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Corazón de Piedra

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Blurb

Javier pensó que su mayor desafío sería reunir valor para hablar con la chica que aparecía cada jueves en la puerta de su tienda, pero tras una decisión inesperada, el desafío que deberá enfrentar será mucho más grande.

Entre manadas de lobos, cazadores y demonios, el amor puede salvarte o convertirse en tu condena.

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La chica de los jueves
El zumbido del proyector en el aula 402 se mezclaba con el rasgueo de los lápices sobre el papel bond. Javier tenía un escalímetro entre los dedos, pero su atención estaba fija en su reloj de muñeca. Eran las diez de la mañana. Estaba en el cuarto semestre de la carrera de arquitectura y desde luego, necesitaba dinero. No había muchos trabajos que pudiera tomar mientras era estudiante, por suerte encontró una vacante en una tienda abierta las 24 horas, justo a un lado de una gasolinera en la carretera que conducía a la autopista. El turno nocturno era tranquilo y su jefe lo dejaba estudiar. Mientras no se quedara dormido o cometiera errores en el balance, todo estaba bien. Trabajaba tres días a la semana; jueves, viernes y sábado. Durante el primer mes entendió cuán aburrido podía ser ese empleo y cuán insufrible podía ser en las tardes agitadas, pero en medio de todo, descubrió algo que no esperaba. A ella. La chica que entraba a la tienda todos los jueves alrededor de las ocho de la noche, compraba tres artículos y se iba. El tiempo que pasaba dentro de la tienda era de un minuto y Javier esperaba toda una semana para ese breve vistazo. "Faltan diez horas", pensó mientras trazaba una línea sin sentido en el margen de su libreta. — Si no equilibras las cargas en ese nodo, el voladizo se te va a venir abajo antes de la entrega final — susurró una voz a su lado. Javier parpadeó y regresó a la realidad del aula. Santiago le dio un pequeño empujón con el codo, señalando con la barbilla el dibujo descuidado de su amigo. — Estaba calculando la deflexión — mintió Javier. Santiago soltó una risita ahogada y dijo: — Tienes esa cara de "es jueves y mi cuerpo lo sabe" desde que entramos. Javier apretó los labios y lamentó haber contado a su amigo sobre la chica de los jueves. El profesor explicaba cómo la carga viva afectaba la resistencia del concreto y Javier se talló el rostro con las manos para volver a la realidad. La clase tardó horas en terminar y apenas eran las once. Ambos dejaron el edificio para salir de las instalaciones de la escuela y comer en un negocio que estaba al otro lado de la calle. — Lo que tienes es obsesión — anunció Santiago — una muy insana, vas a reprobar los parciales y ni siquiera te interesa. Javier puso los ojos en blanco. Después de cruzar el puente Santiago alzó la mano para saludar a una chica que estaba del otro lado, Beatriz, su novia, ya les había apartado un lugar, a su lado estaba Ofelia, la cuarta integrante del grupo. Apenas llegaron, Santiago tomó a Beatriz por la cintura y le susurró algo al oído. Javier los ignoró y acomodó su mochila para sentarse. — Ya ordenamos — dijo Ofelia con una media sonrisa. — Gracias — respondió Javier y volvió a mirar su reloj. — Entonces — dijo Beatriz, rompiendo por un momento su burbuja con Santiago para mirar a Javier — Hoy es jueves. Por supuesto, lo primero que Santiago hizo después de enterarse, fue decirle a Beatriz, ella se lo contó a Ofelia, ella a su amiga Lilia y ahora todos lo sabían. — No me veas así, no es culpa mía que te estés volviendo loco por alguien que solo compra café a las ocho de la noche. — No es café, es una botella de agua, un sándwich y un paquete de galletas, te lo dije antes. Si vas a contarles a todos sobre mi vida