Ms. Harden quedó inmóvil y estática. Frunció el ceño y apretó los dientes, aún más ofuscada por haber pronunciado esas palabras que solo vivían en sus preciadas memorias, a las que atesoraba en silencio y en soledad. Su secretaria expiaba hasta sus más profundos secretos. Si no tenía una buena excusa, podría despedirla de inmediato, por ser tan entrometida en su vida personal. Había un límite para todo y no estaba dispuesta a dejarlo a pasar por alto.
—¿Por qué mencionas ese nombre? —preguntó Ms. Harden, con voz severa. Esto la había molestado bastante.
—El que ha enviado la propuesta de negocios es Mr. Heinrich Drexler, el presidente de la Casa inmobiliaria Drexler, y quiere tener una cena de negocios con usted, mi señora —dijo Leonora, un poco más tranquila, de poder revelarle esta información.
Leonora sabía a plenitud que, si su señora se hubiera enterado después del nombre del remitente, habría estado en muchos problemas de los cuales no había tenido salvación alguna. Hasta era muy probable perdiera su trabajo como secretaria ejecutiva.
Ms. Harden relajó las facciones de su rostro. Sus negras pupilas se dilataron al oír la novedad. En el pasado se había interesado por un solo hombre, Heinrich Drexler, pero ese ya era un señor que estaba por los cincuenta años, con hijos y esposa. Sin duda alguna, no era una opción, ni mucho menos la idea era concebible de realizar. Aunque, si había aparecido en el momento crítico, justo cuando había abandonado la iniciativa de seguir con su búsqueda de un candidato ideal, podría significar una pequeña pista, para poder cumplir su más grande deseo. No era con él, pero Mr. Heinrich Drexler, podría encaminarla a su destino. Además, no perdería nada con tener una cena de negocios. Desde que había comenzado con su búsqueda, era la primera vez que estaba cerca de lo que había imaginado como su candidato ideal.
—Entra a mi oficina —dijo Ms. Hebe, luego de haber quedado sorprendida por lo que había dicho su secretaria Leonora.
—Enseguida iré, mi señora —respondió la secretaria, con voz pasiva.
—¿Qué es lo que dice? —preguntó Ms. Hebe a la secretaria Leonora, luego de haber entrado a su despacho. Observaba con la espalda recta y las piernas cruzadas, mientras sus codos los mantenía sobre el escritorio, tapándose parte de la boca.
Ms. Hebe escuchó atenta cada parte del correo de la invitación a la cena de negocios, que le habían hecho. ¿Por qué justo en este momento? Cuando había decidido finalizar su búsqueda y cuando su esperanza de tener un hijo propio estaba por desaparecer. ¿Era casualidad? O, ¿de alguna manera se habían enterado de su gran deseo. Pero no lo había comentado con nadie y lo había mantenido en secreto. Era imposible que fuera algún plan o una conspiración en su contra. Suspiró hondo y se llevó la mano derecha a la frente. Estaba como una loca paranoica inventando historias donde era casi seguro que, había sido una entera eventualidad.
—Firma Mr. Heinrich Drexler, presidente de la casa inmobiliaria Drexler y Heinrich Drexler, vicepresidente ejecutivo —dijo Leonora, concluyendo la lectura del documento. Era interesante, ya que hace algunos días se habían enterado de la existencia de ese nombre que hizo susurrar a su señora. Pero resulta que había dos sujetos que lo tenían. ¿A quién era el que recordaba su jefa? No podía preguntarlo.
