Capítulo 19

2621 Words
James ordenaba su maleta. No habían tantas cosas adentro. Alguna que otra camisa, pantalón, cepillo dental y pasta dentífrica. Kioto era una preadolescente. Sentada en la cama, veía a su hermano. —¿Cuándo te vas? —preguntó Kioto, jugando con los volados de su falda. —Dentro de una semana —respondió James, revisando un viejo cuaderno de notas. Cuando terminó de pasar sus páginas, y confirmar que no había nada relevante, lo lanzó a una esquina—. Ya no hay nada importante que guardar. —¿Tú crees? —inquirió Kioto, nerviosa. —Estoy seguro, no hay nada. Mira. —Enseñó la maleta a Kioto. Ella miró el batiburrillo—. Lo mínimo indispensable está aquí dentro. En la academia me darán el uniforme. No usaré ropa casual. Quizás la use en los días de asueto. Aunque, vista la circunstancia con Calvior, no creo que tengamos tantos días libres. Kioto asintió, no dijo nada más. James notó la actitud de su hermana. —Normalmente estás diciéndome algo tonto por el estilo. ¿Por qué estás callada? ¿No te alegra tener la casa para ti sola? Ella no contestó, bajó la mirada y sus dedos jugaban, ahora, con la punta del cubrecama. Acariciaba la tela, movía el índice de izquierda a derecha, con tranquilidad. La futura adolescente tenía la piel cetrina, cejas finas, nariz delgada y ojos revestidas de soledad. Sus labios nunca habían tocado un labial. Amaba las faldas, sean cortas o largas. Ese día usaba una falda corta que combinada con la camisa beige. A medida que crecía, molestaba a James. No había día que ella insultara a su hermano mayor. «Vaya idiota», decía al verlo por el pasillo del segundo piso. Una vez, James había derramado el cartón de leche en el suelo. Kioto desternilló y se burló de él todo el santo día. Cansado de las burlas, James gritó a su hermana. Ella también gritó. Ambos discutieron a tal punto que sus padres tuvieron que intervenir. Cuando Esmeralda se había ido, James se sentía fatal, como si una parte de él hubiera sido arrancada y vendida en el mercado n***o. Kioto descubrió el malestar de su hermano. «¡Eres feo y no tienes futuro!», repetía en constantes ocasiones. James se había acostumbrado al odio irracional de su hermana menor. Era habitual que ella frunciera el ceño al verlo o que escupiera a sus zapatos favoritos. Desde que Kioto nació, manifestó rechazo hacia su hermano. Pero Kioto amaba a su hermano. Esos sentimientos los descubrió ella cuando él preparaba la maleta. Por un momento, Kioto recordó el abrazo del pasado. Quiso que su hermano volviera abrazarla del mismo modo. —¿Te quedarás callada? —preguntó James, pues esperaba la respuesta de su hermana. Las mariposas libaban el néctar de las flores del jardín. Un coche pasó y saludó a unos viandantes que estaban de paso en la acera. El saludo del hombre se convirtió en el eco que llegó a la alcoba de James. Dos mochuelos de tierra escarbaban el mejor sitio para establecer su guarida. El mundo se movía afuera, pero el corazón de Kioto estaba quieto, sin latir. No es que estuviera muerta, sino que él se iba y ella se quedaba. «¿Y si le pasa algo?», se preguntó a sí misma. —Prometo regresar en las vacaciones. Si tenemos, claro —comentó James. Con una hoja blanca y un bolígrafo, hizo inventario de las cosas que habían en la maleta. Era un total de catorce pertenencias. Kioto seguía callada. —¿Por qué no vas a ver la televisión? —preguntó James, concentrado en el inventario. «¿Para ver noticias sobre la futura guerra? No gracias», pensó Kioto. «Quiero estar aquí, contigo y en silencio». La televisión estaba plagada de propaganda política, ya que se acercaban las elecciones. Además, el tema de la