[Historia planeada para pago] Inician las actualizaciones frecuentes de la novela.
El joven de aspecto gallardo y formal se bajó del auto privado. Era el único hijo de un matrimonio de personas adineradas. Había estudiado en una universidad de renombre y a sus veintiséis, ya era el vicepresidente de la compañía familiar de bienes raíces, encabezada por su admirado y respetado padre. Vestía un traje de sastre todo de oscuro que, debido a su elevada estatura y a su cuerpo robusto, se distinguía entre los hombres, siendo el más atractivo del lugar. Cargaba un portafolios en su diestra, en la que había dispuesto los papeles que necesitaba. Su cabello era castaño claro, que dado el atardecer parecía ser azabache. Mientras que su semblante era elegante y sereno, como si nada pudiera robarle la calma, o eso creía, hasta que pronto conocería a la mujer se convertiría en su némesis y la causa de su desasosiego. Además, sus ojos eran verde claro que, con facilidad, podían confundirse con unos azules como el cielo. Lucía una controlada barba en cara, que aumentaba su atractivo de príncipe de un cuento de fantasía. Los diferentes motivos que lo hacían asistir a este distinguido restaurante, no eran los mejores, puesto que, la empresa estaba sufriendo una época de crisis en la que sus finanzas estaban por llegar a un punto crítico. Sin embargo, la otra razón también afligía a su corazón, ya que su padre, el presidente de la Casa inmobiliaria Drexler, había estado enfermo, pero debido a la riesgosa situación económica que afrontaban, en los días recientes había estado con tos, fiebre, mareaos y malestar general, y hoy, justo cuando debía atender la cita con una inversionista, había amanecido muy debilitado, sin poder salir de la cama, por más que lo intentase. Eso daba parte a la tercera causa de la que se encontraba en ese sitio, y era que, se había programado una comida de negocios con la poderosa y multimillonaria inversionista, Hebe Harden, dueña y CEO de Harden Gardens Investments (HGI), que traducido se entendía como “Inversiones Jardines Harden”, siendo esta segunda una analogía a un huerto donde su dinero podía estar seguro y que florecería, como en un maravilloso paraíso. Aunque, también Ms. Harden invertía en jardines, por lo que no era del todo equivocado. Buscó en internet, donde aparecía un video, donde ella misma aparecía en la prensa, explicando de forma diestra el significado del nombre su empresa. Debía reconocer, que era original y sugestivo para el público y los potenciales clientes, independiente de cualquier estatus social al que pertenecieran.
—¿Qué…? ¿Qué hora es? —preguntó el señor Heinrich Drexler, de manera entrecortada y fatigado. Vestía pijamas, ya que no podía salir de la mansión.
El señor Drexler tenía una jaqueca, como si le hubieran dado un golpe con el reverso de un hacha (contrafilo) y le hubieran abierto la cabeza en dos. Estaba sudando por la fiebre y sintió que todas sus energías se acabaron al emitir esas palabras. Su apariencia, incluso teniendo cincuenta y dos años, era atractiva. Una melena rubia era su cabello, semejante a un experimentado león, que había sabido sobrevivir hasta la vejez. Los ojos, que todavía guardaban un brillo de vigor eran azules como el fondo del mar y en su cara, brotaba un vello grisáceo, nada más en su barbilla y su bigote, ya que la parte de sus mejillas estaban afeitadas. Debido al malestar que experimentaba, se notaba más cansado y somnoliento. En el pasado había sido un hombre deseado y saludable, que rara vez se enfermaba. Mas, ya no tenía esa energía que poseía a los veinte, cuando estaba en los veinte. Una época maravillosa y entrañable, en la que había vivido a plenitud, sin ningún lamento.
—Ya son las seis y cuarto, padre —respondió el joven Heinrich, que se hallaba en una esquina de la recámara.