privada, al menos dales la información correcta — reclamó Javier. Solo después de pronunciar esas palabras y ver la reacción de los demás, Javier sintió que era cierto, se estaba volviendo un poco obsesivo. Ofelia tenía un libro de literatura en el regazo y sus dedos apretaron los bordes de la cubierta dejando sus uñas blancas. Otra persona lanzó su mochila sobre la silla vacía y los miró — ¿qué? ¿de qué me perdí? Beatriz alzó la mirada hacia Lilia — hoy es jueves. — Cierto — asintió Lilia, como si todo tuviera sentido y miró a Ofelia — ¿ya ordenaste por mí? — No. Lo siento. — Ahora vuelvo — dijo Lilia. Javier lanzó el lápiz sobre la mesa. Ofelia se mordió el labio y reunió valor para decir: — Pienso que ahora debes concentrarte en las clases, estamos a dos semanas de los parciales, tienes que saber dónde quieres gastar tu energía y… Se detuvo después de que Beatriz le diera un golpe en las costillas con el codo. Lilia volvió. El ambiente se volvió tenso, Beatriz usó el otro codo para golpear a su novio y señalar hacia el frente. — Cierto — dijo Santiago — dicen que el examen de estructuras es el más difícil y el maestro le da un valor del ochenta por ciento al examen. Si repruebas esto, estarás en problemas. Al terminar, Santiago giró la cabeza para mover los labios y transmitirle un mensaje a Beatriz, que Javier no pudiera escuchar. “¿Lo dije bien?” Beatriz le dio un beso. La comida estaba lista, los llamaron y todos fueron por los platos. Por costumbre, Ofelia tomó el platillo de Javier y Lilia atrapó su mano, luego negó con la cabeza. Javier se levantó, tomó el plato y lo llevó a la mesa. — Sobre esta chica — dijo Lilia mientras tomaba una botella de salsa — pienso que deberías confesarte. Ofelia dejó caer su tenedor. Javier giró la cabeza — ¿quieres que me rechace y se burle de mí? — Claro que no, ser visto como un acosador es mil veces mejor — respondió Lilia con sarcasmo. Javier ya no tenía ganas de comer, pero no quería llegar a su trabajo de medio tiempo sin energía. Tomó el tenedor y lanzó una mirada reprobatoria a su alrededor. — Ustedes cuatro, son malos amigos. — ¡Cuando quieras! — anunció Santiago. Para fortuna de Javier, el reloj avanzó, las clases terminaron y él se fue a casa a bañarse, alistarse y salir de casa como si fuera a una cita, no al mostrador de una tienda. Era jueves. Podía repetirlo en su mente todo el día, era la hora. Sus manos sudaban, estaba nervioso. Tenía un reloj análogo en la muñeca, un reloj digital en su celular y había un reloj en la pantalla de los refrigeradores que era visible desde el mostrador. Tres fuentes diferentes dieron el mismo resultado; las ocho de la noche. Javier respiró profundamente, escuchó la puerta ser abierta y vio a una mujer con sus dos hijos. Las ocho diez. — Bienvenidos. Las ocho quince. Era tarde. Ocho treinta y cinco. Javier verificó tanto su reloj como el de su celular y ambos decían lo mismo. A esa hora ella ya debería haber entrado. La puerta fue empujada con fuerza, era ella. Su chica de los jueves entrando de prisa, mirándolo directamente a los ojos y hablando con prisa; — Necesito vendas, alcohol y antiséptico. — ¡Qué! — Hola — dijo ella golpeando el mostrador con el puño — es una emergencia. Javier bajó la mirada y reparó en las manchas de sangre sobre las mangas de la chaqueta de mezclilla que ella estaba usando. — Vendas… olvídalo, me conformo con el alcohol, pero rápido. Javier reaccionó, dejó su lado del mostrador, caminó por los estantes repitiendo los artículos que ella enlistó, vio las frituras, luego los desechables, se giró hacia el refrigerador lleno de cervezas y entonces se detuvo en seco. — No tenemos eso. — ¡Qué! — No tenemos farmacia. Ella miró alrededor. — Mierda — maldijo en voz baja y salió corriendo. Javier sintió que su mundo se