CAPÍTULO 1: Cinco minutos tarde
Alejandro Montoya miró su reloj antes de alzar la vista.
Ojos verdes. Profundos. De esos que no solo miran, sino que pesan.
—Cinco minutos tarde, Lucía.
No levantó la voz. No lo necesitaba. Su presencia llenaba la oficina con la misma facilidad con la que llenaba titulares financieros. Traje impecable, porte seguro, una belleza sobria que no buscaba aprobación.
—Llegué a tiempo —respondí, dejando la carpeta sobre su escritorio—. Usted adelantó la reunión.
Sus ojos se detuvieron en mí, evaluándome como siempre: ropa oscura, blusa cerrada, cabello recogido con pulcritud. La versión correcta de mí.
—Las personas eficientes se adaptan —dijo.
Sonreí apenas.
—Y los líderes inteligentes avisan.
El silencio cayó pesado.
Alejandro Montoya no estaba acostumbrado a que lo contradijeran. Era el presidente del consorcio Montoya, el hombre al que nadie se atrevía a mirar a los ojos por más de unos segundos.
Yo sí.
—Cierre la puerta —ordenó finalmente.
Obedecí.
No sabía que esa puerta no volvería a abrirse igual.
Que muy pronto dejaría de verme como su asistente impecable.
Y que el contrato que estaba a punto de proponerme no solo cambiaría mi vida…
También rompería la suya.