guerra salía a cada rato en el espacio publicitario. Movió las piernas, adelante y atrás, las balanceaba. A veces chocaba el talón en la madera de la cama. El colchón era suave y las almohadas contenían plumas reales. Se escuchó el tañido de una campana. Era la campana de un viejo monasterio que había sido reactivado cuando Calvior amenazó a Lianca con romper el tratado Wildsea. Bianca estaba en tensión y estrés. Los habitantes de Yhanbidia migraban a la capital. Urman había quedado casi deshabitada. Pocos ciudadanos quedaban cerca de la frontera con Arcorian del este. El dominio aéreo de Celis no duró mucho. Calvior tomó represalias contra la nación azulejo. La mitad de Arcorian les pertenecía y estaban avanzando hacia el oeste. Dado a la riqueza del centro de Arcorian, el gobierno de El Líder obtuvo un incremento considerable en el presupuesto de la nación. Calvior gozaba de estabilidad, a pesar del inmenso gasto que suponía mantener la guerra en el flanco oeste. —Hermana, no me verás durante mucho tiempo —dijo James, limpiando las botas de cuero n***o antes de guardarlas en la maleta—. Esta semana, si quieres, podemos salir juntos. —¿Y Jonast? —Se sonrojó al mencionar el nombre de su amor platónico. —Él entenderá. Además, necesita tiempo a solas —Suspiró, como si estuviera cansado de algo—. No creo que Jonast esté de buen humor. La noticia de la muerte de su hermano afectó sus emociones. —Julián, el presentador del canal siete —repuso Kioto. —Su familia quería mantener el secreto de la muerte de Julián, pero Janette usó la muerte de su hermano mayor para convencer a Jonast de retirarse de la academia. —¿Funcionó? —No. La cura no funcionó y la enfermedad, que considera Janette que tiene su hermano menor, empeoró. De manera que va ir conmigo a la academia. Guardó las botas en la maleta. Puso los brazos en jarra. —Terminé —declaró James—. ¿Sabes? Es primera vez que hablo contigo y no me insultas. Estás muy rara hoy, hermana. —No tengo ganas de insultarte. —¿Por qué? —Arqueó una ceja—. Desde que naciste, siento que me odias. —No te odio. —¿Por qué tanto rechazo? Soy tu hermano. Silencio. —Por una vez, puedes sincerarte. —Quiero salir contigo, hermano. Eso es lo único que puedo decirte. James no esperaba la respuesta de su hermana. Creía que rechazaría la invitación. —¿Adónde quieres ir? —preguntó con sorpresa. —Cualquier sitio que te haga feliz —respondió Kioto con la sombra de una sonrisa sin terminar. —¿A mí? Mejor sería un sitio que nos hiciera feliz a ambos. El sueño de Kioto era ser bailarina. A la niña le gustaba ir al teatro. Sus padres no la llevaban por tener poco tiempo. James decidió ir al teatro durante una semana entera. Criticaban las obras. Hermana y hermano pasaban horas sentados en la mesa del comedor, discutiendo sobre la técnica de las muchachas que hacían vida a la interpretación de las obras presentadas. Kioto era feliz y James también. No solo salían al teatro. Después de las presentaciones, acudían a la biblioteca. Kioto era amante de las novelas. Su meta era ser escritora. Debido que James trabajó con su padre en el pasado, tenía una pequeña fortuna ahorrada. Ya que Esmeralda no estaba, dilapidó sus ahorros en comprar libros a su hermana menor. De manera que después de la biblioteca, iban a la librería para comprar libros. Kioto también hacía origami. Hizo una flor de loto para su hermano, una semana antes que él preparara la maleta. El regalo estaba en la habitación de ella. «¿No se te olvida algo?», preguntaba cada noche, antes de dormir. «No», y mostraba el inventario para luego añadir: «Todo está aquí, anotado y verificado». James no sospechaba de