Trazaba líneas sinuosas sobre el lienzo. La anatomía de un ave cobraba vida. Sus manos, peritas en el manejo de la herramienta, construían un sueño. El ave era un canario multicolor. Volaba a través de los valles durante el crepúsculo. Una cascada de fondo en medio de los valles, si la mirabas por un rato llegaba el sonido de sus torrentes al oído.
—Se parece a Los Valles de Armedia —dijo su hermana, recostada en la jamba de la puerta.
—El espíritu de la libertad, encerrado en el cuadro. Contradictorio, ¿no crees? —Continuó pintando.
—La libertad dependerá de quien la viva. La verdad es que no existe.
—Es subjetiva. Entendemos por libertad otra cosa que no sea sentirnos oprimidos. Imagínate, Janette —se detuvo y miró hacia la ventana—, no podemos ser libres de las emociones. Quienes viven sin ataduras, son los animales. Aunque nosotros seamos animales, creamos cadenas que nos esclavizan a nuestra racionalidad. El mundo es así.
—¿Traigo una taza de té? —preguntó.
—¿Sigues molesta? —inquirió Jonast.
—No. Mientras estés aquí, con tus pinceles, no me molestaré.
—Libertad, hermana…
—Cállate, por favor.
Janette preparó dos buenas tazas de té. Además, sirvió unas tostadas con miel. Subió, por las escaleras, con la bandeja. Tenía una falda corta, que dejaba mostrar sus esbeltos muslos, y vestía una playera que Julián le había regalado. La moda empezaba a ser más suelta y menos conservadora.
—Gracias, Janette. —Tomó la taza y se sentó en el taburete. Probó el té—. Perfecto.
—En la academia nadie te tratará así —lo dijo con tono de reproche.
—No empieces —dijo Jonast, abatido.
—Quiero entender.
—¿Cómo puedes entender la decisión de alguien si no estás dentro de él? Por más que te lo explique, no vas a comprender. Vivirás molesta conmigo el resto de tu vida.
Ella tomó asiento en una silla de madera que estaba frente un escritorio. La lámpara de lava era llamativa. Janette la contempló en silencio, como si estuviera abstraída. La tarde hacía presencia en la habitación y en el manto celestial. Graznaban las aves en manada y el número de coches se reducía en la ciudad. Una carroza pasó cerca. Oyeron los cascos de los caballos, pisaban el adoquinado.
—La tensión entre Calvior y Bianca aumenta. Julián está preocupado —dijo Janette.
—¿Por qué? Él es un periodista de la televisión nacional. Vive cómodo en la capital. Tendrá una hija y seremos tíos. ¿Qué tanto puede preocuparlo?
—El problema es su profesión y la mía.
—No entiendo tus palabras, explícate. Además, hablas con la información de acá para allá. Organízate, mujer.
Apretó los labios y se acomodó en la silla. Sorbió té y comió un pedazo de tostada. Hizo un gesto para que Jonast probara. Haciendo caso omiso, el hermano menor tomó la tostada y dio una mordida.
—Corresponsal de guerra —soltó Janette sin mirar a su hermano.
El silencio de ambos se prolongó como si dibujaran una línea invisible que determinara el mutis. Jonast carraspeó, pero su hermana parecía obnubilada en sus propios pensamientos.
La carta había llegado a la oficina de Julián. La junta directiva del canal siete, decidió que él era el indicado para cubrir la guerra Celis-Calvior en Arcorian del este. No puso peros ni quejas. Simplemente salió del edificio con la mirada desvaída, como si hubieran disparado a su corazón y estuviera punto de fallecer.
Inmensos, los edificios miraba a Julián o él los miraba a ellos. Era un duelo de miradas sin sentido. Llamó a un compañero de copas, necesitaba beber para librarse de la carga que habían lanzado a sus hombros.
Janette se enteró primero, ya que pertenecía al gremio de periodistas. Ella había destacado en los último dos años y sin graduarse ya era m*****o oficial. «Iré a casa y transmitiré la noticia a nuestros padres. No digas nada. Por favor, tampoco se lo cuentes a Jonast», dijo él. Desde la distancia, Janette sentía que su hermano estaba devastado.
