—¿Qué…? —Mi voz no quiere funcionar. Tengo que forzar las palabras, y apenas son un susurro cuando finalmente salen—. ¿Qué estás haciendo? No responde, pero esa misma expresión de dolor pasa por su rostro mientras mira mi piel marcada. Como si le doliera ver los restos de mis heridas. Luego sus yemas bajan, tirando un poco del escote de mi camiseta para revelar el segundo agujero de bala cicatrizado. Las almohadillas ásperas de sus dedos rozan la curva de mi pecho, y mis párpados se agitan mientras una oleada de sensación me recorre. Podría huir. Podría escabullirme, abrir la puerta de golpe y bajar corriendo los escalones. Ya no me está sujetando físicamente. El único punto de contacto entre nosotros es donde sus yemas acarician suavemente mi piel. Pero ese toque suave me clava

