❛ACORRALADA❜
Hubo griteríos femeninos que la casa parecía temblar, los constantes arranque de nervio de una Matilde preocupada y alterada capaz de hacer que sus hijos y esposo queden tiesos y sin mover un solo músculo.
—Tranquilízate mamá—Dante intentó calmarla, por enésima vez. Si ella no lo hacía podía afectar su salud.
—¿Que me tranquilice?—Los cuatro hombres retrocedieron por precaución—¿Cómo puedes pedirme eso Dante, cuando esas niñas están allá afuera solas y desprotegidas? Probablemente perdidas y en peligro.
—Pero la encontraremos mamá, no debes preocuparte, ella no puede ir tan lejos—Añadió Giam para aliviar el ambiente, la mujer dió un suspiro en un intento de relajarse y pensar con la mente fría.
—Llamé a su teléfono, pero solo me lleva directamente al buzón de voz—dijo James con frustración.
—También a mí
Gian dejó su teléfono aún lado, la impotencia y la preocupación estaban escalando por todo su ser. Mientras su mente buscaba una respuesta de consuelo para apaciguar la incertidumbre y preguntas que se formaban como embrollo insoluble. Nadie comprendía porque salió de esa manera, porqué estaba tan aterrada con la sola idea de que Emily saliera afuera.
Dante exclamó, apretando sus puños—Para colmo, la policía no hará nada si no han pasado 42 horas para darlas por desaparecidas.
—Saldremos a buscarlas de nuevo—sugirió Leandro—mamá necesito la camioneta, en caso de que se hayan alejado.
Matilde asintió vehemente.
—Está bien hijo. Por favor, solo encuéntrala.
—¿Debemos avisar a los familiares de Emily?—dijo el anciano de repente.
Se proyectó la perplejidad en sus rostros. Tan sumergidos en la preocupación y buscándolas que no se habían planteado lo más vital de toda esta situación.
Gian mordió ligeramente sus labios, pasaba sobre su ser tantas emociones y como un murmullo de ansiedad se convirtió en gritos eufóricos de desesperación, tener que lidiar con tantas cosas en la mente no era fácil en una situación nefasta.
El cielo seguía oscureciendo más, y más se perpetuaban los pensamientos de los posibles destinos crueles de las chicas.
Matilde tuvo el valor de hablar y tomar una decisión.
—Intentaré contactar con su familia. Sólo preocúpense en encontrarlas.
Cuándo estuvieron a punto de partir, el teléfono de Gian había dejado a todos expectantes. Se apresuró a sacarlo del bolsillo de su chaqueta y la confusión se plasmó en su semblante cuándo vió un mensaje de un número desconocido.
"En el armario de mi habitación hay dinero suficiente para que salgan del país y se queden en un hotel. Háganlo después cuando reciban este mensaje, América o Japón es la mejor opción. Al igual que Emily y yo, están en peligro. Emily y yo estamos bien, solo, por favor, escúchenme y hagan lo que les pido.
Nos reuniremos pronto"
•
Golpeó la enorme puerta de metal con fuerza, en tres golpes, finalmente se escuchó a alguien.
—¿Quién?—Era una voz masculina y adulta, con un acento ruso pesado.
Emily permaneció detrás de Idara todo el tiempo.
—¿Quién más sería?
El hombre maldijo en ruso, desconcertado, y luego se escuchó como varios cerrojos que fueron desbloqueados y cadenas retiradas. La puerta se abrió, revelando un hombre calvo, alto y muy corpulento, piel bronceada, con varios tatuajes como cruces, rosas y la imponente Catedral de San Basilio que seguían desde sus hombros hasta su cuello.
Su semblante endurecido y un ceño fruncido muy prominente en su entrecejo intimidó mucho a Emily, haciéndola esconderse tímidamente detrás de su amiga.
Llevaba un largo delantal de cuero marrón algo desgastado y botas pesadas, un cigarrillo en la boca y finalizando con un par de ligas en sus muñecas.
—Es bueno verte de nuevo, Vikenti—Habló Idara, en ruso.
—¿Issa?—El hombre susurró incrédulo, rápidamente miró a los costados y por todos lados de la vieja calle.
Tomó a la chica de la muñeca izquierda y la empujó, haciéndolo entrar, Emily instintivamente la siguió por detrás y Vikenti cerró la puerta de inmediato.
—¡Oh, cielos!—Vikenti gimió—¿En que demonios piensas? No pensé que vendrías justo ahora.
—No es para tanto—inquirió despreocupada—, esa mujer está detrás de mí, y como te expliqué por teléfono, necesito que me devuelvas el favor.
—De acuerdo, pero antes, dime quién es la chica—Señaló a Emily. Estaba bastante curiosa, observando detenidamente su alrededor.
—Emily Evans, mi hermana pretende secuestrarla para llegar a mi y por ende, a mi padre.
Emily parpadeó de la sorpresa.
—¡¿Tienes una hermana?!
—Unas de las cuántas sorpresas—Agregó burlonamente, evadiendo la mirada, para no ver la decepción en sus ojos ante las cosas que le estaba ocultando.
—No vine de visita, Vikenti, entiende que mientras más estamos hablando, más peligro corremos. Muéstrame las armas que posees.
