Quince.

4262 Words
Después de tener aquella conversación reveladora e incómoda con mi hermano, yo le conté a mi amiga sobre ello. Demás está decir que Stanley cayó en una crisis existencial, diciendo que fue una pésima idea lo que hizo y que tendría que haberme oído cuando le dije que no se acostara con Steve o si quería hacerlo, ella no debería haber asistido a una fiesta donde estarían todos los de la escuela. Traté de tranquilizarla, repitiéndole las palabras que le dije a Logan pero no hubo caso con ella. Le hizo la cruz a Steve y según ella, dio vuelta la página en ese mismo instante. En cuanto a mi hermano, él no volvió a tocar el mismo tema otra vez. Sin embargo, los primeros días estuvo muy pendiente de Stanley al punto de hacerla sentir incómoda. Yo tuve que decirle que se detuviera, que ella no había tenido nada que ver y que la dejara en paz. Lo amenacé con acusarlo a mamá, diciéndole que le diría que estaba acosando a Stanley y que se masturbaba todas las noches pensando en ella. Sí, deberían darme un premio a la peor hermana. Rome quería juntarse con Lola el martes pero como yo estaba con unos cólicos de muerte, decidí decirle la verdad a medias y postergarlo hasta el viernes, que es hoy. Ya no estoy con cólicos pero mi querida amiga sigue presente en pequeñas dosis. Mis transformaciones en Lola Montana están costando cada vez más. Con esto de que Rome está dejando de lado el equipo, los entrenamientos están siendo aplazados y Logan pasa más tiempo en casa. Aprovechando de que Logan tenía que ir a la casa de un compañero para estudiar, yo intenté arreglarme. Rome había dicho que tenía algo genial en mente para este día pero yo le pedí por favor que no fuera como la primera vez que salimos. Es genial que él tenga dinero pero, todos los lujos a los que él está acostumbrado no hacen más que hacerme sentir incómoda. Yo le he pedido el coche a mamá con anticipación así que, no es necesario que llame a Stanley para que me lleve. Mi amiga estuvo enseñándome cómo debía maquillarme durante un par de días, así que, esta vez lo hice por mí misma. Debo admitir que me costó un poco pero, logré hacerlo luego de varios intentos. Como esta es una ocasión informal, yo decido vestirme con un simple pantalón y una camiseta a tirantes junto con un cárdigan. Guardo la peluca y los lentes de contacto en mi bolso junto a algunas cosas para quitarme el maquillaje. Cepillo mis dientes, pinto mis labios y salgo de mi habitación tomando mis gafas de sol. —¿Ya te vas? —me pregunta mamá cuando me cruzo con ella en la cocina. Asiento, viendo como me escudriña con la mirada— ¿Por qué estás usando tanto maquillaje, Abed? Siento como mi rostro se calienta. Siempre he sentido cierta inseguridad por culpa de mis pecas y aunque mamá me dice todo el tiempo que debo amarlas porque son parte de mí, yo las detesto un poco. —Saldré a una cita —confieso, pasando un mechón de cabello detrás de mi oreja— y he querido ocultar un poco las pecas. Mamá suspira —Te he dicho que eso... —Es parte de mí, lo sé. —termino por ella, en un suspiro— Pero, no me siento cómoda, eso es todo. Ella niega y se acerca para besar mi mejilla. —Procura mantener el teléfono encendido y no llegues tarde, ¿bien? —Sí, mamá. Nos vemos después. —me despido recibiendo las llaves del coche— ¡Te quiero! —Y yo a ti. Salgo de casa y troto hasta el coche para subirme. Rome me envía un mensaje con la dirección donde me estará esperando y yo respondo con un simple "estoy saliendo para allá." Arranco el coche y enciendo la radio para que el viaje no sea tan aburrido. Recorro las calles en el coche con cuidado, deteniéndome en los lugares debidos y en menos de lo que me doy cuenta, yo me estoy acercando a la universidad de Princeton. ¿Qué