Ms. Hebe Harden confirmó lo que era obvio, pues, había tenido un hijo que, era el vicepresidente de la empresa, pero ella se reuniría con el padre. Estaba intrigada por conocer el aspecto del hijo. ¿Cuántos años tenía? ¿Cómo era la personalidad? Se mantuvo perdida en sus pensamientos, acerca de lo que iba a ocurrir. Sin embargo, no buscaría en internet a ninguno de ellos, pues quería guardar la expectativa hasta verlos en persona. Estuvo a punto de rechazar la propuesta, sin ni siquiera oír de quién se trababa. Además, en el nombre de esa compañía había quedado en el olvido, para nunca más saber de ella. Esa era la manera en que estaba acostumbrada a hacer las cosas. Si declinaba una vez, ni habría más oportunidad. Sin embargo, ¿cómo era que Leonora tenían conocimiento de ese nombre? Ya que de otra manera no se lo habría dicho, justo en el momento crítico de la conversación. Hizo memoria y recordó aquel día en que iban en el auto hacia la fundación. Así que, la había escuchado pronunciar ese nombre, y por eso había deducido que le interesaría saber quién había enviado el correo con una nueva propuesta de negocios. Estaba al pendiente de su señora. Quizás debía halagarla, para que su desempeño siguiera siendo óptimo y eficiente.
—Acepta la cena de negocios —dijo Ms. Hebe Harden. Miró con seriedad a su secretaria—. Aparta todo el piso del restaurante en el que vayamos a reunirnos. No quiero que nadie me moleste.
—Como usted ordene, señora Harden —dijo Leonora, con contenida alegría. De alguna manera, pudo haber intercedido en que su señora encontrara a quien estuviera buscando.
—Leonora —dijo Ms. Hebe, antes de que su mano derecha saliera del despacho—. Buen trabajo.
—Por nada, mi señora. Estoy para servirle —contestó Leonora, haciendo una leve reverencia. Abandonó la oficina, con una evidente sonrisa en sus labios, y se dedicó a realizar todos los preparativos para la cena.
Ms. Harden, por algún motivo desconocido, no había dejado de pensar en la reunión que tenía pendiente. Pasaba sus horas imaginado cómo se desarrollaría aquel evento. Desde aquel momento había dejado de leer descripciones y perfiles de otros hombres. Su corazón golpeaba a su pecho con más fuerza. Tenía una corazonada. Todo el tiempo que había invertido en buscar al candidato ideal, para ser el padre de su hijo. Sus manos temblaban ante la posibilidad de que por fin podría cumplir su más grande anhelo. Lo había visto como un imposible, pero con un correo inesperado, ahora estaba a algunas horas de poder encontrar lo que había estado buscando por meses. Estaba acostada en la tina, que rebosaba de espuma. Su ondulado cabello dorado estaba protegido por un gorro de baño. Salió de la bañera, con su cuerpo protegido por la blanca y esponjosa masa, como algodón blanco. Hundió el botón, para activar el agua de la regadera, la cual comenzó deshace la espuma del jabón. Se untó loción, shampoo y terminó de ducharse al cabo de varios minutos más. Cubrió su torso con la toalla. Nunca antes había tenido tantos nervios, ni había colocado tanto esmero en arreglarse, para ir a una propuesta de negocios. Se puso su vestido, se maquilló su bello rostro, peinó su dorada melena, pintó sus labios y aseguró los tacones a sus pies. Usó más perfume que el de costumbre. Irradiaba un brillo celestial y divino. Tenía treinta y ocho años, estando a solo dos de llegar a los cuarenta, pero aparentaba tener tan solo veinte y ocho. Después de todo, esa era su maldición, la de lucir joven por toda la eternidad. Más bien, era una bendición. Bajó de su departamento, hasta el acceso del edificio. Allí la estaba esperando su leal secretaria, con su escolta, que también era su chofer. Abordó el coche, mientras ellos le hacían una reverencia. Era ya de noche, las luces de la ciudad estaban en completo apogeo. Parecido a las extrañas cosas que habían estado sucediendo en los últimos días, el camino se le hizo largo. Solo quería llegar al afamado restaurante y poder tener un encuentro con Mr. Heinrich Drexler. Algo le decía que él sería quien la llevaría hasta su destino que, lo más probable, era que fuera su propio hijo, el atractivo Heinrich Drexler. ¿Cuánto esperaría para poder conocerlo? No debía mostrarse ansiosa, ni interesada, puesto que eso podría ser usado en su contra, por lo que se mostraría tan hostil y cortante, como de costumbre. Aunque esa era su esencia natural, por lo que no tendría mayor problema en hacerse odiar y comportarse de forma altiva. Era la poderosa y multimillonaria Ms. Hebe Harden, y ellos eran lo que la habían buscado, no al revés. Y desde punto inicial, tenía el control absoluto de la situación, como era costumbre. Al llegar al restaurante, fue recibida por el anfitrión en la entrada.