Heinrich había llegado hace media al cuarto. Sabía de la reunión a la que debía asistir su padre, ya que el mismo era quien la había planificado. Estaba de pie, leyendo por cuarta vez los papeles del proyecto que iban a presentarla a la inversionista. Él era quien lo había redactado y estructurado. Se aseguraba que todo estuviera bien y no hubiera ningún error; era perfeccionista y paciente, no le importaba examinarlo las veces que fuera necesario. Aunque, en su cabeza ya estaba guardada la información por completo. Había predicho que intentaría colocarse pie, para asistir a la reunión, incluso en ese estado tan débil en el que se encontraba. Los médicos ya lo habían venido a ver y le daban las pastillas a la hora exacta. Pronto se recuperaría, quizás mañana, pero no hoy, no ahora, no cuando tenía que presentarse frente a la complicada y soberbia magnate, que podía auxiliarlos en el apuro financiero que estaban viviendo. Te conozco, porque soy tu hijo, padre, pensó, mientras lo observaba. Agradecía la educación y la estricta manera en que había sido tratado. Eso había forjado su conducta y su temple.
—¡La cita con Ms. Harden! —exclamó el hombre adulto, que estaba recostado en la cama.
El señor Drexler cambió la posición de su cuerpo de un sobresalto repentino. Apenas lo hizo, sintió un mareo en la zona trasera de su cráneo, por encima de la nuca, producto de su enfermedad. Sus parpados le pesaban demasiado, como si estuviera sosteniendo pequeñas pesas. Había estado mejorado de forma satisfactoria y se sentía bien, pero apenas había realizado ese movimiento brusco, sus males se habían incrementado en un instante, por haber hecho un mal movimiento que lo había agitado. Un insoportable frío le invadió el torso y los brazos, como si estuviera por congelarse. Maldijo en sus pensamientos el no poder tener la fuerza para pararse de la cama e ir a la cena de negocios. Había metido en problemas su propia empresa por sus descuidos y por haber confiado en persona que había considerados sus amigos, pero que lo habían encaminado a la ruina. Era responsable por del estado deplorable de la empresa, y ni siquiera podía salir de la cama. Había criado a su único hijo de un modo severo y rígido, para que se convirtiera en un hombre de carácter solio y un líder a futuro. Era lamentable la imagen que le estaba dando, al no poder solucionar sus errores. Vaya situación más vergonzosa e indeseada. Quería pasarle el testigo de la dirección de la compañía a Heinrich, pero que fuera de una empresa prospera y fuerte en el mercado, no en el estado de crisis en que se encontraba.
Heinrich Avanzó hasta la entrada donde fue recibido de forma amable por el anfitrión. Bastante lujoso, pensó. Había elegido el restaurante más elegante debido a la procedencia británica y finlandesa de la señora Harden. Los ingleses, pertenecientes a Reino Unido, estaban regidos bajo una monarquía constitucional basada en una democracia parlamentaria, por lo que debía tener elegantes y afines a la monarquía. Había escuchado de algunos colegas de su padre, cuando estaba averiguando sobre qué inversionista persuadir, para presentarle el proyecto, que Ms. Harden tenía un drástico temperamento y un carácter fuerte, de estado voluble. En cada negocio que había invertido, había prosperado de gran manera. Era como si fuera como el rey Midas, que cada objeto que tocaba lo convertía en oro. Aunque, era difícil convencerla y muchos de los allegados de su padre habían fallado en el intento y habían sido rechazados por Ms. Harden sin ninguna consideración. Además, había una regla importante que tenía la multimillonaria señora Harden, y era que, una vez declinaba un proyecto de una compañía, no volvería, ni siquiera a tenerlos en cuenta para en un futuro hacer negocios. Por lo que tantos comentarios despectivos, intimidantes y advertencias de que no la buscara, provocaron solo un sentimiento, pues desde ese momento supo una cosa; Ms. Harden era a quién debía convencer para que se convirtiera en la nueva inversionista de Casa inmobiliaria Drexler. Apostaría todo por tener a la mejor opción para poder salvar su empresa familiar. Lo dedujo en al instante, sin tener ninguna pizca de duda, Ms. Hebe Harden era su candidata ideal.
