Capítulo 5.

1336 Words
El muchacho ya iba por la página doscientos cincuenta y cinco de aquel libro de psicología, se reprochaba a sí mismo por ello, había prometido a su madre leer aquel manual de «cortes y precisión», pero siempre, era casi siempre, sin buscar desperdiciar el sentido de aquella expresión, que se le olvidaba hacerlo.  Su atención se desviaba con increíble facilidad y era porque donde no estaba el corazón mucho menos estaría la mente. Y era que, no quería ser cirujano, ni siquiera aprendía nada en aquellos talleres que lo preparaban para «su futuro». No le interesaba nada relacionado con la anatomía humana. Y repitiéndose, no aprendía nada y aquello no era por falta de inteligencia, de hecho, él era alguien bastante ágil mentalmente, pero se le podían hacer preguntas básicas y fundamentales a cerca de la anatomía humana y Keylan Wilson jamás lograría responderlas sin pensar un buen rato, pero vaya que aquello no ocurría cuando se trataba de la informática, amaba las computadoras, sus sistemas, amaba probarlos, todo aquello lo amaba y sus respuestas eran muy acertadas cuando se trataba de aquel tema, pero la única, y vaya que si fue la única vez, que le había comunicado a su madre que le gustaba la informática y computación y que detestaba con todo su pecho el que ella estuviese planeando para él ser cirujano, vaya que aquel día las discusiones volaban como las mismas aves, especialmente por su hermano, él con su hermano mayor, que siempre se creía en potestad para controlar las decisiones de Keylan, aquello simplemente sacaba lo peor del muchacho, su peor monstruo. ¿por qué todos querían decidir por él? ¿Por qué no podía seguir su propio rumbo de vida? ¡su propio ritmo! ¿por qué todos querían prepararlo, censurarlo y amoldarlo a una vida mediocre en el ámbito emocional?  Estaba exhausto mentalmente de que todos decidieran por él; debido a aquello, solo él y su amigo cercano, conocían el hecho de que Keylan planeaba escaparse de casa.  Amaba a su madre, después de todo, ¿cómo no hacerlo? pero se sentía completamente exhausto y enfermo de tantas comparaciones y algo también, muy relevante en las razones de su aun no muy bien planeada huida, era su hermano: muchas eran las veces en las que se había controlado a sí mismo para no masacrarlo a golpes y no se creía, ya exhausto de controlarse, capaz de hacerlo de nuevo.  Presentía que su furia dirigida hacia su hermano explotaría de la peor manera. Escuchó un llamado tocando su puerta, indicándole que debía de salir a comer. Escondió todos aquellos libros de psicología y empezó a alistarse, vistiéndose sencillamente con una franelilla blanca y unas bermudas color n***o, una vez estando listo, movió sus pasos con destino hacia el piso de abajo al que llegó rápidamente, dándole a sus ojos la escena de su familia almorzando. Su madre era tan hermosa a la vista, que él irónicamente siempre se preguntaba por qué no había heredado aquella belleza. Por otro lado, su hermano era tan desagradable, que él se preguntaba cómo era que podía soportar siquiera saber que ambos compartían apellido. Que ambos compartían sangre.  Sangre… Sangre… Sangre…  No dijo palabra alguna al momento en el que se destinó a salir de la casa a comprar unos accesorios que lo ayudarían a escapar de su casa. —¿A dónde vas, Keylan? —inquirió la madre, colocando su cubierto sobre el plato de comida y fijando sus ojos bañados en expectación en su hijo—. ¿Por qué vistes de esa manera? ¿Cuántas veces te he dicho que dejes de vestirte de esa manera? ¡Cuantas! Keylan, ya no eres un niño, tienes que empezar a vestirte como un hombre de clase alta, como un futuro cirujano. Mi futuro cirujano.  —Si ya no soy un niño, deja de tratarte como uno —escupió, cortando las palabras de todos con un fuerte portazo y alejándose de su casa a un ritmo rápido.  