+CLARA+
La campana de cristal de la boutique tintineó con una delicadeza que me resultó insultante. El aire aquí dentro no era como el de la calle; olía a sándalo, a orquídeas frescas y a ese aroma aséptico de las cosas que cuestan más de lo que una persona normal gana en una década. Mis pies, todavía pesados por el cansancio de la noche anterior y el roce constante de los muslos que me recordaba la invasión de Viktor, se hundieron en una alfombra de color crema tan espesa que sentí que el suelo intentaba devorarme.
—Bienvenida, mademoiselle —dijo una mujer de aspecto afilado, vestida con un traje sastre n***o que no tenía ni una arruga. Sus ojos me recorrieron con una precisión clínica, tasando mi valor antes de que abriera la boca. Supongo que vio mis manos, manos que habían fregado suelos hasta hace varias semanas, y luego miró a Elena y a Gianna, reconociendo el apellido Varonelli en el brillo de sus joyas y la rectitud de sus espaldas. Su actitud cambió instantáneamente a una servidumbre casi religiosa.
Me llevaron a un vestidor que era, básicamente, más grande que la habitación que antes compartía con mis hermanos en el Hueco. Las paredes estaban cubiertas de espejos trípticos, obligándome a ver cada ángulo de mi cuerpo, cada rastro de la “propiedad” que Viktor había reclamado.
—Empecemos con algo clásico —susurró la dependienta, desapareciendo tras una cortina de seda y regresando con una montaña de tul y encaje que parecía pesar una tonelada.
El primer vestido era una estructura de satén rígido, un corte princesa que me hacía sentir como una figura de porcelana atrapada en un molde de yeso. Mientras la mujer me subía la cremallera, tuve que contener la respiración. No por la belleza del diseño, sino porque el roce de sus dedos fríos cerca de las marcas que Viktor me había dejado en la espalda me hacía querer gritar.
Salí del vestidor con pasos vacilantes, arrastrando metros de cola. Elena y Gianna estaban sentadas en un diván de terciopelo, con copas de champán que habían aparecido mágicamente.
—Demasiado... tradicional —sentenció Gianna, ladeando la cabeza con un gesto de desaprobación—. Pareces una tarta de bautizo, Clara. Necesitamos algo que diga “Reina de Marsella”, no “Novicia en su primera comunión”.
Elena, en cambio, no dijo nada de inmediato. Se levantó y caminó hacia mí, rodeándome. Su perfume era una bruma de jazmín que me mareaba. Se detuvo detrás de mí, ajustando un pliegue del hombro, y nuestros ojos se encontraron en el espejo.
—Es hermoso, pero no es ella —dijo Elena con una voz que cargaba una melancolía que me atravesó—. Viktor no quiere a una santa en el altar, Gianna. Quiere algo que le recuerde que ha ganado, pero que también le haga temer perderlo.
Esa frase me quemó. Viktor no quiere a una santa. No, él quería un fantasma, y yo estaba allí, probándome disfraces para encajar en una obra de teatro donde el guion ya estaba escrito.
—Siguiente —ordené, mi voz sonando más firme de lo que me sentía.
*
El segundo fue un diseño de encaje de Chantilly, con un cuello alto y mangas largas que ocultaban mis brazos. Al verme, Gianna soltó una risita sarcástica.
—Por favor, Clara, pareces una viuda de la década de los cuarenta. Si entras así a la iglesia, Viktor va a pensar que te has equivocado de siglo. Ese hombre tiene un temperamento volcánico; si le das tanta tela, se va a aburrir antes de que el cura diga “amén”.
—A lo mejor eso es lo que quiero —repliqué, mirándome en el espejo con amargura—. Que se aburra. Que se olvide de que existo debajo de todo este blanco.
—No lo hará —intervino Elena, acariciando la seda de un vestido que colgaba cerca—. Un hombre como Viktor nunca olvida lo que posee. Especialmente cuando ha tenido que luchar contra sí mismo para tomarlo.
Regresé al vestidor, sintiendo que las paredes se cerraban sobre mí. La dependienta me pasó el tercero: un vestido de corte sirena, de una seda tan fina que parecía una segunda piel. No tenía espalda. Al deslizarlo por mis hombros, el espejo me devolvió una imagen que me hizo palidecer. El escote en la espalda bajaba lo suficiente como para mostrar el inicio de un hematoma que Viktor me había dejado anoche, justo encima de la cadera. Una mancha violácea que gritaba su nombre.
—Oh, cielos... —susurró la dependienta, intentando cubrirlo con la mano rápidamente—. Podemos usar maquillaje corporal, mademoiselle. No se notará nada.
Me quedé mirando la marca. No era solo un moretón; era el sello del contrato. Era la prueba de que ya no me pertenecía a mí misma, ni a mis hermanos, ni a mi abuela. Era de él.
Salí al salón de nuevo. Gianna se puso de pie de un salto, sus ojos brillando con una luz depredadora.
—¡Eso! ¡Eso es! —exclamó, rodeándome con entusiasmo—. Es pecaminoso, Clara. Es elegante, es caro y es absolutamente letal. Viktor va a tener un infarto cuando te vea caminar hacia él. Esa espalda... Dios mío, es un mapa de tentación.
—Es demasiado —dije, sintiendo que el frío del aire acondicionado golpeaba mi piel desnuda—. Me siento... expuesta.
—La exposición es poder, querida —dijo Gianna, dándome un golpecito en la barbilla—. En este mundo, si no muestras los colmillos, te comen. Y tú estás a punto de entrar en la fosa de los leones.
Elena se acercó, pero esta vez no sonrió. Sus ojos se fijaron en la marca de mi espalda, esa que la seda no lograba ocultar del todo según el movimiento. Hubo un destello de algo parecido al reconocimiento en su mirada. Ella sabía. Sabía que esa marca no era de un accidente. Conocía la intensidad de Viktor, la forma en que sus sombras se proyectaban sobre lo que amaba... o sobre lo que intentaba usar para olvidar que la amaba a ella.
—Es un vestido peligroso —murmuró Elena, y su tono me erizó la piel—. Te hace ver como una mujer que ha sobrevivido a un naufragio y ha reclamado la playa. Pero Clara... ¿estás segura de que puedes soportar el peso de lo que este vestido proyecta?
—No tengo otra opción, ¿verdad? —le respondí, sosteniéndole la mirada—. Lo siento, lo que quiero decir es que no estoy acostumbrada, tengo nervios.
—Necesitamos joyas. Algo pesado en el cuello para equilibrar la espalda descubierta —decía ella, gesticulando—. Diamantes. Viktor tiene una caja fuerte llena de piedras. Es hora de que empieces a usarlas como armas, no como adornos.
*
La dependienta trajo un cuarto vestido, uno de satén de seda color marfil con un drapeado arquitectónico en el pecho y una abertura infinita en la pierna. Era moderno, casi agresivo. Me lo puse sintiendo que cada prenda era un eslabón de una cadena de oro. Al salir, me puse frente al espejo y me miré de verdad.
No veía a la “Pajarilla”. Veía a una extraña. Me toqué los labios, todavía sensibles.
—Este me gusta —dije, aunque mi voz no tenía emoción—. Es... frío.
“Como él”
—Es perfecto —concedió Elena, aunque sus ojos mostraban una tristeza infinita—. Te ves como una reina, Clara. Pero recuerda que las reinas son las primeras en caer cuando el rey pierde la cabeza.
—Entonces me aseguraré de que Viktor no pierda la suya.
Me estoy volviendo loca, los nervios están saliendo sin control; mi miedo es decir algo que no debo.