CAPÍTULO 7 "UN MAL RECUERDO"

1153 Words
Capítulo 7 La oscuridad de la fría noche ocultaba la silueta de una mujer que corría con pies descalzos sobre el húmedo césped de la mansión Morgan. Su corazón latía con una rapidez alarmante y su respiración agitada le hacía jadear sacando la lengua como muestra clara de su profundo cansancio. Apenas si se detenía cada cierto tiempo para voltear la mirada y de esa manera asegurarse que nadie la estuviera siguiendo. Solamente la luz de la luna, podía ser la única testigo de ese encuentro clandestino en el cual se derrocaría pasión sin descontrol. Como si no hubiera un mañana, con esa intensidad que únicamente pueden entender la personas que aman con todo su corazón. Esos amantes en la oscuridad, estaban dispuestos a desobedecer la ley de Dios, con tal de saciar un poco de todo ese fuego incesante que sentían el uno por el otro. Como dos luciérnagas que se buscan en las sombras de la vida con la esperanza en llegar a coincidir, para poder de esa manera derrochar todo ese amor recíproco que se profesan con gritos a todo pulmón. Gritos que salen desde sus almas en silencio, y sin generar ningún tipo de sonido, pero que pueden ensordecer a cualquier corazón enamorado. Y nadie podía sentirse mas enamorada en esa noche, que esa misteriosa damisela que se abría paso entre la penumbra, aprovechado las altas horas de la noche para dar rienda suelta a su vicio mientras todos dormían dentro de la mansión Morgan. Un fornido hombre de piel morena aguardaba por ella en la profundidad de la propiedad Morgan. Entre los elegantes arbustos escondía su humanidad para evitar ser visto. Como todo lo incomprendido, prohibido, y desaprobado en esta vida. El amor de estos dos amantes era mal visto ante todos los puntos de vista de la sociedad. Nadie jamás lo entendería, mucho menos lo aceptarían, por eso debía ser clandestino, oculto, secreto. Únicamente posible en la soledad absoluta que ofrece el anonimato, pues sin que alguien pudiera sospecharlo, estos dos corazones enamorados se hacían sentir dejando que su pasión se desbordara entre los lujosos jardines de el señor Fernán Morgan. Finalmente se miraban frente a frente en la comodidad de la intimidad que produce estar a solas con esa persona que amas, luego de pasar todo el día fingiendo ni siquiera conocerse conviviendo juntos en la mansión, cada uno por su lado, cada uno en su correspondiente puesto. Pero sin evitar que cada cierto tiempo, una espontánea mirada de amor se escapara sin poder evitarlo. — ¡Susana! — expresaba con admiración ese misterioso sujeto oculto tras la sombra de esos elegantes arbustos al ver la hermosura de su amante llegando a su cita de amor prohibida, tal y como lo habían acordado. — ¡Max! — la señora Morgan corrió levemente al encuentro con los fuertes brazos de su amante que la recibían con mucho amor, incluso alzándola en el aire con una cargada casi artística, finalizada con un romántico y sentido beso que llevó a sus lenguas tocarse mutuamente con pasión electrizante. Era un verdadero derroche de amor, dos almas que se extrañaban con locura desde el último encuentro, contando los minutos hasta volverse a ver — no sabes cuanto deseaba tus besos Max, tus abrazos, sentir tu respiración frente a la mía empañando mis ojos con lágrimas de alegría a ver los tuyos mirándome con ese amor tan bonito que me juras con tu vida, y que me haces sentir con esa locura admirables. — Yo también estaba loco, ¡Loco! Por verte, abrazarte, besarte. Llevo más de una hora esperándote acá detrás de los arbustos como acordamos, comencé a temer que tal vez no vendrías — Max Fisher besaba los dulces y tiernos labios de su amante que le sabían a gloria. En esos momento podía decir con toda seguridad, que estaba rozando la inmensidad de el cielo, gracias a esa experiencia celestial que esa hermosa mujer le hacía sentir. Es imposible no sentirse de esa manera cada vez que se besa con todas las ganas a la persona que amamos con todo nuestras fuerzas. — Lo siento, es solo qué Fernán tardó mucho más de lo esperado para dormirse. Estuvo bebiendo una botella de vino, y ya sabes como se pone cuando toma, es un ebrio muy problemático — Susana bajaba su rostro con vergüenza al hablar de sus problemas con la única persona que en realidad la entendía. — No tienes que disculparte conmigo, mucho menos sentir vergüenza. Y no te preocupes Susana — un nuevo beso en los labios hizo pausa a esas palabras para luego continuar la conversa con el sabor de esa dulce miel en su boca — por verte, hubiera esperado aquí en este lugar hasta el alba si era necesario. — Mi corazón vibra cada vez que me hablas de amor, es increíble como haces que camine entre nubes con simples palabras y besos que estremecen mi ser al mismo tiempo que elevan mi espíritu en vuelo sincero — los dedos de Susana Morgan acariciaban los labios de su amante mientras sus ojos se llenaban de brillo al mirarlo directamente. — Ya está casi todo listo para escaparnos los tres a vivir feliz en un mundo muy diferente a éste. En una linda casa en la playa frente al hermoso mar caribe en otro país. Tú, yo, y nuestra pequeña Azucena — Max Fisher, el mayordomo de la mansión Morgan posaba su mano tiernamente en el vientre un poco abultado de su amante — sólo es cuestión de tiempo para que todo esté listo, y podamos irnos de aquí a nuestro lugar perfecto. — ¡¡¡Susana!!! — se escuchó a la distancia viniendo desde la salida trasera de la mansión. — ¡Es Fernán! — Susana muy asustada abría sus ojos mucho más grande de lo normal debido al susto enorme — ¡Rápido!, vete! — Las veré pronto — un último beso en los labios de su amada fue muy poco para despedirse, pero era lo único que podía obtener por los momentos. Y así desapareció en la oscuridad saltando un alto muro. — ¿Dónde está? , ¿Dónde está ese desgraciado? — Fernán llegaba al sitio del encuentro, un poco tarde y muerto de la rabia. — ¿Dónde está quién, Fernán?, solamente he sentido las ganas de salir a caminar un poco por no tener sueño. — ¿Me crees estúpido? — Fernán Morgan comenzó a ahorcar a su esposa con fuerza — te juro que si te descubro con un amante... ¡Te mato!, ¡Te mato con mis propias manos! — Señor Morgan, hemos llegado al aeropuerto — avisó su chofer interrumpiendo el recuerdo de Fernán rotundamente, y haciendo que este regresara al presente. — ¡Muchas Gracias, Xavier! — Fernán pasaba su mano en su rostro como muestra que ya no quería recordar ese turbio pasado.
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