—Bienvenida, Ms. Harden. Es un honor y… —dijo el hombre de buen traje y aspecto. Hizo una reverencia con su cuerpo, para rendirle respeto.
—Ahórrate los halagos. No estoy en una cita, sino en una reunión de negocios —dijo Ms. Hebe, con suma rudeza—. Haz tu trabajo, que yo haré el mío.
—Entiendo —dijo el anfitrión, con voz sosegada. Palideció al instante y el semblante de su rostro, cambió de forma drástica a uno más atemorizado—. Sígame, por favor.
Ms. Harden se dirigió de inmediato al segundo piso, seguida por su secretaria y por su escolta. Pero la presencia de los dos podría no ser necesaria, todo dependería de cómo se desarrollarían las cosas. Le entregó su abrigo beige Leonora y se sentó en la silla que estaba en dirección al ingreso del establecimiento. Pidió una botella de vino tinto y se la trajeron sin demora. Observó la hora en su reloj dorado. Había llegado antes de lo pactado, por lo que tendría que esperar unos pocos minutos más, para poder continuar con el evento que podría decidir el rumbo de su vida, para siempre. Le fue servida una copa de vino tinto. Miró de cerca el color que se tornaba el líquido a través del recipiente de cristal. Agitó el vaso con suma delicadeza en su mano y lo acercó a su nariz, para oler la dulce fragancia. Sintió en su paladar el exquisito sabor de la bebida. Permaneció con semblante de juicio, hasta que expresó un gesto de aceptación. El restaurante costoso de cinco estrellas, al menos hacía honor de su distinción. Apenas había tomado un trago. Puso la copa en la mesa. No había tenido que esperar demasiado, en realidad, cuando los pasos resonaron en el pasillo del segundo piso creando una sensación de expectación. Entonces, luego de que el anfitrión se marchara, después de hacer una temblorosa reverencia, pudo distinguir al hombre que ahora se encontraba frente a ella. Sus oscuras pupilas se dilataron en su iris marrón claro de gran manera. Era la viva imagen de aquel muchacho que vivía en sus pensamientos, tal cual como lo había conocido cuando era una niña, con el único cambio de que el cabello rubio, como la melena de un poderoso y temido león, era ondulado y no lisa, como en aquella época pasada. Los vellos de su piel se erizaron y permaneció en shock por los siguientes segundos, como si hubiera sido hipnotizada. Había estado esperando encontrarse con un señor mayor de cincuenta años, canoso y fuera de forma. Aunque esto último ya era un prejuicio de parte de ella. Sin embargo, se había llevado la sorpresa de coincidir con el que era obvio, era el hijo del Sr. Heinrich Drexler, el que había visto en su infancia. Inclinó su cabeza hacia atrás y cruzó miradas con aquel que encarnaba a su primer y único amor platónico en toda su vida. Tanta era su sorpresa que, enmudeció y sus pensamientos se quedaron en blanco al hacer corto circuito con inicio inesperado de los eventos, porque todas sus predicciones que ya había planeado en su cabeza se habían venido abajo, como un castillo de cristal que se derrumbó al más mínimo temblor. Era una mujer que le gustaba estar preparada con antelación para cualquier cosa. Mas, él era el primero en mucho tiempo que lograba tomarla desprevenida y sin guardia. Su corazón latió de manera acelerada, como si todos sus sentidos le estuvieran advirtiendo, o no, como si le estuvieran avisando de que él era su destino. No lo había previsto de este modo y no se había dispuesto de manera psicológica para tratar con él. Desde este preciso instante lo supo, y por eso estaba tan ofuscada. Ese chico era su candidato ideal. Poseía desde el prototipo físico del hombre al que le gustaría que fuera el padre de su hijo, así como el intelecto para haber realizado tan brillante plan estratégico. No lo había decidido en este preciso momento, sino que, desde siempre, había estado buscando la figura del joven que se había guardado en su memoria. Así, susurró en sus pensamientos: Heinrich Drexler.