demonios estamos haciendo aquí? Por un momento, el estómago se me aprieta tan fuerte que apenas puedo respirar. Rome me ha enviado la dirección de la universidad y un montón de malas ideas se me pasan por la cabeza. ¿Y si él ya descubrió la verdad? ¿Y si él no ha descubierto nada pero quiere que le haga un tour por el campus? No me van a dejar entrar a la universidad porque yo no estudio ahí y no tengo argumentos para explicar eso. La mentira que construí se derrumbaría como un castillo de naipes frente a mis ojos y Rome me odiaría hasta en la siguiente vida. Detengo el coche dos cuadras antes de mi destino y me quedo ahí, sentada y en silencio, tratando de calmarme. Estoy a punto de llorar porque me da miedo enfrentar el hecho de que posiblemente él me ha descubierto. Tomo largas respiraciones y no es hasta pasados unos diez minutos que yo logro calmarme por completo. Rome me envía un mensaje, preguntándome si ya estoy en camino y yo le respondo que sí, que estoy a punto de llegar. Me coloco las lentillas de color y sujeto bien mi cabello antes de colocarme la peluca. Cuando estoy lista y me aseguro de que todo está en orden, enciendo el coche otra vez y recorro el poco trayecto que me falta por llegar a mi destino. El coche de Rome está aparcado en el área de estacionamiento de la universidad. Él está fuera, apoyado en la cajuela vistiendo como si estuviera a punto de ir a una sesión fotográfica. Estaciono el auto de mamá junto al suyo y apago el motor. El rizado se acerca y me abre la puerta justo cuando yo estoy desabrochándome el cinturón de seguridad. —Hola. Él tiende su mano y yo la observo. No me había dado cuenta que mis manos estaban frías hasta que siento la calidez de la suya. Salgo del coche y apenas la puerta se cierra, Rome Finnegan me envuelve en un abrazo apretado, su mentón apoyándose en mi hombro, su respiración haciendo cosquillas en la piel expuesta de mi cuello. Envuelvo mis brazos alrededor de su cintura, apegándolo un poco más a mí y ahí nos quedamos por un rato. —Te extrañé. —él confiesa. Se aparta y acuna cuidadosamente mi rostro entre las palmas de sus manos para dejar un casto beso en mis labios. Entonces, él acaricia la peluca con suavidad y sonríe. Tiene que estar inclinado para lograr verme a los ojos— ¿Cómo estás? Asiento despacio, mis manos todavía sujetan su cintura. —Bien. —me aparto de él, relamiéndome los labios— ¿Qué estamos haciendo aquí? —¿No hay problema de que dejes aparcado el coche aquí? Frunzo el ceño —¿Por qué? —Porque quiero llevarte a un lugar y tenemos que ir en mi coche. No hay problema, ¿no? Niego con la cabeza. En realidad, no sé si hay un problema o no pero, seguramente lo averiguaré cuando volvamos. Si encuentro un papel en el vidrio frontal... pues, ahí me daré cuenta que había problemas y que también tendré un problema por pagar una multa. —Genial, vamos. Activo la alarma y los seguros del coche se activan de inmediato. Rome me tironea con suavidad hasta su auto. Me subo y él cierra la puerta antes de rodear el coche y subirse también. Pienso que me va a besar porque se acerca mucho a mí pero, mi decepción es grande cuando me doy cuenta que sólo toma el cinturón de seguridad para abrocharlo por mí. Al parecer, él nota mi disgusto porque, antes de alejarse, estira los labios hacia afuera, sus ojos se cierran en el acto. Yo trato de no sonreír pero es inevitable. Él está siendo demasiado tierno y me encanta. Lo beso entonces. Sólo es un roce de labios pero se siente más sincero que todos los otros besos. Estar compartiendo con él estos momentos es como si yo estuviera conociendo a un nuevo Rome. O tal vez, él se ha empeñado en esconder esta parte de él mismo frente a los demás. No sé si estoy en lo correcto pero, me