Al día siguiente, su mujer le preparó una sopa para que pasara la resaca. Besó la barriga donde evolucionaba su futura hija. «Quizás sea la última vez que nos veamos, Clarisa». Luego de descansar durante la mañana, se preparó para hacer los preparativos del viaje a Zie-tse. Llamó a su chofer de confianza, besó a su mujer y, una vez más, a su futura hija. Vestía con saco y corbata, como si fuera un ejecutivo. Aunque, más bien, él era una figura pública.
La hermana mayor seguía en silencio. En la sala alguien había encendido la televisión. «No le digas a Jonast que iré a cubrir las noticias en Arcorian. Él debe cumplir sus sueños. Servirá a la nación como tú y yo serviremos a nuestro país. Daremos la vida por nuestras metas, ya que, al fin y al cabo, somos seres humanos. Nada se detendrá si algo nos pasa», dijo Julián al hablar con Janette en privado. «Pero mi mundo sí se detendrá si tú mueres, y si Jonast se va a jugar a la guerra…», replicó Janette, molesta.
—¿Qué tienes? Estás muy callada —dijo Jonast.
El tictac del reloj de pared obstinaba a Janette.
—Quisiera que pudieras entender el peligro al que estamos sometidos. Tú deberás quedarte para cuidar a nuestros padres —sentenció Janette sin ver a su hermano.
—Julián me apoya y mis padres también. Lo siento.
—Te quedan tres años para decidir. En esos tres años, es probable que muchas cosas ocurran —dijo con la garganta seca. Sorbió té, pero el líquido se le hizo espeso y amargo.
—Me odiarás, pero es mi decisión. El arte no es mi camino. James y yo estamos entrenando para las pruebas físicas. También nos ejercita…
—¡Cállate! —espetó y se levantó furiosa. La mano cerrada en un puño, temblaba.
Jonast no había visto una mirada tan desolada y triste. Pareciera que su hermana estaba a punto de quebrarse. Pasos en la escalera se acercaban, pero se detuvieron a mitad de los escalones.
—¿Qué ocurre? —preguntó Julián desde la escalera.
Ella salió de la habitación, abrazó a su hermano mayor y lloró en el hombro de él. Los padres se asomaron en el piso de abajo. Jonast sacó la cabeza, como un avestruz, desde la puerta, vio a su hermana sollozar. Agachó la cabeza, Julián hizo un gesto para que Jonast regresara a pintar. Y así lo hizo el muchacho. Entonces tomó el pincel y prosiguió con la pintura del canario.
Acostado en la cama, Jonast leía la revista que su hermano había traído de la imprenta. Era una revista inédita. Había información sobre el futuro F-16 que construían en el continente Traint. El gobierno negoció con el continente para actualizar las naves. El F-14 era exitoso en vuelo y combate. Celis había probado los ataques furtivos de los F-117, aviones invisibles a los radares. Calvior había retrocedido, ya que el dominio aéreo de Celis era temible. Sin embargo, no era tan eficaz para hacer retroceder a Calvior hasta la capital. Los calvarian resistían como podían, se mantenían en el nido de Arcorian del este mientras en el oeste avanzaban las tropas celistianas. Jonast absorbía la información de la revista como si fuera una esponja. Su cabeza se llenaba de ilusiones. Quería volar un F-14 o un F-117, pero en su corazón no estaba la intención de defender una nación. Tragó saliva al pensar en las consecuencias de pertenecer al cuerpo de la aviación. Pero era la única forma de ser piloto en aquella época, ya que los vuelos comerciales no existían todavía.
—¿Estás despierto? —preguntó Julián desde la puerta.
—Si ves la lámpara encendida, pues claro que estoy despierto. —Bajó la revista hacia sus piernas.
—¿Enserio? —Entró con la sonrisa encantadora—. Cuando eras pequeño, tenías miedo a los monstruos del armario. —Cruzó los brazos y se sentó en el taburete, frente a la cama de Jonast—. Janette te metía en la cabeza cosas que no existían.
—Siempre lo ha hecho. Ahora quiere que sea algo que no está en mí. —Se sentó en el borde de la cama. Suspiró.
—No tienes mala mano —admitió Julián al admirar el cuadro que hizo Jonast—. Tú, de nosotros dos, has sido el más talentoso. Yo nunca hubiera podido pintar como tú.
—Yo ni tengo tu sonrisa y encanto. Tampoco el don de nuestra hermana con la fotografía —se sinceró Jonast.
—Tienes algo más que te diferencia de nosotros… algo más que vale mucho.
—¿Qué?