Amaba a su madre, pero sentía que alejarse era lo único que podría hacer si buscaba poder algún día conseguir paz.                    *****     El muchacho caminaba de manera veloz, daba pasos muy largos y tarareaba cualquier canción que recordase, tratando así, de disipar los pensamientos que atormentaban a su mente. Pensamientos violentos sin razón, llegaban como espasmos a él.  Aquel día se hallaba extrañamente más turbado que nunca, y solo cuando se encontraba asfixiado por lo que pensaba—muy seguido—, era que iba a aquel sitio, a aquel sublime parque solitario, apenas aves cantar podías escuchar en aquel lugar, solo él haciéndole el amor a su soledad, solo eso había. Con aquel propósito, el de paz, dirigió su caminata a la dirección que traía en mente, esquivando a las personas y haciéndose de oídos sordos cuando era llamado, así fue hasta que finalmente llegó a aquel parque propiedad de su abuelo que este entre susurros le había confesado su existencia: «es un sitio mágico, Keylan, aquel parque lo compré, ahí fui buscando soledad y encontré al amor de mi vida, úsalo bien, te juro que es mágico aquel sitio», esas habían sido las palabras de ese viejo moribundo al cual Keylan apreciaba, y a pesar de su partida, seguiría apreciando mucho. Antes de morir, el viejo había dado dos regalos a Keylan: aquel parque ya antes dicho y un brazalete de genuino oro, lo segundo se lo había dado con un mandato adjunto: «quiero que le des este brazalete, solo, únicamente al amor de tu vida, y no hablo de a la chica que te guste, a la chica del cual te guste su rostro, de la cual te guste su cuerpo, sus caderas agitándose, ni su voz, no, no hablo de amores carnales, hablo de a esa a la que acompañarías bajo la lluvia, aunque estuvieses hecho de fuego, a esa por la cual enfrentarías a una tijera aunque tu cuerpo sea de papel, a esa, al amor de tu vida, solo a ella le darás ese brazalete». Perdido entre esos pensamientos, Keylan rápidamente llegó al parque el cual se hallaba, como de costumbre solitario, o eso pensó.  Pues, desde la distancia, allí en uno de los columpios logró divisar la figura de una muchacha cabizbaja, su piel era muy pálida y aun desde la lejanía se podía apreciar lo muy blanca que era su piel, su cabello castaño y largo cubría las facciones de su rostro en totalidad, caía como hermosas cascadas y sus piernas se mecían al compás del columpio, a una velocidad lenta y muerta. Keylan miro una vez más la figura de la muchacha, esta no dejaba ver su rostro, pero... algo en ella era familiar… y le desesperaba a Keylan él no saber qué. Pensó en silbarle y llamar su atención, pero aquello sería no simplemente irreverente si no, también estúpido.  Fue acercándose lentamente, con el propósito de lograr ver las facciones de la chica, de saber quien era, pero esta no se movía. Apenas un escaso movimiento hizo, echando a un lado su cabello castaño, desnudando un poco sus facciones y lo poco que Keylan vio de su rostro no fue suficiente para responder a sus incógnitas sedientas y saber si aquella familiaridad que su cabeza gritaba sentir, eran solo estupideces de él. Ya cansado de tratar, sin resultados, de ver el rostro de aquella chica desde la distancia, decidió acercarse a ella, saber quien era y terminar de una vez por todas con aquel dilema estúpido que había construido en su mente, se estaba ahogando en un vaso de agua. Simplemente, si quería saber quien era, podría ir allí y averiguarlo, en lugar de espiarla desde la distancia como un enfermo demente, y así fue como lo hizo. Caminó en dirección a la muchacha, a pasos ruidosos, no buscando esconder en absoluto su presencia. La muchacha sintió aquellos movimientos y alzó su rostro. Los oscuros ojos de Harper hicieron contactos con los de Keylan. Y ahí empezó todo…
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD