La fiesta era un éxito, los diferentes invitados felicitaban a la pareja que después de veinte años parecían tan enamorados como el día que se dieron a conocer en sociedad. Amigos, conocidos, socios y nuevas alianzas se formaban entre aquellos que el mundo de la empresa más famosa de textiles del país dio la bienvenida.
No obstante, el punto débil de la reunión era la ausencia de Vila de Pozo, la madre adoptiva de Hadriel, para antes del brindis ya todos conocían la triste historia de Galia y como Envers se desvivió por darle a la hermana de Román todos los cuidados médicos necesarios, además, de dos o tres comentarios ácidos sobre como Maia no quiso suspender la celebración, lo que fue suficiente para que, aquellos que veían a la mujer como la reencarnación de Abraham, reprobaran el comportamiento.
Cristóbal tuvo que ser detenido en más de una ocasión por Portia de no insultar a quienes señalaron a su amiga como desconsiderada. Al menos, hasta el momento, la única que se mantuvo en el papel correcto de buena hija fue Leila, sin despegarse de sus padres, la adolescente fue capaz de mantener las apariencias e incluso demostrar porque era una excelente heredera de una de las fortunas más sólidas del país.
Maia por su parte, estaba cansada, quería ignorar el pesado ambiente que Araceli creaba con su actitud entrometida de sabelotodo. Las interrupciones en las conversaciones que sostenía con posibles inversionistas hacían que las personas terminaran retirándose y pidiendo disculpas para marcharse lo antes posible del lugar, en lo transcurrido de la noche varios de estos invitados especiales se fueron o se negaron a una charla con ella sobre la fundación o cualquier otro negocio que tuviese para proponer, incluidos los de la textilera.
La cara de satisfacción de la mujer cuando esto ocurría era la advertencia para Maia de que, en la asamblea de socios del día siguiente, tendría una discusión con Hadriel por los capitales que se fugaron y las dudas que podrían resquebrajar la credibilidad de la empresa en el mercado.
Se retiró hacia la terraza tratando de recuperar un poco de su estabilidad para poder enfrentar la última parte de la reunión, gracias a Dios sólo faltaba el brindis y el bufet, miró el reloj, tendría que esperar media hora, luego de eso se iría a la casa sola, ya Román había dejado en claro que Hadriel se dirigiría al hospital para estar con Galia, y Leila, sutilmente, pidió permiso para quedarse con su tía Ara. Otra noche en una gran cama vacía, con un matrimonio que ni siquiera sabía cómo se había sostenido por tantos años con la continua intervención de los Pozo.
Muy a su pesar, sabía que la presencia de Hadriel en la clínica era necesaria, al fin y al cabo, él era quien costeaba los gastos de Galia, o como muchos la denominaban, la hermanita menor de su esposo, una lástima que en tantos años jamás la hubiese visto. Los comentarios de Portia sobre ella no eran halagadores, y la verdad es que, en los balances de la empresa, siempre vio desembolsos mensuales con su nombre, pero como era una de los aportes a la familia adoptiva de Envers, jamás se preocupó por eso.
Observó de nuevo la hora, que importaba si se adelantaban veinte minutos, bebió de la copa de vino en su mano y entró con una sonrisa a buscar a Hadriel, Maia lo encontró al lado de Román y con un gesto bastante amargo en ambos, que no disminuía el atractivo poseían.
Reconoció que eran un deleite a los ojos de muchas mujeres y hombres, aunque Pozo nunca tendría la presencia dominante de Hadriel, el tipo era atractivo con sus 190 centímetros de altura, sus ojos azules y su cuerpo con la justa proporción de músculos. Con los años había aprendido a vestirse apropiadamente, ya no lucía los pantalones descoloridos y las camisetas con el cuello y las mangas recortadas haciéndolo lucir como un vago, ahora sus trajes y ropa deportiva era de marca, se hacía la manicura y mantenía el cabello bien recortado al igual que la barba que enmarcaba su rostro.
Hadriel volteó a verla cambiando la expresión a una gran sonrisa, la tomó de la cintura y le dio un beso que sacó un bufido a Román.
Portia hizo sonar una copa contra el micrófono llamando la atención a los presentes que fueron cogiendo el champagne que les entregaban los meseros de manera diligente. En el momento justo, llamó a Maia y Hadriel al escenario, la pareja tomada de la mano escuchó los aplausos.
—Amigos, esta noche es de gran felicidad para mí y para mi esposa —dijo Hadriel mirando a Maia que le sonrió aceptando que la acercara a su cuerpo—. La mujer que me ha acompañado por veinte años, que estuvo a mi lado ayudándome a acrecentar el legado de mis padres, que ha dejado muchos de sus sueños para que yo alcance los míos, y que me regaló a mi princesa, a Leila.