Julián pensó sus palabras antes de decirlas. Miró a Jonast. Un búho ululaba en el techo. Las cortinas de la luna se desplazaban. El mortecino velo argentado lamió la celosía de la ventana. La bombilla amarilla, tenue, de la lámpara, iluminaba el rostro de los hermanos.
—Valentía —dijo Julián y sus rostro adquirió un semblante circunspecto.
—La guerra no es lo mío…
—Pronto lo será, Jonast. No eres un gran mago, tampoco el mejor luchador, pero sé que naciste para volar. La nación te recordará como el mejor aviador que hayamos tenido. A diferencia de Janette y yo, seremos olvidados. Un gran militar no es fácil de reemplazar. En cambio, un periodista con una sonrisa bonita lo consigues a la vuelta de la esquina. También puedes hallar fotógrafos como Janette en el gremio.
»Algunos, para surgir, necesitan que se quite otro. Muchos aspiran mi retirada para sentarse en mi puesto. Hasta ahora, es un deseo que no les he permitido. A ti nadie podrá quitarte.
—Nadie me podrá quitar, pero sí olvidar. El olvido es inevitable en todos los casos. Seré un nombre en una lápida. Los caídos no son tomados en cuenta.
—Eso dices tú que no has estado en Celis.
Julián había viajado a Celis cuando la guerra tenía, apenas, tres años. Fue hacia la casa de la reina Drisna para realizar una entrevista exclusiva. Ella se encontraba aislada en El Bosque de las Sombras. La oportunidad lo ayudó a conocer la beldad de las tierras celistianas. Era una lástima que Arcorian del oeste estuviera bajo asedio. No imaginó una guerra en un lugar tan hermoso como Los Valles de Armedia. Visitó Nustredam, la capital. Era una ciudad moderna que conservaba el estilo artístico del renacimiento en algunas de sus arquitecturas. El presente y pasado convergían allí. Probó los mejores panes del continente y, quizás, del mundo.
En Celis había un cementerio exclusivo para los soldados caídos en combate. Cada uno tenía una lápida decorada y pintada por sus familiares. Era tradición colocar inciensos, rezar por sus espíritus y organizar un pequeño homenaje militar el día de sus cumpleaños. No todos los cuerpos regresaban a su tierra, así que el cementerio no era grande, aunque habían muerto millones en el frente de Arcorian.
—Tal vez tengas razón —dijo Jonast, dado que no podía debatir con su hermano.
—Mañana saldremos a comer una pizza en Cactus pizza. Espero estés allí conmigo, puede ser la última vez que me veas.
—¿De qué hablas? Siempre te veré en el canal siete.
Julián se levantó y abrazó a su hermano. El hermano menor no había sentido un abrazo tan afectivo en su vida.
—Te quiero, hermanito —dijo Julián y revolvió el cabello rizado de su hermano menor—. Comeremos como nunca.
—¿De qué hablas? —repitió, asustado.
—Nunca sabemos cuando será la última vez que nos veamos. Ya sabes, puede estallar la guerra mañana y un bombardero nos mata.
—¡Me asustaste! ¡Ja! Creí que enserio decías que algo malo te iba a ocurrir. Vamos, hermano, solo haces especulaciones. Aquí no llegará ningún bombardero.
—¡Ja, ja, ja! No puedo engañarte, hermano, soy mal actor —mintió Julián, pues él sí que era un buen actor—. Tú estuviste en clases de teatro, no puedo superarte.
—¡Tonto! —exclamó, Jonast aliviado.
Una semana después de la partida de Julián, Jonast le preguntó a Janette, con lágrimas en los ojos: «¿Por qué Julián ya no aparece en el canal siete? ¿Por qué nadie contesta en su residencia? ¿Por qué me ocultan la verdad? ¡¿Qué ocurrió con él?!». Janette, destruida, respondió: «La guerra se lo llevó».
Julián murió en Arcorian del este, pisado por la oruga de un tanque enemigo. Dejó una hija llamada Clarisa. Su mujer huyó a Celis en pos de refugio. Los reyes celistianos dieron alojo a la biancana y su hija.
La noticia de la muerte de Julián, llegó a oídos de Jonast cuando aprobó los exámenes de ingreso de la academia militar. La alegría de haber aprobado, fue mitigada por el luto. La última vez que habló con su hermana Janette, fue para recibir la noticia.