Amelia pasó las manos por su larga cabellera para asegurarse de que no tuviera un caos en él, soltó una bocanada de aire para luego abrir la puerta del auto y bajar de éste a toda prisa. La prensa estaba alborotada e intentaban acorralarla para llenarla de un sinfín de preguntas, pero dos de los empleados más imponentes de su padre la acompañaban y le abrieron paso para que se desplazara con más libertad sin que se acercaran tanto; ella continuó con la mirada al frente sin emitir una sola palabra, ni detenerse tan siquiera a saludar, hasta que llegó a la entrada de la jefatura de policía. Tras ingresar, la admisión de cualquier otra persona fue limitada. Ella seguía manteniendo su imagen habitual, tan segura de sí, aunque su corazón se hubiera agrietado esa misma mañana. —¿En dónde está?