encanta. Rome me encanta. Tengo curiosidad de saber a dónde vamos a ir a parar pero, decido mantenerme en silencio. Emprendimos el viaje en silencio y no me siento para nada incómoda. Como el coche de Rome es automático, no necesita mover la palanca de velocidades y su mano derecha descansa sobre mi rodilla. Quiero entablar una conversación, hablar sobre cualquier cosa pero, ni siquiera sé cómo empezar. No estoy nerviosa o incómoda, es sólo que mi cabeza ha quedado en blanco. —¿Cómo estuvo tu semana? —él se me adelanta, lanzándome una rápida mirada. —Estresante. —confieso y caigo en cuenta que su semana también estuvo agitada por culpa de los exámenes que hemos tenido— ¿La tuya? —Igual. He tenido muchos exámenes y un poco de dificultades en los entrenamientos. Frunzo el ceño y lo miro, recordando la conversación que mantuve con Logan hace un par de días. —¿A qué te refieres exactamente? ¿Fracturas y esas cosas? —No. —dice con simpleza. —¿Entonces? —El entrenador dice que estoy bajando mi rendimiento pero yo creo que está exagerando. —Y eso es grave, ¿no? Quiero decir, es un tema importante. Me lanza otra mirada y por el torbellino que se refleja en sus ojos me doy cuenta que sí es grave. Yo había pensado que Logan había exagerado las cosas (porque suele hacerlo muy a menudo) pero, por la expresión de Rome, me doy cuenta que no es así. No obstante, él decide no revelar nada y sólo dice: —No. No tienes de qué preocuparte. Odio cuando me dicen "no tienes de qué preocuparte" porque, cuando lo dicen, comienzo a preocuparte o tengo que empezar a hacerlo. —Quisiste que nos diéramos una oportunidad, ¿no? Si quieres que esto funcione... —Lola —me interrumpe. Su mano que había estado sobre mi rodilla, busca mi mano y entrelaza los dedos—, no tengo ganas de hablar de eso, ¿vale? Te agradezco que te preocupes por mí pero, no es un tema que quiera tocar contigo. No quiero arruinar nuestra salida con problemas. Ya lo solucionaré. Aprieto los labios, queriendo mantener todas las palabras dentro de mi boca. Sí, bueno, Rome tiene toda la razón pero yo no voy a decírselo. Entiendo perfectamente que él no quiera hablar sobre eso en este momento pero, yo quería saber qué estaba pasando realmente. —Sí —asiento, torciendo el gesto—, lo siento. —No te disculpes. Él acerca mi mano a sus labios y deja un suave beso en mi dorso. Siento como mi rostro se calienta pero yo culpo totalmente a los cientos de kilos de maquillaje que estoy utilizando. —¿Qué tal tu semana? —reanudo la conversación anterior, preguntándole lo mismo. —Fue bastante movida. Tuve exámenes casi todos los días y varias veces tuve que ir de compras con mamá. Suelto una risa porque recuerdo la fotografía que él me envió. —¿De qué te ríes? —me pregunta, riendo también. —De nada. Sólo... me acordé de cuando me enviaste la foto, eso es todo. —Oh, sí. Ese fue un día de locos. —¿Por qué? —Porque en la mañana, una compañera me llenó de palabrotas sólo porque choqué con ella y quedé tipo "¿qué le pasa a esta loca?" —agita la cabeza— Después, tuve entrenamiento y me llegó un pelotazo en la ingle que... Dios, me acuerdo y me duele. —Qué dolor. Nuestra conversación siguiente se basó en pláticas banales, sin sentido y risas estúpidas. No miré por la ventana el resto del camino porque toda mi atención estaba puesta en el chico a mi lado, así que cuando él estacionó el coche y yo miré finalmente a través del vidrio frontal, quedé perpleja. —¿Qué estamos haciendo aquí? Frente a mis ojos se encontraba uno de los más grandes zoológicos del Estado y decir que estaba maravillada, era quedarme corta. Yo siempre he vivido en Nueva Jersey pero nunca antes había venido al zoológico y ver que Rome había elegido este lugar como uno para nuestra primera