la capital de Bianca observaban. Pero ella no le importaba la gente alrededor, el corte de energía eléctrica y la sombra de la guerra. Ella quería que su amado regresara con vida del frente de batalla. Olvidó, incluso, que llevaba un anillo en el dedo. Se iba a casar con un hombre que no amaba. El dinero indujo que tomara la decisión correcta para sostener su futuro. ¿A caso no importa más el amor que el dinero? La pregunta real sería: ¿a caso no importa más un futuro pobre que el vivir bien en el porvenir? Una cosa traía la felicidad y otra el sustento. Entonces, al pensar en esto, como las estrellas que dibujaban líneas lumínicas en el firmamento, una lágrima cayó hacia el agua estancada. Los organismos de la fuente se movieron, perturbados.
Se quitó los tacones, estaba harta de caminar con ellos puesto. Los llevó en sus dedos. Sus pies no sintieron el frío, dado que algo la había atrapado y era la esencia veraniega del recuerdo. La piedra no era gélida. Estremecida por el apretón de sus brazos definidos en musculatura, abrió los ojos para encontrarse en el lecho de un hotel. A través de la vente se filtraba el panorama irreal de la capital. Luces se desplazaban, como pequeños puntos saturados en color amarillo, en las laberínticas calles. El pene flácido de su amante, lo sentía en la abertura entre sus nalgas. El pecho inflado era caliente, repelía el aliento del aire acondicionado. Posó su frágil mano en los brazos de su amado, acomodó la cabeza en la almohada de piel y durmió, segura que despertaría a su lado.
No quería regresar a casa. Además de la distancia que debía recorrer, no quería dormir con el hombre que no amaba. Llegó, deambulando por ahí, hacia la entrada arqueada de un parque. El aspecto gótico de la reja, era llamativo. Incluso las gárgolas, con las fauces abiertas de par en par, como si una lanza les hubiera atravesado el recto, eran preciosas; estaban echas con esmero y podía percibirse el esfuerzo del artista. Entró en el parque, que estaba oscuras por el apagón, caminó por el sendero de granito. Gracias a la débil sonrisa blanca que nadaba en el ponto celeste, había un poco de iluminación; aunque las sombras eran dueñas de los rincones más apartados. Los fresnos agitaban sus tortuosas extremidades; en consecuencia, las hojas se agitaban y el follaje producía un susurro. La corriente revoloteaba los cabellos de Verónica, incluso se llevaba sus lágrimas. Imaginarse una vida sin Jonast, era imposible.
Se sentó en un banco, como si un puñetazo la hubiera abatido. Un golpe fulminante hizo gritar su alma. El pecho comprimido, el estómago vacío, ya que no había almorzado, lengua seca y la sensación de pérdida, temía que el futuro incontrolable fuera la muerte de Jonast. Pero el no podía morir sin antes llevarla al altar, pues él prometió hacerlo. No podía ser su esposo, pero, al menos, podía ser su padrino de bodas. Todos sabían que Jonast era amante de Verónica, pero los demás se quedaban callados. El silencio de los allegados que conforman su círculo social, era por la cruel verdad que yacía en el corazón de Verónica: ella amaba a Jonast más que a nadie en el mundo.
La decisión de casarse por dinero con un hombre, fue desaprobada por sus amistades. Clara y James, la primera era amiga íntima de Verónica, no esperaban el dramático desenlace de Verónica y Jonast. Incluso la madre de Verónica no consentía la decisión. No obstante, ella estaba cansada de la relación inestable con Jonast. Él era un hombre que no tenía visión, estancado en el presente. Pensaba en el libertinaje de su alma, aunque era cien por cien fiel a su amada. A pesar de la separación por el bienestar emocional de ambos, Verónica planificaba encuentros sexuales con Jonast y esos encuentros sexuales, se convertían en largos paseos, conversaciones sobre sus sueños bajo la vista de las estrellas, juegos en el parque y salones recreativos, salir de compras, beber en un bar, practicar deporte y entre otras actividades. Muchos sabían el secreto, pero no intervenían, dado que alteraría la felicidad de Verónica.
Verónica era una mujer conocida por la capital. Cabe destacar que el gobierno reconocía el valor de una ciudadana como ella. El altruismo la conllevó a ser aclamada por los estratos sociales bajos. Desde que se mudó del campo a la ciudad, cuando era niña, Verónica colaboraba en ferias, cuidados intensivos de ancianos, educación para niños con discapacidades, recuperación de espacios verdes y adopción de mascotas en situación de calle. Su liderazgo nato desde una temprana edad, la ayudó a fundar distintas organizaciones, dedicadas a salvar el género humano de la miseria y aliviar el dolor de los animales domésticos que carecían de hogar. Por la labor intensa de Verónica, aún cuando cursaba ingeniería aeronáutica en academia de aviación, niños abandonados tenían un techo donde dormir y escaseaban los perros, como los gatos, callejeros. Aunque los gatos eran más libres. Nadie quería destruir el triángulo amoroso en el que estaba involucrado Verónica, pues consideraban que ella no merecía ser infeliz, dado que la felicidad la buscaba ella misma y no ellos, que eran ajenos a los sentimientos de ella.
