Al salir del bazar de recuerdos, la encontraron. Fernanda estaba de pie, inmóvil como una estatua, dándoles la espalda frente a un muro de señalización. Parecía sumida en sus pensamientos, tan abstraída que ni siquiera notaba que ya no necesitaban esconderse.
Se encontraba en una encrucijada literal. Frente a ella, el muro mostraba dos flechas negras y gruesas que se bifurcaban en direcciones opuestas. A la izquierda, las palabras "MUJERES / WOMEN" señalaban un sendero. A cincuenta metros de distancia, en la dirección contraria, la flecha apuntaba hacia "HOMBRES / MEN". El destino, o la elección, pendía de un hilo.
Fernanda no se inmutaba. La gente fluía a su alrededor, dividiéndose obedientemente según su género. Ella permanecía estática, un punto de quietud en el flujo constante. Hasta que, con una determinación súbita, su pie izquierdo se elevó y avanzó en la dirección del baño de mujeres.
Es lógico, pensó Marcus, y se preparó para agarrar a Maya y pedirle el favor que traía en mente: que lo dejara hablar con Fernanda a solas.
Pero entonces, en un giro que le hizo contener la respiración, Fernanda detuvo su paso en seco. Dudó por una fracción de segundo que se sintió como una eternidad. Luego, con una resolución que pareció nacer de las profundidades de su ser, giró sobre sus talones y, con la cabeza en alto, comenzó a caminar con paso firme hacia la entrada del baño de hombres.
La incredulidad dejó a Marcus paralizado. El mundo pareció ralentizarse. Antes de que Maya, cuyo rostro ahora era una mueca de triunfo vindicativo, pudiera dar un paso para seguir a su presa hacia el baño masculino, el brazo de Marcus se interpuso como una barrera infranqueable frente a ella.
—Basta, Maya —dijo, y su voz no admitía discusión. La cacería había terminado.
—Tienes razón, te pido disculpas —concedió Marcus, agarrando a Maya del hombro con firmeza—. Ya no hay necesidad de hablar con ella. —Dicho esto, salió corriendo hacia los baños, una sola idea martilleándole el cerebro: Fernanda iba a entrar al baño de hombres. Era una locura, un desafío temerario que le secaba la garganta.
Al llegar a la entrada, vio a unos cuantos hombres entrar y salir. Contuvo la respiración, esperando encontrarla dudando afuera, pero solo escuchó, desde dentro, un crescendo de gritos y silbidos que lo hicieron entrar de un salto.
La escena que encontró le heló la sangre. A pocos pasos, entre las regaderas, un hombre mayor, de unos sesenta años y con un traje de baño raído, sujetaba del brazo a una aterrada Fernanda, intentando arrastrarla hacia la salida.
—¡Esta niña no debe estar aquí! —gritaba el hombre, señalándola con un dedo acusador.
La rabia fue un fogonazo ciego. Marcus se abalanzó con brusquedad, liberando a Fernanda de aquel agarre con un movimiento seco.
—No vuelva a tocarla —advirtió, con una voz tan baja y cargada que era más peligrosa que un grito. Su mirada era la de un lobo enseñando los colmillos. El hombre, intimidado, retrocedió y se alejó murmurando.
—Vamos, salgamos de aquí —le ordenó a Fernanda, tomándola de la mano entre los silbidos y comentarios soeces que llovían de todas direcciones.
—… Tengo que bañarme —protestó ella, arrancando su mano con fuerza—. ¡Me quedo! ¡Me tengo que bañar! —gritó, desafiante.
—¿Estás loca? —la incomprensión de Marcus era absoluta—. ¿No ves dónde estás? —Un “¡déjala que se quede!” anónimo surgió de entre las duchas—. Este lugar no es para ti.
—¿Es una trampa? —preguntó Fernanda, con una voz que de pronto se quebró en un hilo de timidez—. ¿Me quieres llevar al baño de mujeres para que Maya me grite?
—¿De qué hablas? —Marcus intentó disimular, pero un escalofrío lo recorrió al darse cuenta de que ella sabía que la habían seguido.
—Tal vez lo de “humillarla al usar el baño de mujeres” —recitó ella con amargura. La confusión de Marcus se transformó en alarma al ver cómo Fernanda resoplaba, con los ojos vidriosos, y daba media vuelta para perderse en el laberinto de duchas. Él la siguió, ignorando el coro de chiflidos y risas que celebraban la decisión de la chica.