cita oficial me encantaba. —Espero que no lo hayas reservado solo para nosotros. —bromeo, lanzándole una mirada. Él me observa serio y siento como si el alma se me cayera a los pies— Porque no lo hiciste, ¿verdad? ¿Verdad que no lo hiciste, Rome? Él se ríe, disfrutando del susto que me ha ocasionado la idea. Ya me quedó bastante claro que con el dinero de su familia, él es capaz de reservar un lugar completo solo para él y de cierta manera me aterra la idea de que hemos dejado a cientos de personas sin poder asistir solo por un simple capricho de su parte. —Por supuesto que no lo hice, Lola. Puedes relajarte y seguir respirando en paz. Suelto un suspiro —Ya me había asustado. —Sin embargo, no puedo negar que estuve tentado a hacerlo. La idea de tener a más personas a nuestro alrededor no me gusta demasiado. —¿Y eso por qué? —Porque quiero que toda tu atención esté enfocada en mí. No pretendo compartirte con alguien si te encuentras a algún conocido por aquí. Mis mejillas se calientan bajo el maquillaje y solo puedo apartar la mirada. Rome me toma de la mano y me hala hasta la entrada. Él compra los boletos e ingresamos. Yo me suelto de la mano de Rome y comienzo a recorrer el zoológico por mí misma, totalmente maravillada. Los animales están encerrados pero se ven muy bien cuidados, los lugares donde se encuentran se asemejan muchísimo a su hábitat natural. En el momento en que Rome está llegando a mi lado, yo me desvío a otro lugar y así nos pasamos un rato. Más al interior del zoológico hay grandes faroles con formas de girasoles. Me detengo frente a ellos y buscando una buena toma, capturo el momento en una fotografía con mi teléfono. —Hey, ¿qué haces? Miro hacia el lado. El chico de rizos viene caminando en mi dirección con las manos ocultas en los bolsillos delanteros de su pantalón. —Estoy tomando algunas fotos. —¿Por qué? —¿Es que no se puede tomar fotos? —Me parece una total falta de respeto que estés tomándole fotos a los faroles. Frunzo el ceño —¿Por qué lo dices? —No puedo creerlo. Nosotros ni siquiera tenemos una foto juntos aún. Dámelo. Él me quita el teléfono y en menos de un segundo, tengo el brazo de Rome alrededor de mis hombros, su rostro sonriente muy pegado al mío. Él mira a la cámara y yo lo miro confundida. —Ya... yo sé que te gusto pero, en estos momentos tienes que mirar a la cámara y no a mí. ¿O es que no puedes dejar de mirarme por un segundo? Refunfuño e intento apartarme pero él me aprieta con fuerza, riendo contra mi oreja. —Se me había olvidado lo egocéntrico que eres. —Sólo estoy bromeando, tonta. Escuchar su voz y su risa contra mi oído me causa escalofríos. De pronto, el zoológico pasa a segundo plano y mis ojos sólo puede enfocarse en Rome. Soy consciente de que en algún momento, este sueño se terminará y me gustaría guardar cada recuerdo con Rome en mi memoria para siempre. Estoy tratando de seguir el consejo de Stanley, intentando mantener los pies en la tierra y no disfrutar tanto de estos momentos pero, junto a él todo era al máximo. No había puntos medios junto a Rome. O era todo o era nada. Yo estaba viviendo como un amor de escenario, un amor de mentira. —¿En qué piensas? Parpadeo y miro hacia el lado. Rome ya no está con su brazo alrededor de mis hombros. Él está de pie frente a mí con el rostro neutro, mi celular todavía en sus manos. Sonrío y me acerco a él para tomar su mano. —Gracias por traerme aquí. Él sonríe. Preciosos hoyuelos aparecen en sus mejillas. —¿Te gustó? —Me encantó. —confieso y siento como mi corazón se derrite cuando él acerca mi mano hasta sus labios para dejar un beso en el dorso. —Vamos, sigamos recorriendo. Recorrer el Turtle Back era como estar en un safari. Había muchísimos animales y era totalmente