Hadriel cogió las manos de Maia observándola a los ojos con un sentimiento que esta última determinó como agradecimiento, por un instante se sintió desconcertada, ella amaba a su esposo, esperaba encontrar algo más allí, pero no había nada, no vio amor sino cariño, no percibió pasión, simplemente le transmitió la sensación de ser admirada de la misma manera que una de las costosas pinturas o esculturas de Port Prince.
Algo contradictorio cuando lo escuchó hablar con tanta convicción al hacer la propuesta.
—Te amo Maia, por eso —se agachó sacando del bolsillo de su saco una cajita que abrió mostrándose a su esposa— ¿Me harías el honor de aceptar mi propuesta de renovar nuestros votos matrimoniales?
El salón quedó en silencio esperando la respuesta de la ceniza que guardó silencio, ella amaba y deseaba a su esposo, a pesar de la discusión y los insultos de la noche anterior, esperó la explicación y comprendió el estrés por el que estaba pasando, analizó lo ocurrido sabiendo que era la única gran pelea que tenían desde que se casaron. Entonces, ¿Por qué no se sentía feliz por la propuesta?
El sonido de los aplausos solitarios de alguien retumbó en el lugar.
—¡Bravo! ¡Bravísimo! Por favor demos un aplauso al señor Envers —cogiendo una de copa de manos de un invitado, el desconocido siguió hasta el escenario para ubicarse al lado de Hadriel sonriéndole de medio lado—. Damas y caballeros, tío Román, tía Araceli, acompáñenme a felicitar y darle la posibilidad a la señora Envers de pensar si aceptara o no la propuesta de renovar esta mascarada.
Hadriel palideció soltando las manos de Maia que notó el malestar de su esposo, Román de inmediato se subió a la tarima y le dijo al desconocido que debía retirarse, que no era el momento.
El joven se rio de buena gana cuestionando «¿cuál sería, entonces, el mejor momento?».
Maia vio como Pozo haló al castaño frente a ellos, el chico era muy parecido a alguien que hace muchos años conoció, su recuerdo era muy borroso, pero allí estaba, el cabello desordenado, los ojos avellana, la quijada cuadrada y la sombra de una barba que se notaba fue rasurada hace pocas horas, trajo a su mente una reunión de su padre en el despacho de Port Prince.
El forcejeó la sacó de sus pensamientos, Hadriel le pidió que lo esperara afuera, ya hablarían, pero no frente a todo el mundo.
—¡Suéltalo!
—Maia, por favor, permíteme solucionar esto en privado—pidió el azabache a baja voz.
—¿Por qué Hadriel? Acaso ¿escondes algo que no puedo saber?
La risa del menor los hizo posar sus ojos en él, que liberándose del agarre de Román arregló su traje, cogió el micrófono y con rapidez habló atrayendo de nuevo la atención del público.
—Alcemos las copas para brindar por Maia Bazma, la mujer que ha llevado durante veinte años los cuernos más grandes que he conocido, y por Hadriel Envers, mi padre, ¡Salud!
El silencio fue total, el joven bebió el champagne para tirarla contra el suelo provocando que varios se sobresaltaran, bajó de la tarima y se perdió en el fondo del salón que explotó en murmullos.
Maia lo vio salir en silencio, no sintió la voz de Hadriel y tampoco supo en que momento la arrastraron en dirección contraria a la puerta donde quería ir, percibió las manos de alguien tomando su rostro y obligando a mirarlo. Los ojos violetas de Cristóbal estaban fijos en los suyos, los labios de su amigo se movían, pero no podía comprenderlo, en ese instante se acordó de quien era el que le recordaba el joven, al padre de Hadriel, Jonas Envers…sacudió la cabeza y se soltó del agarre, sin importar los gritos de su amigo caminó hacia el interior del salón, con suerte Portia logró detenerla.
—No es el momento, vamos a Port Prince.
Maia pareció despertar del shock, asintió, tomó el abrigo que le ofrecían y salió con las dos personas que le eran leales por encima de cualquier situación.
El auto de Cristóbal abandonó el club tratando de mantenerse dentro de los límites de la máxima velocidad permitida en este, al salir del lugar aceleró al máximo, debió transcurrir más tiempo del que pensaba, porque se encontraban bastante lejos cuando pudo divisar al joven que rebasaron.
—¡Detente Cristóbal!
—No te debe importar Maia, déjalo ir.
La ojigris negó solicitándole una vez más que se detuviera, el moreno exhaló fastidiado orillándose.
El castaño observó el carro parquearse, la puerta trasera se abrió, sorprendiéndose por la persona que descendió para dirigirse hacia él. La mano que le fue extendida lo hizo tragar en seco, tiró la botella de licor devolviendo el gesto.
—Mucho gusto, soy la esposa cornuda, Maia Bazma.
—El gusto es mío, Jared Envers —repuso con una sonrisa.
—Vamos a Port Prince.
El chico afirmó con la cabeza sin soltar la mano que apretó como si estuviese agarrándose de un salvavidas, esto resultó mejor de lo que planeaba, que Hadriel Envers se preparara para lo que vendría.