Respiró entrecortada, le faltaba el aire, su cabeza daba vueltas, pero se levanto. El peso de haber herido a su amante, hizo considerar su decisión. El dinero era más importante y Jonast no había cambiado. Durante los encuentro, pese a los felices momentos, también discutían a menudo. La guerra parecía ser interminable, como si estuvieran destinos a trocar el amor al odio, aunque ambas son formas de querer a alguien. La mayoría de las ocasiones, las discusiones se desataban porqué Jonast dilapidaba el sueldo en alcohol. Verónica no adoraba un hombre borracho, pero sí lo cuidaba como si fuera su hijo pequeño y, a veces, se emborrachaba ella misma para comprender el agujero de Jonast. Pero, un día, cuando reflexionó mejor sobre las actitudes de Jonast, comprendió que su alcoholismo empeoró cuando ella decidió dejarlo. Verónica lloraba por una culpa que no debía sentir, dado que el hundimiento de cada ser humano, se debe a una decisión propia.
Se acercó a un arce que, alto, se alzaba detrás de una valla metálica. Saltó la valla y se sentó cerca de las raíces que sobresalían de la tierra. Se abrazó a sí misma, obcecada por la tormenta en su interior. Confusa por sus acciones, no le quedaba más remedio que sucumbir a sus más sinceros sentimientos: amaba ese hombre, por más que discutieran. Aceptó que sus discusiones terminaban en sexo apasionado y, al día siguiente, volvían a recobrar la felicidad en sus semblantes contristados. Quiso sentir los dedos en sus pezones prietos. Los labios de su amante chupaban, como un recién nacido, el pezón izquierdo, el favorito de Jonast porque podía sentir los latidos de ella. La penetración resultaba reconfortante, como si se hubiera inyectado morfina o experimentara los efectos de la m*******a. Estimulante era el sexo con Jonast, despejaba la nube negra del desastre que estaría por cernirse en su vida. Los rayos del alba se propagaban por la alfombra de la alcoba, dado que amanecía despacio. Olía el sudor mezclado, el sudor animal, pero le gustaba ese aroma. Se acurrucaba con él, como si no quisiera levantarse nunca.
¿Por qué el ser humano es tan complicado?
El torpedo salió del orificio de un submarino abyecto que frecuentaba los mares de sus sueños. La detonación fue el sinónimo de la campana de la catedral. Entonces, ella respingó, se había quedado dormida. Había una fuente en el parque, donde un ángel con las alas extendidas, era el centro de la magnificencia de agua. Funcionaba, aunque no había electricidad. De hecho, la fuente contenía luces azules, pero estas luces provenían de cristales de energía. La fuente fue hecha por un artesano de las tierra de Lianca, país en el que sus artesanos son peritos en la creación de cristales ilusorios. El rostro del ángel era iluminado por los cristales, a duras penas se podía definir su expresión circunspecta y los ojos que parecían pelotas de tenis de mesa. Ella caminó hacia el ángel y observó los chorros de agua, que trazaban un arco suspendido en el aire.
La montañas del norte, se respiraba el aire fresco durante la subida. Verónica y Jonast habían decidió escalarla para apreciar la capital desde el precipicio más alto. Ambos, como un equipo sincronizado por el afecto mutuo, se ayudaron. No había discusiones, nadie juzgaba a nadie, solo pretendían subir la montaña y admirar la ciudad. Una que otras criatura aparecía y combatían. La combinación de Jonast y Verónica, era espectacular. Como magos, sincronizaban su frecuencia y dado al amor que los unía, realizaban conjuros inolvidables. Luchaban contra serpientes de ocho metros de altura, arañas eléctricas, cangrejos de río con cabeza de panteras, quimeras, harpías de cuatro alas y picos de kiwi. Una vez que las batallas finalizaban, con la irremediable victoria de ambos, continuaban el avance.
Al llegar al precipicio más alto, admiraron la ciudad desde una altura que asustaría a cualquiera. Ellos no temían, ya que si uno se caía, el otro estaría allí para salvarlo. A continuación, extendieron una manta e hicieron el amor mientras el atardecer se convertía en anochecer. Jonast y Verónica montaron la tienda de campaña. Escuchando la sinfonía de las cigarras, durmieron abrazos. Amaneció al día siguiente, despertaron a tiempo para dirigirse hacia el este de la montaña, de manera que apreciaron la salida del astro de Dios.