adorable verlos jugando entre ellos. Recorrimos el zoológico de un lugar a otro, echando carreras entre risas, tomándonos fotos y posando con muecas frente a la cámara. Las personas nos miraban y los niños se reían de nosotros pero ni a Rome ni a mí nos importaba. En un momento, cuando Rome propone una carrera de regreso al automóvil, yo refuto. —No quiero correr, estoy muy cansada. Rome, que va un par de metros más adelante que yo, gira y sigue avanzando de espaldas. —Vamos, no seas llorica. ¿Cómo vas a estar cansada ya? —Hemos corrido por todo el zoológico, Rome. ¿Cómo quieres que no lo esté? —No es para tanto, Lola. —Claro, lo dices tú porque eres deportista y estás acostumbrado a correr detrás de un balón durante horas. Si quieres correr hasta el coche, hazlo solo y me esperas allá. Yo iré caminando. Él suelta un bufido y acorta la distancia entre nosotros. Cuando llega frente a mí, se gira dándome la espalda y se agacha en cuclillas. —Vamos. —¿Eh? — Sube. — ¿Qué? —Que subas a mi espalda. —escupe y me mira hacia arriba— Dijiste que estabas cansada, ¿no? —Lo estoy pero... —Entonces sube. Te llevaré hasta el coche. —¿En serio? —Si no te subes ahora, me iré corriendo y tendrás que caminar hasta el coche por ti sola, Lola. Sin pensarlo dos veces, yo me acerco a él y me subo a su espalda. Aprieto su cuello cuando Rome se levanta porque siento que me voy a caer en cualquier momento. —Te agradecería si me dejas de asfixiar —dice, su voz sonando un poco estrangulada. —No vayas a lanzarme al suelo, por favor. —Por supuesto que no, Lola. No seas tonta. Hago un puchero aunque él no pueda verme. Aflojo mi agarre en su cuello y Rome pega un impulso con ayuda de su cuerpo para sostenerme mejor. Sus grandes manos toman mis muslos con confianza y comienza a caminar. Yo dejo descansar mi cabeza sobre uno de mis brazos que están encima de sus hombros, mi mirada nunca se aparta de él. Las personas que pasan por nuestro lado nos observan y algunas personas mayores hacen comentarios sobre nosotros, murmurando que nos vemos tiernos y esas cosas. Yo siento como mi rostro se calienta y escondo mi sonrojo en el hueco del cuello de Rome. Él se ríe. —No te rías, tonto. Esto es demasiado vergonzoso. —Eres bastante tierna para ser una chica mayor. —¿Me estás llamando vieja? —escupo, alzando la mirada para verlo y me encuentro con sus ojos juguetones puestos en mí— Eres un idiota. —Aun así te gusto. Atrévete a negarlo. —Hm... yo que tú no estaría tan seguro. Suelto un grito de horror cuando sus manos aflojan el agarre en mis muslos. Automáticamente, mis piernas se enrollan alrededor de las caderas de Rome y mis brazos se adhieren a su cuello con fuerza. —¡No me ahogues! —¡Y tú no me sueltes! Rome me impulsa hacia arriba y toma mis muslos otra vez. Yo aflojo el agarre y él suelta un suspiro. Exagerado. Eventualmente, llegamos al coche y Rome no me suelta hasta que estoy sobre el asiento. El chico de ojos verdes abrocha el cinturón de seguridad por mí y antes de alejarse y cerrar la puerta, besa mis labios con cuidado. Se sube luego de eso y presiona el botón de encendido, comenzando a conducir. Mis ojos pesan y siento todo mi cuerpo cansado. Me acomodo en el asiento y cierro los ojos, totalmente cómoda. —¿Tienes sueño? —me pregunta y yo asiento sin abrir los ojos— Duerme un poco, te avisaré cuando lleguemos a mi casa. Mis ojos se abren de golpe. —No puedo ir a tu casa. Necesito regresar. —¿Por qué? —me lanza una rápida mirada. Intento crear una mentira en un segundo y me siento horriblemente mal por ello. Sí, ya debería estar acostumbrada a las mentiras cuando se trata de Rome pero, cada mentira duele más que la anterior. —Mi compañera de cuarto me espera para estudiar. —Pero estamos a fin de