—Sí. Vale— le digo aceptando su invitación. Me guía hasta su coche y vuelve a abrirme la puerta como la otra noche, ayudándome a sentarme antes de cerrarla con suavidad. El motor ronronea al encenderse y sale del aparcamiento con fluidez. La música llena el coche mientras conducimos, y me sorprendo moviendo la cabeza al ritmo. No reconozco todas las canciones, pero me gustan. Parecen elecciones sorprendentes para Cole, aunque poco a poco estoy aprendiendo a no hacer suposiciones sobre este hombre. Casi siempre me equivoco. Aun así, la música contrasta mucho con el aura que suele proyectar, que es dura, dominante y abrumadora. Estas canciones son inquietantes. Hermosas. Melancólicas. Cuando llevamos más o menos la mitad del camino a mi casa, me mira de reojo. —Siento que no hayas conse

