En aquel estacionamiento, por un momento, solo se escuchaban los sonidos de la naturaleza alrededor de Amelia y Owen. El movimiento de las hojas de los árboles rozando entre sí por el suave viento, el cantar de algunas aves que revoloteaban de una rama a otra y la estridulación de los insectos en el césped lejano daban la impresión de que conformaban una llana melodía de fondo ante el silencio de los dos. Amelia reprimía su sollozo increíble con la palma de su mano, lo que lo hacía mudo, sentía que se convertiría en un llanto estruendoso si la quitaba de su boca. Estaba realmente conmovida. Mientras que Owen aguardaba sin presionarla, en cambio, la llevó dulcemente hasta su pecho y acarició su sedoso cabello esperando pacientemente que ella sosegara su impresión. Durante años, Owen la

