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Devorada Por Los Tres

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intro-logo
Blurb

Hace dos años y medio, Jade se interpuso en el camino de tres balas destinadas a un desconocido de ojos hipnóticos. Casi muere, pero igual perdió algo importante de su vida. Y desde entonces, ha intentado reconstruir una vida rota: trabajando en un bar de mala muerte, estudiando sola en bibliotecas y manteniendo a todo el mundo a distancia.

Pero el pasado no muere tan fácil.

Cole, Roy y Darren, tres hombres peligrosos, hermosos y letales, han vuelto a su vida. No como salvadores. Como sombras que la persiguen en cada esquina: en la calle, en el autobús, en su propio apartamento. La vigilan. La acorralan. La tocan. La desean Y cada encuentro enciende algo que Jade juró nunca volver a sentir: deseo mezclado con terror.

Ellos dicen que la protegen. Pero sus miradas prometen algo mucho más oscuro: posesión total. Tres obsesiones. Tres reclamos. Y una verdad que Jade no puede ignorar: aquella noche en el callejón no fue un accidente. Fue el comienzo de un juego del que no puede escapar.

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Capitulo 1
Marrón y azul. Como la tierra y el aire. Eso es lo primero que noto de los ojos del desconocido mientras pasa rozándome en el club abarrotado, abriéndose paso a través de la masa de cuerpos que se contonean a nuestro alrededor. Por un instante pienso que debe ser un truco de la luz, una ilusión provocada por los focos que parpadean al ritmo del pesado latido de la música. Pero cuando uno de los potentes focos blancos atraviesa la neblina que flota sobre los bailarines e ilumina su rostro, compruebo que no me equivoco. El ojo izquierdo del hombre es de un marrón chocolate intenso, pero el derecho está compuesto por dos colores distintos. La mitad del iris es del mismo marrón profundo que el izquierdo, pero la otra mitad es de un azul claro, como el cielo en un día sin nubes. Tierra y aire. Es extraño, pero hermoso. Hay algo tan jodidamente hipnótico en ello que me descubro incapaz de apartar la mirada, zarandeada bruscamente por los bailarines mientras mi propio cuerpo se detiene por completo. Lo estoy devorando con los ojos de una forma que no es ni sutil ni educada, y él debe sentir mi descarada mirada porque sus ojos bajan un instante para encontrarse con los míos. Sus cejas se fruncen ligeramente. Nuestras miradas se enganchan y una extraña corriente me recorre, como si algo frío y caliente a la vez hubiera rozado mi piel. Entonces la densa marea de cuerpos se mueve y él se pierde entre la multitud, seguido por dos sombras oscuras, hombres casi tan altos e imponentes como él. — ¡Joder, Jade! ¡Ese hombre estaba buenísimo! —grita Mollie en mi oído mientras me agarra del brazo, y yo hago una mueca por el chillido agudo de su voz. Que la música esté a todo volumen no significa que quiera que me taladren el tímpano con ese grito. Asiento, intentando convertir mi mueca en algo parecido a una sonrisa. — Y sus amigos. ¡Dios mío! ¿Los viste? ¡Joder! ¡A lo mejor eran hasta más buenos que él! Su voz sube otro tono en agudeza y volumen, y yo me aparto un poco, liberando mi brazo de sus uñas afiladas y perfectas. No llegué a ver bien a los dos acompañantes, pero si se parecían en algo a él, no me extraña que esté babeando por ellos también. — Entonces, ¿vas a ir por él o qué? —se acerca otra vez para gritarme al oído antes de apartarse y sacar la lengua de forma lasciva mientras se mueve al ritmo—. Porque si tú no lo haces, yo te juro que sí. Un pinchazo inesperado de irritación me atraviesa. Ni de broma voy a restregarme contra un desconocido como hacen la mitad de las chicas aquí, aunque parezcan estar pasándoselo en grande. Eso no va conmigo. Pero la idea de que Mollie vaya a hacerlo me enfurece de una forma totalmente irracional. Gaff. ¿Por qué coño me importa? ¿Qué mierda hago aquí siquiera? No sé muy bien por qué acepté la invitación de esta chica para salir a bailar con ella y unas cuantas más del instituto. Llevo solo un par de meses por aquí, cambié de escuela cuando me mandaron a vivir con una nueva familia de acogida y no he hecho ningún esfuerzo por hacerme amiga de nadie. Así que la repentina amabilidad de Mollie me pone en alerta. Crecer como niña de acogida me enseñó a desconfiar de cualquiera que sea demasiado amable sin motivo aparente. Casi siempre son el tipo de personas que solo quieren acercarse para quitarte algo. Ya sea tu comida, tu dinero o tu virginidad. Todavía no he descubierto qué quiere Mollie de mí. Pero la forma en que me grita al oído y me agarra con esas uñas largas y cuidadas me hace desear haber me quedado en casa encerrada en mi habitación para evitar a mi padre de acogida