Preguntas

1039 Words
+VIKTOR+ El frío del suelo de mármol me caló en los huesos antes de que mis sentidos terminaran de despertar. Estiré el brazo por puro instinto, buscando el calor de la piel que anoche había reclamado con una voracidad que aún me hacía vibrar los músculos, pero mi mano solo encontró sábanas revueltas y una ausencia que me golpeó como un disparo a quemarropa. Me incorporé de golpe, con el corazón martilleando contra mis costillas. —¡Clara! —mi voz salió ronca, cargada de una urgencia que me asqueó. Odiaba mostrar esa debilidad, ese pánico visceral a que el pájaro hubiera escapado de la jaula antes de que yo pudiera ponerle el candado definitivo. Nadie respondió. El silencio de la suite era sepulcral, solo interrumpido por el zumbido lejano del aire acondicionado. Me puse de pie, ignorando la punzada de la resaca en las sienes, y busqué por el vestidor, en el baño, incluso detrás de las cortinas de terciopelo pesado. Nada. Estaba solo. La habitación, que anoche fue el escenario de una batalla carnal sin precedentes, ahora se sentía como una tumba de lujo. Me miré en el espejo de cuerpo entero. Estaba desnudo, con el torso marcado por sus uñas, pequeños surcos rojos que eran el testamento de su resistencia y su entrega. Tenía el aspecto de un hombre que acababa de salir de una trinchera, no de un Don a punto de casarse. Con un gruñido de frustración, me puse lo primero que encontré: unos pantalones de lino oscuro y una camisa negra que no me molesté en abotonar del todo. Necesitaba encontrarla. Salí de la habitación a zancadas, bajando las escaleras con una energía violenta. Cada escalón me recordaba el peso de mi cuerpo sobre el suyo, el sonido de su respiración rota cuando finalmente cedió. Al llegar al vestíbulo principal, me detuve en seco. Dante estaba allí, apoyado contra la barandilla con esa elegancia natural que siempre me había hecho sentir como un perro de presa frente a un aristócrata. Sostenía una taza de porcelana blanca, el vapor del café acariciándole el rostro impasible. Me miró de arriba abajo, sus ojos analizando mi desorden con una perspicacia que me hizo tensar la mandíbula hasta que me crujieron los dientes. —Las mujeres se han marchado al despuntar el alba, Viktor —soltó él, con esa calma exasperante que solía usar para dar órdenes o sentencias de muerte—. Elena y Gianna se llevaron a tu "reina" para los preparativos finales. El vestido, las joyas... ya sabes, las trivialidades que mantienen la paz antes de una guerra. Asentí con un gesto brusco, intentando que no se notara el alivio amargo que me recorrió. No se había escapado; simplemente se había ido con la mujer que todavía habitaba mis pesadillas. —Voy a la cocina —mascullé, tratando de esquivarlo. —Vamos a desayunar juntos —me interrumpió Dante, dejando la taza sobre una mesa auxiliar con un clic metálico—. Los niños están en el jardín con las niñeras. Es el momento ideal para que hablemos de hombre a hombre, o de Don a Don, si es que ese título no te queda todavía demasiado grande. + Entramos en el comedor, un espacio que siempre me había parecido excesivamente vasto, con techos que devoraban cualquier atisbo de calidez humana. El aroma a café recién molido y pan horneado chocaba con la acidez que me corroía el esófago. Me senté frente a Dante, sintiendo el peso de su escrutinio como si fuera un cañón apuntándome a la frente. El muy bastardo se veía impecable, ni un solo cabello fuera de lugar, mientras yo sentía que todavía llevaba el olor de Clara impregnado en mis poros, una mezcla de inocencia perdida y el rastro metálico del deseo que me desdibujaba los bordes. A través del imponente ventanal que dominaba la estancia, el jardín de los Varonelli se desplegaba como una postal de perfección engañosa. Allí, ajenos a la sangre que cimentaba su apellido, los hijos de Dante y Elena estaban en el jardín, seguidos de cerca por los dos pequeños de Gianna. Eran el legado, la prueba viviente de que la oscuridad podía engendrar luz si se protegía con suficiente violencia. Los observaba con una envidia sorda, preguntándome si algún día mi propio linaje, surgido de una transacción comercial con una chica de los muelles, tendría esa misma apariencia de paz. —¿Cómo marchan los negocios, Viktor? —La pregunta de Dante llegó con la ligereza de una pluma, pero cargada con el plomo de la advertencia—. Sé que prometí que me alejaría del tablero. En cuanto el anillo esté en el dedo de esa chica, me largo con mi familia. Elena, mis hijos, Gianna y los suyos... todos nos retiramos al silencio. Pero no puedo evitar sentir esa curiosidad molesta que tiene un mentor antes de soltar a su mejor perro de presa. Tomé el cuchillo de plata y corté una pieza de fruta con una precisión innecesaria, sintiendo cómo el filo se hundía en la pulpa. —Bien —respondí, mi voz era un gruñido seco que raspaba el silencio—. El puerto está bajo control. He pensado en darme unos días de margen, despejar el panorama mientras se asienta el polvo de la ceremonia. Durante ese tiempo, Clara se quedará en la villa con su abuela. Necesito que se aleje de la mansión mientras termino de limpiar los focos de resistencia de las familias menores. Dante dejó su taza de porcelana sobre el mantel de lino con una parsimonia irritante. Se reclinó en la silla, entrelazando sus dedos largos y finos. Sus ojos, esos que habían visto el fin de imperios enteros, se clavaron en los míos, buscando la grieta en mi armadura de acero. —Viktor... —empezó él, y el tono de su voz cambió. Ya no era el Don hablando con su sucesor, sino el hombre que me conocía mejor de lo que yo quería admitir—. Dime la verdad. Entre estas cuatro paredes que pronto serán solo tuyas. ¿Quieres a esa chica? ¿O simplemente estás intentando llenar un vacío que tiene nombre de reina con el cuerpo de una plebeya?
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD