No me mires

1063 Words
El golpe sordo de mis rodillas contra la alfombra retumbó en toda la habitación, pero el dolor físico era nada comparado con la humillación que me subía por las mejillas. Ahí estaba yo, ovillada en el suelo, envuelta en una sábana como si fuera un tamal mal amarrado, mientras Viktor me observaba desde el umbral del baño con una ceja alzada y esa expresión de suficiencia que me daban ganas de borrarle a patadas. —¿Qué estás haciendo, Clara? —repitió él, y juraría que detecté un rastro de diversión en su voz de barítono—. ¿Ahora practicas algún tipo de ritual de apareamiento con la lencería de cama o simplemente decidiste que el suelo es más cómodo que el colchón de diez mil euros? —¡Vete a la mierda, Viktor! —le grité desde mi refugio de tela, sintiendo cómo el aire se me escapaba. Estaba enredada, sudando y, efectivamente, más desnuda que un recién nacido bajo tres capas de sábana—. ¡No mires! ¡Date la vuelta! Él soltó una carcajada corta y seca, una que me hizo hervir la sangre. Dio un paso hacia mí, con el torso todavía descubierto, dejando ver esos tatuajes que parecían reírse de mi desgracia. —Por favor, chaparra —dijo, apoyándose contra la columna de la cama con una relajación que me resultaba ofensiva—. Hace menos de una hora te tenía sobre mi escritorio y tus manos no estaban precisamente buscando una sábana para taparte. A estas alturas, tu pudor es como un paraguas en medio de un huracán: totalmente inútil y un poco ridículo. —¡Eso fue por el contrato! —chillé, forcejeando con una pierna que se había quedado atrapada en un pliegue—. ¡Y porque había espías! Aquí no hay nadie más que tú y tu arrogancia, así que ten la decencia de mirar al techo o algo. —Lo que hay aquí es una mujer que parece haber perdido una pelea contra una lavandería —replicó él, cruzándose de brazos—. Si planeas recibir a Dante y Elena mañana con ese nivel de coordinación motriz, mejor le pido a mis hombres que traigan una camisa de fuerza de seda a juego con tu pijama. Intenté ponerme de pie, pero la sábana me traicionó. Pisé un extremo, sentí que la gravedad me reclamaba de nuevo y, en un acto de desesperación absoluta, terminé rodando sobre la alfombra hasta quedar bajo la sombra de sus pies. Mi cabeza golpeó suavemente su pantorrilla. —¡Maldito diablo! —maldije en voz baja, cerrando los ojos con fuerza. —Vaya —escuché su voz justo encima de mí, ahora más cerca—. No sabía que la devoción por tu futuro esposo llegaba al punto de lanzarte a mis pies de esa manera. Es un toque romántico, Clara, pero un poco excesivo. —Te odio tanto que me duele —mascullé contra la alfombra, sintiendo el calor que desprendía su cuerpo. —El odio también quema calorías, nena. Quizás por eso eres tan pequeña —respondió, y sentí cómo se inclinaba. De repente, unas manos grandes y firmes sujetaron mis hombros a través de la tela. Con una facilidad pasmosa, me levantó del suelo como si fuera un saco de harina. Me dejó de pie, todavía envuelta hasta las orejas, y por un segundo nuestras miradas se cruzaron. Sus ojos no tenían el hielo de hace un momento; había algo más, una chispa de burla casi humana que me dejó sin aliento. —Ponte la pijama, Clara —dijo, soltándome bruscamente y dándose la vuelta para caminar hacia su lado de la cama—. Y hazlo rápido. No tengo toda la noche para ver cómo intentas convertirte en un fantasma de hotel. Me quedé allí, pasmada, mientras él se metía entre las sábanas con la misma naturalidad con la que uno se sienta a leer el periódico. Me puse la pijama a la velocidad de la luz, tropezando con el pantalón y casi metiendo los dos pies en la misma pernera, pero finalmente lo logré. Cuando me deslicé en el lado opuesto de la cama, manteniéndome tan cerca del borde que casi me caigo, el silencio volvió a reinar. Pero ya no era el silencio tenso de antes. Era algo distinto. —Viktor... —susurré hacia la oscuridad del techo. —¿Qué ahora? ¿Te quedaste pegada a la almohada? —Si Luca dice algo mañana... si nos arruina... —tragué saliva—. Prométeme que no le harás daño. Hubo una pausa larga. Sentí el colchón moverse cuando él se acomodó. —Duérmete, chaparra —dijo su voz, ya rozando el sueño—. Y reza para que tu hermano tenga más sentido común que tú con las sábanas. Porque si no, ni todo el oro de Marsella lo va a salvar del humor de Dante. Cerré los ojos, sintiendo el aroma de su perfume mezclado con el miedo y, extrañamente, con el rastro de esa risa que me había regalado. El diablo dormía a mi lado, y mañana, tendríamos que convencer a los ángeles de que nuestro infierno era el paraíso. +++++++++ El peso del silencio en la habitación solo era interrumpido por la respiración pausada de Viktor. Yo, en cambio, estaba tiesa como un poste al borde del colchón, sintiendo que si me movía un milímetro más hacia la derecha, terminaría de nuevo en la alfombra, y mi dignidad no soportaría una segunda caída en la misma noche. Tardé horas en cerrar los ojos, repasando mentalmente cada palabra que debía decirle a Luca para que no nos mandara al paredón. Pero el cansancio de un día que pareció durar una década terminó venciéndome. El amanecer en la mansión Varonelli no llegó con el canto de los pájaros, sino con un rayo de sol impertinente que se filtró por las cortinas de terciopelo y me golpeó directamente en los párpados. Gruñí, intentando taparme con la almohada, hasta que el peso de la realidad me cayó encima como una losa. —Despierta, chaparra. El mundo no se va a engañar solo. La voz de Viktor, ya totalmente despierto y —por supuesto— perfectamente peinado, retumbó a mi lado. Estaba sentado en el borde de la cama, terminando de abotonarse una camisa blanca impecable que hacía resaltar sus ojos.
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