Capitulo 2

998 Words
Está hablando en voz baja con sus dos amigos. Forman un coro suelto, con las cabezas ligeramente inclinadas y expresiones serias. Me parece raro. ¿Qué puede ser tan serio en una noche de fiesta en un club? Desde luego no están discutiendo quién paga el taxi de vuelta, eso está claro. Los tres están justo fuera del callejón y la calle está lo bastante oscura como para no distinguir bien sus caras. Lo cual es una pena, porque por alguna razón me muero de ganas de verlas. Quiero saber cómo son estos hombres tan extrañamente serios. No pueden ser mucho mayores que yo. ¿Veinte? ¿Veintiuno como mucho? Durante un segundo loco pienso en sacar otro cigarro y pedirles fuego. Cualquier excusa para hablar con ellos. Pero así no es como vivo mi maldita vida. Mollie, que nunca ha tenido que lidiar con nada peor que una multa por exceso de velocidad, un castigo de sus padres o una ruptura, quizá haría algo así. ¿Yo? He aprendido que la mejor forma de evitar problemas en este mundo es mantener la cabeza baja y pasar desapercibida. No invitarlos a tu vida. Así que, en lugar de girar hacia los tres hombres al salir del callejón, giro en dirección contraria. O al menos empiezo a hacerlo. Antes de dar más de un paso, un SUV oscuro pasa despacio y silencioso. La ventanilla trasera está medio bajada y veo una mano asomarse, sosteniendo algo oscuro y metálico. La tenue luz de las farolas parpadeantes se refleja en la superficie brillante y la adrenalina me estalla dentro como una bomba cuando reconozco qué es. Un arma. Mi corazón da un vuelco, alimentando la adrenalina que me recorre como gasolina. Todo sucede demasiado rápido y demasiado lento al mismo tiempo. El arma está apuntando al hombre de ojos azul y marrón, que está de espaldas, todavía hablando con sus amigos. Abro la boca para gritar una advertencia, pero antes de que salga una sola palabra, mis pies ya se mueven. Corro hacia adelante. El arma dispara. Tres tiros resuenan en el aire quieto y frío. Pop pop pop. Mi cuerpo se sacude con cada impacto. Es como si alguien me hubiera dado tres puñetazos en el torso, la fuerza de los golpes me lanza por los aires. El cemento sucio de la acera sube a mi encuentro y me estrello contra él con todo el cuerpo, golpeándome la cabeza con fuerza. Los neumáticos chirrían mientras el coche se aleja a toda velocidad. Otro chirrido suena al doblar la esquina al final de la manzana. Sobre mí, voces gritan, tres barítonos profundos diciendo palabras que no consigo entender. Estoy… mojada. Hay un líquido que se extiende en un charco a mi alrededor, y cuando llevo una mano temblorosa al pecho, mis dedos vuelven teñidos de un rojo oscuro y profundo. Sangre. Ahora la saboreo en la lengua, metálica y amarga. Me cuesta respirar. Me cuesta tragar. Me cuesta pensar. Mi cuerpo ya no parece mío. Ni siquiera estoy segura de seguir sintiendo todos mis miembros. ¿Todavía los tengo? ¿Sigo aquí? Mi mente no puede procesar lo que acaba de pasar. Cómo pasé de estar viva y entera a desangrarme en una acera en menos de un minuto. Entonces los gritos de arriba se callan y, de repente, un rostro aparece sobre el mío. Marrón y azul. El hombre del club. Miro fijamente esos ojos preternaturalmente hermosos mientras él me mira a mí. Mis labios se mueven, pero el sonido se niega a salir. — Joder —dice con voz ronca y profunda. Su mandíbula cuadrada está tensa y sus labios carnosos forman una línea dura. Intento hablar otra vez, levantando una mano temblorosa hacia él, obligando a mis músculos moribundos a obedecer. Mis dedos dejan pequeños regueros de sangre en su mejilla y algo brilla en sus ojos. Me agarra la mano con las suyas, mucho más grandes, su mirada intensa mientras sus ojos van de uno de los míos al otro. — ¡Cole! —la nueva voz suena como si viniera de kilómetros de distancia. De otra dimensión o de otro planeta tal vez—. Tenemos que irnos. ¡Ya! La ambulancia está… Lo que sea que diga después se pierde para mí. Está demasiado lejos. O quizá soy yo la que está demasiado lejos. Me hundo a través del cemento bajo mi cuerpo, a través de la sangre que me rodea. Caigo en la nada. El desconocido de ojos impactantes y pelo castaño oscuro baja la cabeza. Sus labios rozan el borde de mi oreja y no tiene nada que ver con cuando Mollie me gritó antes. Su voz no raspa. No es un chillido agudo. Es un ronroneo grave y juro que siento las vibraciones hasta los huesos. Murmura algo y yo intento aferrarme a sus palabras. Intentar descifrarlas. Pero la consciencia se me escapa. Nada tiene sentido ya. Sus palabras son sonidos sin significado que flotan por mi cerebro sin contexto. Dos figuras aparecen detrás de él, sus rostros borrosos y rodeados de halo mientras mi mirada pierde aún más el foco. Lo levantan y lo apartan de mí, y la repentina ausencia de su cuerpo sobre el mío me envía una oleada de pánico. Una sensación de pérdida. Casi peor que morir. Otro sonido estridente sube en el aire y hago una mueca ante el chillido agudo. Eso sí duele tanto como la voz de Mollie. Quizá más, porque es incesante, interminable. Los tres hombres desaparecen de mi vista y, por un momento, estoy sola en la acera fría y dura, mirando las farolas parpadeantes y las pocas estrellas sucias visibles en el cielo nocturno. Entonces nuevos cuerpos me rodean. Nuevas voces, hablando en tonos cortantes y serios. Han venido a salvarme, me doy cuenta mientras el último resto de fuerza se me escapa del cuerpo. Han venido a evitar que muera. Pero creo que llegan tarde. Creo que ya estoy muerta.
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