detenía, si había una emergencia debió sugerirle usar su celular para llamar al servicio de emergencia, o podría… — La mochila. Había una señal roja pegada a la pared que indicaba la posición del botiquín de primeros auxilios, lo veía todas las veces que se ponía el uniforme y en el momento en que más lo necesitó, se olvidó de su existencia. En cuestión de segundos entró al vestidor, descolgó la mochila, se la puso en el hombro y salió corriendo de la tienda. Las lámparas de la calle están apagadas, giró la mirada hacia la gasolinera y pudo verla corriendo. — Oye, Jueves, espera. Ese no era su nombre y ella no reaccionó después de escucharlo. Javier gruñó y corrió detrás de ella. En ese turno la gasolinera tenía un solo empleado, un hombre de más de cuarenta que siempre estaba dormido, Javier lo miró de reojo y siguió corriendo. Después de la gasolinera estaba el campo, estaban a 500m de la caseta de cobro para entrar a la autopista, no había casas o viviendas, solo árboles y una reja. Una sombra pasó junto a Javier. Al pasar sobre la reja que había sido derribada, posiblemente por un autobús, el pie de Javier se atoró y él cayó de bruces sobre el suelo. Soltó un gemido. La hierba picaba, su pie estaba atorado y estaba muy oscuro. — ¿Por qué me seguiste? Javier alzó la mirada y la vio. Era un mal momento. No le gustaba estar en el suelo, con hierba en la ropa y después de haber caído de una forma tan vergonzosa, pero había algo más importante que su humillación. — El botiquín — dijo al momento de levantarse y mostrar la mochila — olvidé que lo teníamos, creo que hay alcohol y también vendas — dudó. Lo cierto era que jamás había revisado el interior de la mochila y a juzgar por el polvo, no sabía cuántos años llevaba colgada. Se escuchó un gruñido. Javier dejó de prestarle atención a la mochila, miró la expresión de su chica de los jueves, la forma en que retrocedía y después, la inmensa sombra que se movía sobre la hierba. Javier giró. La mochila cayó al suelo. Ellos no eran los únicos en ese campo, tan ridículo e imposible como parecía, a un metro de distancia estaba un enorme y gigantesco lobo de pelaje oscuro y dientes afilados. Se escuchó otro gruñido. Javier se paralizó, pensó que estaba soñando, miró los ojos de ese lobo y creyó notar el destello amarillo que venía de ellos. Detrás suyo, la llamada “chica de los jueves” analizó sus posibilidades, sintió la sangre que goteaba por su brazo y sin pensarlo más, presionó las palmas sobre la espalda de Javier y lo empujó hacia el frente. El lobo gruñó, separó las fauces y siguiendo el rastro de sangre, se lanzó sobre la garganta de Javier. Él logró levantar el brazo. — ¡Aaaaah! Javier estuvo seguro de una cosa, ese sonido que escuchó justo antes de su grito, era el hueso de su hombro rompiéndose. Su pecho palpitaba y dolía, justo donde el lobo había encajado sus colmillos y de pronto, fue lanzado por el aire. Se golpeó la espalda y la cabeza, cayó sobre la hierba con la sensación caliente de su sangre cubriéndole el hombro. Su brazo derecho no respondía, solo podía mover las piernas, pero no importaba porque todo su cuerpo estaba paralizado. El lobo se acercó, empujó el cuerpo de Javier para darle la vuelta, tratándolo como un muñeco, no como a un ser humano y entonces se concentró en el aroma de la sangre dejado sobre el uniforme. Javier respiraba por la boca y cada bocanada de aire frío le quemaba los pulmones, también le dolía el pecho, su hombro estaba roto, no tenía dudas y había un hilo de sangre bajando por su cabeza. ¿Iba a morir? El lobo levantó la cabeza y gruñó. Javier pensó en su chica, era ella quien estaba siendo perseguida por el lobo y la siguiente que iba a ser mordida. Con desesperación, intentó mover su mano izquierda y alcanzar la pata del lobo. Su mente