semana. Pensé que te quedarías conmigo hoy. —No puedo, lo siento... —Por favor... —Rome, no puedo. —Por favor... —Hablo en serio, Rome. Él aprovecha un semáforo en rojo y me mira, ojos tristes y labio inferior curvado hacia afuera en un adorable puchero. ¿Cómo decirle que no a esa expresión tan tierna? —Por favor, quédate conmigo. Sólo por hoy. Te prometo que mañana temprano te traeré de regreso y podrás recoger tu coche. Muerdo mi labio, indecisa. Si llego tarde a casa, mamá me tendrá castigada durante los siguientes veinte años. Sin embargo, si no llego a casa, no viviré para contarlo. —Lo siento pero, no puedo. Los labios de Rome se tuercen en una mueca y asiente luego de una pausa. Los siguientes minutos de viaje el silencio nos envuelve por completo y siento que algo entre nosotros ha cambiado. Miro a Rome de reojo, su vista está pegada al frente. Trato de buscar su mano pero él la aleja. Yo suspiro. —¿Estás enojado? —le pregunto como quien no quiere la cosa. —No. —¿De verdad? —insisto, mordiéndome el labio inferior. —De verdad. —responde totalmente seco. Suelto un suspiro. —Estás enojado, Rome... Él me lanza una mirada —No estoy enojado, Lola. Sólo estoy... —Enojado. —¡Que no estoy enojado! —grita entre risas. Río también y toda mi atención está puesta en él— Sólo estoy un poco decaído. —¿Por qué? —He esperado toda la semana para verte y... demonios, te he extrañado como no tienes idea. Tenía muchas expectativas para este día. Yo lo había planeado todo. Primero iríamos al zoológico y luego llegaríamos a casa. Yo planeaba cocinarte algo para cenar y luego podíamos ver algo en la tele pero tú... Hago un puchero —Lo siento, Rome. Realmente me gustaría quedarme contigo pero, no puedo. Hoy no. —Está bien. —No estés triste, ¿sí? —le pido, acariciando su mejilla con el dorso de mis dedos— Tu cara es muy bonita para que luzca así de triste. ¿Qué puedo hacer para hacer que dejes de estar triste? Me lanza una mirada de soslayo. Él tiene muy claro que no puedo quedarme en su casa esta noche pero, por alguna razón, siento un cosquilleo de nerviosismo en mi estómago que no es para nada agradable. De inmediato me arrepiento de haber hecho esa pregunta. —Hay una cosa que puedes hacer... —¿Qué? —Quedarte conmigo hoy día. Río —Ya sabes que no puedo. ¿Otra cosa más? —Mañana es el cumpleaños de mi padre. Ven conmigo. Siento el peso del mundo caer sobre mis hombros. Automáticamente, la expresión me cambia y el pánico comienza a recorrer cada centímetro de mi cuerpo. ¿Rome quiere que vaya a uno de esos eventos sociales y conozca a sus padres? Trago saliva con dificultad. —Rome... —comienzo. Las manos me sudan y mi estómago se ha apretado. —No vas a decirme que no otra vez, ¿verdad? —No tengo qué ponerme. —me excuso. —No te preocupes por eso. Yo puedo conseguirte algo. —El coche es de una amiga y no podré usarlo mañana. —Puedo enviar al chofer de mis padres a recogerte. Abro mi boca para decir otra excusa pero, me doy cuenta que me he quedado muda. No importa cuál sea mi excusa, él siempre tendrá una solución para todo. No importa cuánto me niegue, él va a insistir hasta que yo termine cediendo. —No me gustan ese tipo de eventos. —Sólo serán un par de horas, lo prometo. Rome estaciona el coche fuera de la universidad de Princeton, justo al lado donde está el coche de mamá. —¿Entonces? —pregunta luego de apagar el motor. Dejo escapar el aire de mis pulmones y asiento rendida. —Está bien. Él sonríe extensamente. —Genial. Envíame tu dirección y mañana enviaré todo lo que necesitas. Un coche pasará a recogerte a las ocho en punto. No me dio tiempo a responder. Él me sujeta de la nuca y me acerca para besarme con profundidad. —Nos vemos mañana.
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