La buena noticia del colchón extra, anunciada por Marcus, trajo calma al grupo. Inmediatamente comenzaron a organizarse para decidir quiénes compartirían cama.
Mientras en la habitación de las chicas llegaban a un acuerdo sin problemas, en la de los chicos la atmósfera era tensa. Marcus reía con nerviosismo por cualquier comentario, atribuyéndolo a lo cómicos que eran Gabriel y Martín. Fernanda tenía la decisión final, y Marcus no podía disimular su emoción cuando ella lo eligió a él.
—Martín —llamó Fernanda al chico, que estaba tumbado en una cama—. ¿Te importa si dormimos juntos?
El joven se incorporó de un salto y se acercó a su compañera con una sonrisa desvergonzada.
—Olvídalo —interrumpió Marcus, interponiéndose entre ellos—. Todos saben que Martín tiende a propasarse con las chicas. No quiero ni imaginar lo que podría hacer si pasa una noche entera contigo.
—Oye, eso es una ofensa —se defendió Martín, rodeando a Marcus para acercarse de nuevo a Fernanda—. Estás manchando mi buen nombre. Soy un caballero, jamás me pasaría de la raya. —Disimulaba una sonrisa mientras le tocaba el hombro.
—Bueno, entonces no hay problema —propuso Marcus, tomando a Fernanda del brazo y alejándola de Martín—. Fernanda dormirá conmigo y tú con Gabriel.
—¡Oigan, un momento! —intervino Gabriel—. Si quieren, yo me ofrezco a dormir con Fernanda y listo. —La arrebató de Marcus y la apretó contra su pecho.
—¡Claro! Y mañana Cecil te arrancará la cabeza cuando se entere de que dormiste con su amor —replicó Martín, tomando a la chica del brazo e intentando hacer lo mismo. La pobre Fernanda, ya mareada, se dejó caer en la cama.
—¡Ya basta! —la voz de Marcus cortó el aire, con una mirada fiera que heredó de su abuelo y su padre—. Fernanda no se quedará con Martín, el de las manos largas, ni con Gabriel, que tiene a su novia vigilándolo. Se queda conmigo, y se acabó. —Sin esperar réplica, Marcus consiguió lo que quería. Fernanda, con el rostro encendido, esbozó una ligera sonrisa que solo él notó.
Una vez organizados, el grupo se dirigió al comedor.
—Es momento de la cooperación para la comida —anunció Marcus, de pie junto a la mesa. Sus compañeros depositaron billetes de $100, formando un montón que él recogió—. Tenemos $2,500. La culpa es de lo cara que salió la cabaña.
—Para que sepan —dijo Ángela con su voz dulce—, Fernanda y yo trajimos carne para asar: bistecs, longaniza, costillas, y también cosas para sándwiches.
—¡Y yo! —intervino Sam, animada—. Traje frutas y verduras. —Gloria levantó con una sola mano la pesada bolsa de Sam, balanceándola para demostrar su fuerza.
—Las grandes mentes piensan igual —sonrió Marcus—. Yo traje botanas y refrescos.
—Nosotras también —añadió Alicia, desesperada por no parecer egoísta—. Bocadillos y botanas.
—Esperen —la voz de Martín sonó preocupada—. Nadie me dijo que había que traer comida.
—Cada quien aporta lo que puede —aclaró Gabriel—. Yo, por ejemplo, traje unas películas.
Marcus propuso hacer inventario. Sacó seis botellas de refresco de 3 litros y cinco bolsas grandes de frituras. Alicia aportó golosinas y tres bolsas más, pero titubeó al ver que en su mochila quedaban cosas de Maya. Al notarlo, Maya se acercó y, de un tirón, añadió otras dos bolsas de frituras y tres refrescos más.
—¿Alguien más trajo frituras o dulces? —preguntó Marcus. Nadie más aportó nada—. Bien, esto va a la alacena para ir picando. ¿Y para las comidas?
Ángela sacó toda la carne que había mencionado, junto con jamón y varios tipos de queso. Fernanda mostró tomates, aguacates, cebollas y pan de molde. Sam y Gloria exhibieron nopales, más aguacates y tomates, chiles, manzanas y naranjas.
—¿Querías más? —bromeó Ángela, ante la impresionante montaña de víveres.
—De acuerdo —concluyó Marcus—. La carne, frutas y verduras al refrigerador. La hielera es para los refrescos y para llevar comida al lago.