le hizo creer que ese pequeño movimiento iba a mantener al lobo aferrado. Era tan tonto. Sintió las lágrimas en su rostro y sus ojos se cerraron. El lobo halló el rastro correcto, gruñó y súbitamente, un proyectil se impactó en su oreja, el lobo agitó la cabeza y gruñó en la dirección de donde vino el proyectil. El segundo llegó rápidamente e hirió su hombro, el tercero quedó atrapado en su trasero y el lobo se recargó hacia el frente. Karina Lacorde ajustó la mira de su rifle, se preparó para disparar por cuarta vez y vio como el lobo caía hacia un costado. Con eso fue suficiente, Karina suspiró y bajó el arma. Astrid, la chica a la que Javier había llamado “chica de los jueves” volvió, vio al lobo en el suelo y después a Karina. — ¡Mamá! — Ve por el auto — dijo Karina lanzándole las llaves. — Mamá, lo que pasó… — VE POR EL MALDITO AUTO. Astrid selló sus labios. Javier se desangraba, dentro de su pecho había un fuerte latido que se fue haciendo más fuerte a cada minuto, al abrir momentáneamente los ojos sintió que el latido de su pecho, venía de la luna. Astrid llegó al coche que estaba estacionado en la gasolinera, metió las llaves y encendió el motor — vamos, vamos. Karina le dio la vuelta al cuerpo de Javier, revisó la herida del hombro y se quitó el suéter para vendarlo, ajustó la tela con su cinturón y dio un rápido vistazo a la altura y complexión de Javier para calcular su peso. Karina se incorporó, miró la luna y respiró profundamente. Sus ojos que solían ser de color café, se tornaron ámbar. Al bajar la mirada logró levantar a Javier sin problemas y llevarlo al coche. Astrid se estacionó junto a la reja. — Mamá. — Abre la puerta de atrás — ordenó Karina y Astrid obedeció. El lobo comenzó a trasmutar, el pelaje se fue y su cuerpo tomó la forma de un hombre joven. — Irás en la parte de atrás — dijo Karina — haz presión sobre la herida. Son quince minutos al hospital, tal vez lo logremos. — ¿Qué pasará con Ángel? — preguntó Astrid. — Samuel y Lucas ya vienen en camino, ellos se encargarán de él. No vuelvas a preguntar. Astrid apretó las manos — mamá, lo que te hayan dicho. Karina subió al asiento del piloto, movió el coche y sintió que su sangre hervía. — Maldita sea, hija, no quiero hablar sobre eso ahora, ¡sabes cómo me siento! Nunca pensé que llegaría el día en el que me decepcionaría de ti, eres — su voz se quebró — sé que eres testaruda, pero pensé que conocías la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto. Astrid lloró. — Samuel te llamó criminal y yo te defendí, le grité a mi Alfa porque tú eres mi niña, pero lo que hiciste — se talló los ojos — hay un civil herido y si él muere, tú y Ángel serán los asesinos, ¡ESO ES LO QUE HICISTE! — se detuvo en el semáforo — el chico, ¿estás cubriendo su herida? — miró hacia atrás. Astrid tenía las manos al frente — lo siento, lo olvidé. Karina se estacionó y bajó del coche. — Te pedí que hicieras una sola cosa, debí decir que era de vida o muerte. Astrid se movió. Karina abrió la puerta y revisó la herida en el hombro de Javier. La sangre había humedecido su uniforme, pero ya no estaba sangrando y su pulso era estable, de hecho… era muy fuerte. El problema inmediato era el hueso fracturado. Karina ejerció presión sobre sus dedos y al comprender lo que estaba pasando, volvió a romper el hueso del hombro de Javier para evitar que sanara incorrectamente y lo acomodó. Astrid se limpió las lágrimas — ¿está muerto? Karina subió la mirada hacia el cielo, faltaban dos noches para la siguiente luna llena. Aun con las condiciones correctas, la posibilidad de que una mordida causara una conversión era de menos de 10% Contra todo pronóstico, había sucedido. — Vivirá — dijo Karina — pero tú… estás castigada de por vida.

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