Miedos

1079 Words
—¿Qué hora es? —pregunté con la voz ronca, incorporándome de golpe. —Las siete y media. Dante y Elena están terminando de desayunar en la terraza. Nos esperan en la puerta en media hora. —¡¿Media hora?! —salté de la cama, olvidando por completo que llevaba la pijama de seda que me quedaba un poco grande. Casi me tropiezo con los bajos del pantalón—. ¡Tengo que ducharme, peinarme, ensayar mi cara de "soy la mujer más feliz del mundo"! ¡Viktor, si Luca nos ve llegar con estas ojeras va a saber que pasamos la noche peleando por el espacio vital! Viktor se levantó y se acercó a mí con esa parsimonia que me sacaba de quicio. Me puso una mano en la coronilla, hundiéndome un poco el pelo revuelto, y me miró con una mezcla de lástima y burla. —Tu cara de pánico es bastante convincente, úsala a tu favor. Di que son los nervios por la boda —me soltó, dándome un leve empujoncito hacia el baño—. Y muévete. Elena es puntual como un reloj suizo, y Dante no tiene paciencia para los retrasos de "prometidas" estresadas. Entré al baño a trompicones. Mientras el agua caliente me caía encima, mi mente iba a mil por hora. Estábamos en la misma casa, a solo unos pasillos de distancia. Podía oír el eco lejano de los niños de Elena corriendo por el jardín, la vida familiar real sucediendo justo debajo de mis pies, mientras yo me preparaba para una función de teatro donde el guion estaba escrito con sangre y billetes de cien. * Salí del baño diez minutos después, envuelta en una toalla, y me encontré a Viktor frente al espejo terminando de anudarse la corbata. Me miró a través del reflejo. —Tu ropa está en el vestidor. Elena sugirió algo "sencillo y elegante" para ir a ver a tu familia. Traducido: nada que grite que ayer limpiabas sus baños, pero tampoco algo que haga que tu hermano quiera quemar la casa por verte vestida de oro. Fui al vestidor y encontré un vestido de lino color crema. Era precioso, modesto, pero gritaba "dinero viejo". Me lo puse con dedos torpes, luchando con la cremallera trasera hasta que sentí que alguien la subía por mí. El contacto de los dedos de Viktor contra la piel de mi espalda me hizo tensar los hombros. —Respira, Clara —susurró cerca de mi oído—. Si tiemblas frente a Dante, él sentirá el olor a miedo. Los lobos no perdonan eso. —No es miedo a Dante —respondí en un susurro, dándome la vuelta para enfrentarlo—. Es miedo a que mi familia sepa en qué clase de monstruo me estoy convirtiendo por ellos. Él me soltó y dio un paso atrás, recuperando su máscara de indiferencia. —Ya eres parte de esto. No hay vuelta atrás. Ahora, ponte algo de color en esas mejillas y baja. Ya oigo el motor de la camioneta de Dante en la entrada. * Bajamos las escaleras juntos, hombro con hombro, como la pareja perfecta. En el gran vestíbulo, Dante y Elena nos esperaban. Elena lucía un vestido floral que la hacía ver como una aparición primaveral, con Alexander de tres años colgado de su mano. Dante, por otro lado, era una presencia imponente en pantalones oscuros y una camisa que apenas contenía sus hombros. Su mirada verde se fijó en nosotros al instante. —Buenos días —saludó Elena con esa sonrisa que siempre me hacía sentir culpable—. ¿Listos? —Estamos listos —dijo Viktor, rodeando mi cintura con su brazo y apretándome contra él—. Clara ha estado despierta desde el alba, ansiosa por mostrarles la casa en donde vive su abuela. Miré a Dante. Él no sonreía. Me estudiaba como si fuera una pieza de evidencia en un caso criminal. —Vamos entonces —dijo Dante con su voz profunda—. No queremos que la abuela de Clara piense que somos descorteses por llegar tarde. Salimos de la mansión. El aire de la mañana era fresco, pero yo sentía que me asfixiaba. Subimos a la camioneta blindada. Dante al volante, Elena a su lado. Viktor y yo atrás. El trayecto hacia la casa de mi familia comenzó, y cada kilómetro que recorríamos era un paso más hacia el precipicio. Miré por la ventana, viendo cómo nos alejábamos del lujo de los Varonelli para adentrarnos en los recuerdos de mi miseria, rogando internamente que Luca, por una vez en su vida, decidiera ser un buen actor. O que, al menos, no tuviera un cuchillo a mano cuando viera a Viktor entrar por la puerta. + El trayecto se sintió como una marcha fúnebre decorada con risas de Elena. Ella hablaba con entusiasmo sobre la decoración de la boda y sobre cómo los niños; mis hermanos, se adaptarían a su nueva vida. Viktor respondía con monosílabos perfectos, manteniendo su papel de hombre serio pero "tocado" por el amor, mientras su mano apretaba mi muslo con una fuerza que pretendía darme seguridad, pero que solo lograba transferirme su propia tensión. Cuando la camioneta blindada se detuvo frente a la verja de la nueva casa. Ahí estaba él. Luca. Estaba de pie en el porche, con los brazos cruzados sobre el pecho y esa mandíbula apretada que heredó de nuestro padre. No llevaba la ropa nueva que Viktor le había comprado; vestía su vieja camiseta gastada y unos jeans con un parche en la rodilla. Era su declaración de guerra silenciosa. Su forma de decir: "Me podrán haber mudado aquí, pero sigo siendo el chico del hueco que no se vende". Dante bajó primero, su imponente figura de 1.90 m llenando el espacio. Elena lo siguió, bajando con esa elegancia innata, y finalmente Viktor me ayudó a salir, pegándome a su costado como si fuera su trofeo más preciado. —Ahí está —susurró Viktor cerca de mi oído, su voz apenas un soplido helado—. Domina a tu fiera, Clara, o lo haré yo. Caminamos hacia la entrada. El silencio era sepulcral, solo roto por el sonido de nuestros zapatos sobre el pavimento limpio. Luca no se movió. Sus ojos, oscuros y cargados de un juicio que me quemaba la piel, se clavaron primero en los de Viktor con un desprecio absoluto, y luego se desviaron hacia Elena con una confusión evidente.
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