—Buenas noches, señor. Me dice su nombre por favor —dijo el anfitrión, que sostenía una tableta tecnología en sus manos, en la que tenía el registro de las mesas reservadas y de las que habían sido ocupadas sin antelación.
—Heinrich Drexler —dijo él, con astucia. En la reservación figuraba el de su padre. Pero tenían el mismo nombre, por lo que ellos no objetarían nada, ya que también era un señor Drexler. Le gustaba hacer lo correcto y seguir las leyes. Sin embargo, estaba en una situación crítica y urgente, y que no tenía espera, por lo que debía hacer uso de cualquier artimaña posible, siempre y cuando, no sobrepase los límites de la legalidad—. Tengo una reunión de negocios con Ms. Hebe Harden.
—Por supuesto, señor Drexler, la señora Harden acaba de llegar hace pocos minutos —dijo el anfitrión con cordialidad. Moldeó un gesto tenso—. Sígame por favor, lo llevará a su puesto.
Heinrich siguió al hombre desconocido. Subieron por las escaleras y caminaron hacia el fondo del segundo piso del establecimiento. Detallaba la decoración del recinto, pero todas esas mesas estaban vacías; no había nadie por allí. Era extraño, el restaurante era popular y de cinco estrellas, el primer piso estaba repleto de clientes, mientras que el segundo nivel estaba desolado y silencioso. Se fueron acercando hasta la mesa que se encontraba más a lo hondo. Allí, divisó como un enorme escolta se hallaba de pie en la parte trasera de una de las sillas, del lado izquierdo, custodiando como un guardián a la distinguida señora Harden que se encontraba sentada. A la diestra se podía divisar a una muchacha con traje formal de color azul turquí que, sin duda alguna, debía ser la secretaria de la millonaria mujer.
El guía hizo una reverencia y se marchó sin decir más. Se notaba nervioso y que solo quería salir corriendo, como un dócil venado espantado por un león debido a la majestuosa presencia de la persona que se hallaba sentada.
Entonces, luego de una exhaustiva y agotante búsqueda, Ms. Hebe Harden de treinta y ocho primaveras y el joven Heinrich Drexler de veintiséis, ambos eran sus candidatos ideales, lo que tanto necesitaban para alcanzar sus propósitos. Ella para que fuera el padre de su hijo. Él para que se convirtiera en la inversionista de su empresa y así salvar a su compañía familiar de la quiebra. Eran la pareja perfecta que se necesitaba el uno al otro. Por primera vez en todo su tiempo de vida, los dos por fin coincidían en el mismo lugar, luego de haber pactado una hora para encontrarse. Doce años los separaban desde el nacimiento de cada uno, pero en la actual época contemporánea, no era mal vista una relación donde la mujer fuera la mayor, ya que la sociedad era más liberal y predispuesta a todo tipo de relaciones: hombre y mujer, hombre con hombre, mujer con mujer y cualquier otra que existiera. Era el tiempo ideal para dar rienda suelta a experiencias nuevas que antes no habrían sido visto con buenos ojos, ni hubieran sido bien recibidas. Mas, la magnate no se inmutaba ante lo que los demás pensaran u opinaran.
Ms. Hebe Harden miró con fijeza a Sr. Heinrich Drexler, y viceversa. Los ojos verdes de él resplandecieron al igual que las perlas marrones de ella, como dos piedras que reaccionaban a la presencia de la otra. El tiempo pareció detenerse y en ese preciso momento, solo ellos quedaron el sitio, como si se hubieran trasladado a un campo griego, en el que los dos se mantenían aislados del mundo y de la realidad. Las tres hermanas del destino se regocijaban en su mística morada, de por fin, haberlos juntado, luego de una larga espera. Ms. Hebe, la hermosa diosa que era la personificación de la juventud, y el joven príncipe Heinrich Drexler, quien era el señor de la casa. Y apenas eral comienzo de su historia.