El hombre endureció su semblante y asintió en comprensión.
—Ya veo, entonces, sígueme.
Vikenti guió el camino. El amplio espacio del viejo eran reducidos por instrumentos de herrerías y herrerías artísticas, cercos, rejas, juegos de sillas, mesas de hierro forjado y a la esquina, había una mesitas de madera de parota a base de herrería, serranos, también mesas tipo credenza y esquineros de hierro y vidrio. La artesanía herrera era bellísima. En un pasillo pequeño había metales reunidos a un costado, al otro lado, había una puerta que daba directo a la entrada de las habitaciones y cocinas del hombre y su familia. Se podía apreciar una gran exhibición, espadas, utensilios de cocina, hachas, respaldo de camas, candelabros, jaulas y columnas de hierro.
—Bueno, aquí llegamos.
—No es lo que esperaba—dijo Idara observando los alrededores. Vikenti se burló mientras se hincaba sobre una rodilla.
—No me refiero aquí.
Agarró el borde de la alfombra y la arrastró hasta el otro lado revelando la entrada de un sótano que había estado oculto debajo de ella. Posteriormente Vikenti abrió la puerta hacia arriba, una escalera conducía hacia abajo. El hombre fue el primero en entrar al sótano oscuro, cuándo encendió las luces ambas mujeres fueron las siguientes en bajar.
El sótano era bastante amplio, más a fondo, en el suelo había una alfombra étnica y la paredes de color glaucos colgaban varios lienzos de paisajes y cuadros de fotografías viejas. Había también elementos de carpintería, la vista era impresionante; arcón tallados de rosas y enredaderas y otros dibujos góticos, bellas muñecas de maderas, sillas, mesas rústicas de ciprés, mesas de madera de pino y joyeros de caoba rojos tallados. Emily había quedado encantada por esto último. También varias cosas de herrería y herramientas de albañilería, jardinería y mecánica.
Vikenti se acercó a una pared, precisamente dónde había un control de acceso biométrico y marcó unos cuantos dígitos. La compuerta se abrió, permitiendo acceso a una instalación dónde yacían varias armas de diferentes calibres y de tantos tipos.
Emily cubrió su boca para no emitir algún sonido debido a la perplejidad. Jamás en mi vida había visto tantas armas. Veía cómo Idara se acercaba y tomaba algunas, manejandola cómo una verdadera experta, agregándole cartuchos y asegurándose de que estuviera en buen estado.
—¿Es suficiente para tí?—Vikenti se acercó, sonriendo.
—Es más que suficiente—Idara le sonrió en gratitud—Ahora, necesito ropa nueva y para Emily también.
—Anticipé eso así que elegí acorde a tu gusto o lo que pensé que te gustaría, aunque no sé los gustos de tu amiga—Miró brevemente a la mencionada—Estás muy callada jovencita, ¿Qué, el gato te comió la lengua?
—No la molestes—intervino Idara sin dejar de preparar las armas que pretendía llevarse consigo.
—Está asimilando esta circunstancia traumática, usualmente es peor que una Urraca.
Vikenti soltó una carcajada.
—Es una pena—se oyó otra voz diferente, saliendo de la nada.
Un sudor frío escaló por su espalda, en máxima alerta, Idara apuntó con el arma hacia la fuente de dónde provenía esa voz.
—Es una chica muy dulce, no merece vivir toda esta… mala experiencia.
El recién llegado era un hombre chino aproximadamente de su edad, tenía los ojos castaños y una gran cicatriz desde la esquina derecha de sus labios hasta por debajo del lóbulo de la oreja. Sus orejas adornadas de varios pendientes y piercing, una larga cabellera castaña hasta los hombros con unos ligeros rizos. Su atuendo era simplemente una camiseta blanca, una chaqueta negra de cuero y pantalones de mezclilla, rasgados ceñidos a sus fuertes piernas.
Emily inmediatamente buscó protección en Idara, ahora volviendo a temblar de pavor.
Idara elevó un brazo, apuntando con otra arma a dos hombres más que se acercaron a ella, también dirigían sus armas a ella.
—Lo lamento mucho, Idara—Vikenti susurró a su lado—pero, no podía permitir que lastimen a mi familia.
La chica a su lado, tenía una mirada que le partió el corazón y se sintió absolutamente mal por ella, pero la vida de su esposa e hijos era más valiosa que de la joven a quién una vez le salvó la vida.
Si Vikenti fuera capaz de leer la mente, se enteraría de que Idara no tenía esa mirada de aflicción por su traición, si no por la decepción de no poder mantener a Emily ilesa por mucho tiempo. Estaban acorraladas.
—Muy bien dulzura—contempló a Idara con lascivia—harás esto de manera más sencilla, o sea por las buenas, o bajas el arma o ¡Ah!… ¿Debo decir que va a pasar?—resopló y se rió un mientras daba una vaga mirada a los alrededores, tan casual y despreocupado, hasta que sus ojos, como un depredador, se posaron en Emily y ella se aferró a Idara, gimiendo horrorizada.
Sus ojos grandes y azules como el zafiro brillaron de una forma muy felina, amenazante y carente de emociones. No mostraban cobardía.
No, ella sacaría a ambas de aquí, ilesas… aún si tenía que matar a Vikenti.
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