Amelia salió apresurada del consultorio médico, con su casco bajo su brazo y unas hojas de papel en su otra mano, sentía que contenía la respiración mientras caminaba cruzando el pasillo del piso en donde se hallaba una cantidad infinita de puertas de otros consultorios, o eso era lo que le parecía. Caminaba rápido, pasando por el frente de personas que esperaban sentadas a que fueran sus turnos y, en quienes no pasaba desapercibida su expresión de temor con una mezcla de desaliento. Finalmente salió, llegó hasta su motocicleta y subió sin titubeos, colocando el casco sobre su regazo. Luego apretó con fuerza sus ojos y colocó sus manos empuñadas sobre ellos, aun teniendo el papel en una de ellas y arrugándolo con ese movimiento. Deseaba gritar, de rabia, impotencia, dolor. Algunos días a