las intenciones de su hermana. El domingo, plácido y sereno, cayó en el calendario cotidiano como una bola de hierro. Llegó un telegrama a la casa Anford. Jonast informaba que estaba listo para partir el día siguiente. James salía del baño. Los vapores del agua caliente manaban como si fuera la boca humeante de un dragón. Secaba su cabello a consciencia con una toalla de algodón. Del torso para abajo, estaba cubierto con una toalla más larga. Parecía una falda larga a ojos vistas de Kioto, que esperaba en la cocina con el telegrama en la mano. —¡Telegrama para James! —gritó Kioto. —¡¿Quién es?! —¡Tu cuñado! —respondió y siguió una risita nerviosa. James, adusto, asomó la cabeza por el borde de la puerta corredera de la cocina. —¿Piensas en casarte a esta edad? —Con Jonast, sí —aseguró Kioto, lacónica. Él se acercó y arrancó la hojita que tenía Kioto en la mano. Ella seguía riéndose. —Muy graciosa. Piensa en tus estudios, sueños y metas en lugar de dedicar tu mente a hombres —agregó James. —¿Y qué te importa si pienso en hombres? Tarde o temprano me tendré que casar. La mayoría de las personas en algún momento nos casamos. Así que no debería preocuparte. —¡Eres una niña, por dios! —exclamó James. —Una niña con visión en el futuro. —Se dio unos toquecitos en la sien. —¡Ve a tu habitación! —¿Quién eres para mandarte? ¡Pufff! —Golpeó con el hombro el brazo de James y salió de la cocina. Horas más tarde, James acordó reunirse con Jonast en la plaza de la ciudad. Ambos eran hombres de dieciocho años. Jóvenes con a duras penas experiencia en la vida. La zarpa de la guerra estaba a punto de rasgar la tranquilidad de Bianca. Sabían lo que ocurriría si la guerra estallara de verdad. «Va a estallar, queramos o no», pensó James. «El mundo se viene abajo… Nuestro mundo», caviló Jonast. Acordaron verse en la fuente. Eran las tres de la tarde. Habían pocas personas que caminaban a esa hora. El sol aún no mostraba signos de debilidad. Límpido era el cielo azulado. Las hojas de los fresno caían, dado que era la temporada del renacimiento. James miró las hojas descender hacia el suelo. «El árbol muda de hojas. Nosotros mudamos de personalidad. Las hojas crecen en las ramas desnudas. Nosotros adornamos las ramificaciones del alma», reflexionó James. Se sentó en un banco con las manos en el regazo. El vuelo del P51 en el valle de los prados Osmoe. ¿Quién verá su vuelo cuando alcance el cielo? Su familia se quedará atrás, en tierra. No habrá nadie más que él mismo y su consciencia. La soledad del espacio reflejará su alma. «Allí no hay nadie, solo nubes y frío, mucho frío. Cuando llegue la noche, las estrellas serán mis compañeras. Ellas, quizás, me orienten en la oscuridad». Por un lado quería cumplir sus sueños de volar y por otro deseaba quedarse con su familia. «La sociedad nos pondrá a prueba. ¿No es la sociedad todo lo que componga el ser humano?». Imaginó los bombarderos. «Ellos arrasan con todo y nosotros debemos despegar para defender un país. Un sueño puede convertirse en una pesadilla». Una mano palpó el hombro de James. La sonrisa funesta de Jonast se veía a contraluz del sol. James entornó los ojos, pues no sabía si veía una ilusión. Entonces, sin decir palabras, Jonast se sentó a su lado. Ambos tenían chaquetas de cuero n***o, jean y zapatos de cuero marrón. —¿Cómo está tu hermana? —preguntó James. —Vale mierda mi hermana —respondió con desdén. Las aves cantaban en los árboles. La hojarasca bailoteaba cerca de la fuente. Una que otra hoja, lograba salvar la barrera de la fuente y flotaba en el agua, serena, como si nada pudiera perturbar su calma. Débiles ondas se esparcían por