como siempre. La idea de otra noche esquivando sus «accidentes» y sus miradas babosas me eriza la piel, y sacudo la cabeza mientras miro alrededor del club. A la mierda. Al menos estoy fuera de casa. Seré libre de forma definitiva del sistema de acogida cuando cumpla dieciocho en seis meses. El final está cerca. Solo tengo que aguantar hasta entonces. — Mierda. Joder, ¿dónde se metieron? Las uñas de Mollie se clavan otra vez en mi brazo mientras escruta la multitud, lamiéndose los labios como un personaje de dibujos animados. No puedo evitarlo. Mi mirada sigue la suya, recorriendo la enorme pista de baile y las mesas y la barra mal iluminadas que rodean el local. No veo al tipo ni a sus amigos, y reprimo una sonrisa de satisfacción cuando Mollie hace un puchero. — Mierda —gruñe, ajustándose la camiseta ajustada y tirando de ella hacia abajo para enseñar más escote—. Eran la única carne fresca decente que había visto en toda la noche. — Lo siento —murmuro, sin importarme que la música se trague mis palabras. No lo siento en absoluto. El objetivo de mi vida no es conseguir que Mollie folle, y no tengo especial interés en verla llegar a la tercera base con un tipo en la pista. Mucho menos con ese hombre. Decepcionada por perder a su presa, por fin se calla, y bailamos un par de canciones más sin hablar. Estoy sudada y acalorada, y el golpe del bajo parece ahogar hasta mi propio latido hasta que es lo único que siento en el cuerpo. Mientras me dejo llevar por la música, la tensión y la irritación se disipan, y recuerdo por qué mierda acepté salir esta noche. Por esto. Por esta sensación de energía. De ingravidez. De libertad. — Oye, ese de ahí está bastante bueno —señala Mollie a un típico chico popular, que nos mira con descaro desde el otro lado de la pista. Saca pecho y se gira hacia mí moviendo las cejas—. Venga, vamos a darle un espectáculo. Empieza a intentar restregarse contra mí y yo la empujo, dando un paso atrás. Jesús. Si voy a «dar un espectáculo» para algún niñito con dinero de papá, que al menos me paguen por ello. — Nah, voy a tomar un poco el aire —grito por encima de la música. Señalo con la cabeza al tipo que sigue mirándonos con una sonrisa confiada—. Tú puedes hacer… lo que quieras. Vuelve a hacer puchero, pero antes de que pueda decir nada más, me escabullo entre la apretada marea de cuerpos de la pista. La puerta por la que entramos está detrás de mí, pero en lugar de ir hacia allí, me dirijo al pasillo que lleva a los baños y probablemente a otra salida. Necesito silencio, y no me apetece lidiar con un montón de clones borrachas de Mollie peleándose por quién paga el Uber de vuelta. Por suerte, encuentro una puerta al final del pasillo con un cartel de salida iluminado encima. Empujo la barra metálica y salgo al callejón trasero del club. El aire fresco me recorre la piel húmeda y se me pone la carne de gallina por todo el cuerpo. Pronto llegará la primavera, pero el aire del desierto de la ciudad siempre trae un frío por la noche. El callejón huele un poco a aceite rancio y orines, pero ahora mismo prefiero eso mil veces al olor a cuerpos sudados y colonia barata. Meto la mano en el bolsillo, saco el paquete de mentolados y el mechero, me coloco uno entre los labios y lo enciendo. Mis pulmones se llenan de un ardor que al mismo tiempo refresca, y doy dos caladas largas más mientras la calma empieza a filtrarse en mis huesos. A lo mejor me largo ya y dejo tiradas a Mollie y a las demás. Seguro que ni se entera. Claro que no. Estará demasiado ocupada follando con el ricachón en el baño. Me río bajito para mí misma, apoyándome en la pared y echando la cabeza hacia atrás para soltar una larga columna de humo en el aire fresco. Llevo camiseta de tirantes y vaqueros, y el ladrillo áspero se clava en la piel expuesta de mi espalda. Pero me gusta la sensación. De alguna forma me ancla. La puerta por la que salí es de metal macizo, así que amortigua el sonido de la música, pero todavía siento el ritmo reverberar en mi cuerpo como un eco. Muevo la cabeza al compás, bailando solo un poco mientras termino el cigarro y tiro la colilla al suelo sucio. Luego miro la puerta una última vez antes de apartarme de la pared. Si Mollie se da cuenta de que la dejé plantada, seguro que se molesta. Probablemente montará un drama absurdo en el instituto y tendremos una «ruptura» aunque nunca hayamos sido amigas de verdad. Qué más da. Camino hacia la salida del callejón, pisando con cuidado entre botellas vacías y basura esparcida por el suelo oscuro. Al acercarme a la calle, veo una figura de pie en la acera, justo en la boca del callejón. Cuando estoy más cerca, me doy cuenta de que es él. El del club. El de los ojos extrañamente hipnóticos.

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