—¿Y lo de los sándwiches? —preguntó Sam en un susurro.
—Pensaba que podríamos desayunar ahora —propuso Marcus—. Son las 10:05 y el lago abre a las 10:30. A menos que alguien tenga una idea mejor. —Todos asintieron, con el estómago ya rugiendo.
—Un momento —Maya frunció el ceño—. ¿Y el dinero? ¿Qué pasa con él si ya tenemos comida?
—Si sobra, lo devolveré mañana —aclaró Marcus, conteniendo su desaprobación por la desconfianza de Maya—. Si falta, lo usaremos para comprar más.
Todos se pusieron manos a la obra con el desayuno. Sam ofreció hacer atole, y Marcus le pidió a Ángela que fuera a comprar la leche y el chocolate, ya que era la única que podía manejar. Mientras, los demás preparaban sándwiches. En veinte minutos, Sam sirvió la bebida caliente, que fue elogiada por todos por su sabor dulce y textura espesa. Aunque Sam, con humildad, restó méritos a su talento culinario, todos sabían de sus premios en concursos gastronómicos.
La conversación derivó en temas de la escuela, la tarea y los compañeros que no habían podido acompañarlos.
—Una lástima que los jefes de grupo no vinieran —comentó Alicia—. Sobre todo América, que era la organizadora.
—Ah, es cierto —dijo Gabriel—. ¿Por qué no vinieron?
—América me dijo que ella y Alán tenían clases particulares con la profesora Alía —explicó Alicia.
—Típico de cerebritos —criticó Martín, con la boca llena—. Prefieren estudiar que divertirse.
—Deberían ser como tú —bromeó Gloria—, pasar los exámenes por los pelos con un siete. —Todos se rieron, incluido Martín, que no tenía problema en reírse de sí mismo.
A las 11:00, Marcus sugirió que se prepararan para salir. Gloria y Gabriel se ofrecieron a limpiar, lo que provocó una leve queja de Cecil. Fernanda y Sam llenaron la hielera, y los demás empacaron sus mochilas.
A las 11:30, listos para partir, Marcus dio las últimas instrucciones en la puerta de la cabaña.
—Primero, vinimos a divertirnos. Confío en que somos lo suficientemente responsables para cuidarnos, pero somos un grupo. Si alguien se separa, que avise. Lo mismo para ir al baño o nadar. Cuidado con los extraños y, si hay algún problema, acudan a Ángela o a mí.
Abrió la puerta y se encaminaron hacia el lago. Salieron del área de cabañas y entraron de nuevo en el bosque. El camino, pavimentado con piedras, estaba flanqueado por arbustos de un metro que, aunque fáciles de saltar, servían como guía. El canto de los pájaros y el correteo de las ardillas acompañaban su marcha, junto a algún perro callejero husmeando en los botes de basura.
Al final del camino, una puerta de malla ciclónica oxidada los esperaba, parte de una barda de dos metros y medio que se perdía entre los árboles. Un vigilante alto y delgado, con chaleco reflejante, salió de una cabina y los detuvo.
—Diez adolescentes —contó, anotando en una libreta—. Júntense, por favor. —Tomó aire y recitó un texto memorizado—: El gobierno de Amalestlán les da la bienvenida a «Peces colibrí», el lago de los pozos hirvientes. Se les invita cordialmente a no entrar al lago si no saben nadar, ya que los pozos subterráneos están esparcidos por todas partes. —Hizo una pausa para respirar—. El lago está seccionado; está prohibido nadar en la zona de pesca con botes, delimitada por muelles amarillos unidos con sogas. Para mantener la higiene, deben bañarse antes y después de entrar. Por último, el ayuntamiento no se hace responsable de lesiones o muertes por no seguir las reglas. Disfruten su estancia.
El vigilante los dejó pasar.
—¿Ha dicho… muertes? —preguntó Gloria, alarmada.
—Es por los pozos —explicó Ángela—. Son termales y llenan el lago de agua caliente. Algunos ya no tienen flujo, y los nadadores inexpertos se hunden porque la corriente no los empuja a la superficie. Desde 1950, han muerto o desaparecido diez personas.
—Se te olvida lo del niño el año pasado —añadió Gabriel.
—No lo olvido —dijo Ángela—. Ese niño es una de las diez, pero aún se debate si se hundió en el lago o se perdió en el bosque. El bosque es igual de peligroso; hay pozos que llegan a la superficie, ocultos por la maleza. No se adentren.