la claridad del agua y movían a sus compañeras. Los chorros eran expelidos de las fauces del tigre. Jonast observaba todo esto. —No deberías hablar así de ella. —Casi te la follas, por eso la apoyas —susurró Jonast. James se sintió agredido por las palabras de Jonast, pero no eran falsas. Así que guardó silencio. De todas maneras, su mejor amigo pasaba por la pérdida de su hermano mayor, quien era el favorito de la familia. —Ya no sé que es correcto u incorrecto. Tengo entendido que seguimos un guion. El porvenir está lleno de probabilidades que tratar de acertar una, es difícil. El futuro, de hecho, es una quimera. Vaticinamos, mas no construimos la verdad —dijo Jonast y cruzó los brazos. James miraba el cielo—. Mi hermano falleció y todos ocultaron la muerte de él. Fui el último en saberlo por boca de Janette. James se acomodó en el banco de metal. Observó las rendijas. Una paloma caminaba debajo de ellas. «Inconscientes de la muerte», pensó James. —Ella me odia —continuó Jonast—. Irónico que tu hermana mayor te considere un traidor. Pero fui un traidor a sus deseos. Yo no quería ser artista. Me gusta el arte, dibujar y pintar está en mis manos, pero quiero volar. Mi sueño está en el cielo, no en el lienzo —Llevé a Kioto al teatro, a la biblioteca y al parque toda esta semana. Una niña que creí me odiaba, me amaba en el fondo. —Tener hermanas es complicado —sentenció Jonast—. Mañana comienza. —¿Qué comienza? —James estaba desconcertado, era como si luchara entre la fantasía y la realidad. —Nuestro destino. —Tomó una piedra y la lanzó a la fuente. El chapoteo salpicó la pata del tigre. —Huir no es una opción. —Pronto iniciará la guerra. Lianca cesó operaciones comerciales con Calvior y considera la nación del Fénix como una amenaza para el continente. El presidente apoyó la consideración del país vecino. Por tanto, Calvior está planteando romper el tratado Wildsea. La paz duró demasiados años, era raro que no estuviéramos en guerra durante tres siglos. —Odio vivir gobernado. —Las limitaciones territoriales, la identificación nacional y toda la basura que nos convierte en corderos, otorga ciertas ventajas. Pero el país es una granja con una cerca que si se ve amenazada, deberían salir los propietarios a defenderla. En este caso, los dueños se quedan en sus hogares y nosotros salimos a defender la granja. Corderos con fusiles que disparan a lobos. ¿Puedes creerlo? James emitió un bufido. Sacudió el polvo que se acumulaba en sus zapatos. Una pareja se besaba en un banco diagonal a ellos. Esmeralda no se había despedido de James. Se marchó sin decir: «Adiós». Él había acudido a ver el auto en donde ella viajaría hacia el futuro feliz. James, con las manos en los bolsillos y lágrimas anegadas, atisbó el coche en la distancia. Su corazón estaba roto. Desde ese instante, prometió que, en el futuro, daría lo mejor de sí mismo, para dar lo mejor a alguien que mereciera un futuro feliz con él. Como sabemos, cumplió su promesa con Sol y Clara. Tragó saliva y carraspeó. Jonast seguía obnubilado con la fuente del tigre. James dio un codazo a su amigo. —Vamos por unas birras, yo invi… Diablos, gasté los ahorros con Kioto. —Yo tengo dinero, no te preocupes. A mí también me hace falta. Fueron a un bar-restaurant y pidieron unas cervezas. Comenzaron a beber. Paulatinamente la conversación se animaba. Así, las neuronas se quemaban por el alcohol. Tuvieron suerte, porque al llegar al punto de ebriedad en el que no recuerdas nada al día siguiente, no escucharon la noticia: Calvior rompió el tratado Wildsea y declaró la guerra a Lianca.
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