La oscuridad de la suite no era vacía; pesaba. Era una amalgama de incienso caro, el aroma a testosterona y whisky que emanaba de su piel. Yo estaba allí, extendida sobre la alfombra de lana virgen, sintiendo cómo mi propia respiración se convertía en un enemigo que delataba mi pánico y mi entrega.
Viktor se detuvo un segundo, apoyando sus antebrazos a ambos lados de mi cabeza. Su rostro, a escasos centímetros del mío, era una máscara de guerra.
—Estás temblando, Pajarilla —soltó él. No era una pregunta, era una observación clínica, casi cruel. Su pulgar derecho se hundió en la comisura de mi labio, obligándome a entreabrir la boca—. ¿Es miedo a lo que soy, o miedo a lo que estás a punto de descubrir de ti misma?
—No te tengo miedo, Viktor —mentí, y mi voz salió con un hilo de desafío que lo hizo sonreír de esa forma torcida que tanto odiaba y necesitaba.
—Mientes tan mal que casi me ofende que lo intentes —gruñó.
Sus manos abandonaron mis costados para apresar mis muñecas, clavándolas contra la alfombra por encima de mi cabeza. El contraste era obsceno: mis brazos delgados y pálidos bajo sus manos grandes y bruscas. Viktor bajó el rostro, hundiendo su nariz en el hueco de mi cuello, aspirando mi aroma con una lentitud que me hizo contraer el vientre.
—Hueles a jabón barato y a una inocencia que no me pertenece —susurró contra mi piel, y sentí el roce de sus dientes en mi clavícula—. Mañana te compraré los perfumes más caros de Francia, te cubriré de oro y diamantes, pero nada podrá borrar este momento. Ni siquiera el maldito contrato.
De repente, su mano derecha se soltó de mi muñeca para bajar, con una deliberación que me hizo sollozar, hacia el centro de mi cuerpo.
—Dime que pare, Clara —me retó, su voz bajando a un registro tan grave que lo sentí en mis huesos—. Di que no quieres esto, que prefieres volver a la cama fría y soñar con una vida que ya no tienes, y juro por mi honor que me levantaré. Pero si te quedas callada... si dejas que siga, no habrá vuelta atrás. Te romperé de una forma que ningún otro hombre podrá arreglar jamás.
Mis pulmones ardían. Sabía que esta era mi última salida de emergencia. Podía salvar mi cuerpo, pero mi familia... mi familia volvería al barro. Y mi corazón, ese traidor, ya se había mudado a la jaula de oro de Viktor.
—No te detengas —susurré, cerrando los ojos con tanta fuerza que vi destellos—. No te atrevas a detenerte ahora.
Viktor soltó un gruñido que fue mitad triunfo y mitad condena.
Sus dedos fueron directo a la feria de juegos sin restricciones. El contacto fue abrasador. Viktor no era delicado; buscaba mi reacción, buscaba el punto exacto donde mi cuerpo se arqueaba y mi voz se perdía en un gemido incontrolable. Usaba su dedo pulgar para masajearme con una cadencia hipnótica, mientras sus otros dedos se adentraban, explorando un territorio que nadie había reclamado.
—Estás tan estrecha... —jadeó él, y por primera vez noté una grieta en su control—. Tan malditamente cerrada para mí.
Se separó lo justo para deshacerse de lo último que lo cubría. Lo vi en toda su magnitud: una montaña de músculos y sombras, un hombre diseñado para la conquista. Se posicionó entre mis piernas, abriéndolas más, obligándome a rodear su cintura con mis muslos. El contacto de su piel desnuda contra la mía fue un choque térmico.
—Mírame, Clara. Abre esos ojos —ordenó con autoridad.
Lo hice. Sus ojos estaban fijos en los míos.
—Eres virgen —no fue una pregunta. Sus ojos se oscurecieron aún más, si es que eso era posible—. Me has dejado comprarte, me has desafiado, me has gritado... y todo este tiempo, me estabas guardando esto.
—No te lo guardaba a ti —respondí con un último resto de sarcasmo, aunque mis lágrimas ya empezaban a asomar—. Simplemente nadie había tenido el precio suficiente para comprar mi ruina.
Viktor apretó los dientes, una chispa de furia y posesividad pura cruzando su rostro.
—Pues ahora soy el único dueño de tu ruina, rubia. Y voy a ser el único que te habite.
Se presionó contra mí, la punta de su virilidad buscando la entrada de mi santuario. El dolor inicial fue un pinchazo agudo, un recordatorio de que mi cuerpo no estaba acostumbrado a tal invasión. Me tensé, mis uñas clavándose en sus hombros anchos, ahogando un grito contra su cuello.
—Relájate... —murmuró él, aunque su propia voz era un desastre de necesidad—. No luches contra mí, Clara. No esta vez.
Viktor se detuvo, dándome un respiro, permitiendo que mis músculos aceptaran su tamaño. Empezó a besarme con una ternura inesperada, casi dolorosa por lo extraña que resultaba en él. Besó mis párpados, mis sienes, mi nariz, mientras sus manos acunaban mi rostro con una suavidad que me asustó más que su violencia.
—Va a doler —me advirtió, su frente contra la mía—. Pero después de esto, serás parte de mí. En el altar, ante Dios, ante la mafia... pero sobre todo, aquí abajo.
No esperó a que respondiera. Con un empuje firme y decidido, Viktor rompió la última barrera que me quedaba.
El dolor fue un estallido blanco detrás de mis ojos. Me sentí desgarrada, abierta de par en par, como si mi alma se estuviera escapando por esa herida necesaria. Enterré mi rostro en el hueco de su hombro y mordí su piel para no gritar, sintiendo el sabor salado de su sudor y el aroma a hierro en el aire.
Viktor se quedó inmóvil dentro de mí, sus músculos vibrando por el esfuerzo de no moverse demasiado rápido. Sentí una lágrima correr por mi mejilla y él la atrapó con su lengua, un gesto tan íntimo que me dolió más que la penetración misma.
—Ya pasó —susurró, su voz cargada de una emoción que nunca le había escuchado: respeto—. Ya eres mía, Clara. Completamente mía.
Empezó a moverse, despacio al principio, permitiendo que el dolor se transformara gradualmente en algo más pesado, más oscuro y vibrante. Cada embestida era una reclamación. Con cada movimiento, Viktor borraba el mundo exterior: borraba a Dante, borraba a Elena, borraba la miseria de mi familia. Solo existía él, su peso sobre mí, la forma en que sus manos se entrelazaban con las mías contra la alfombra.
El ritmo aumentó. La farsa del contrato se disolvió en el sudor y los jadeos rítmicos. Yo ya no era la "reina de contrato"; era una mujer descubriendo su propio deseo a través del hombre que la había destruido. La tensión en mi vientre se fue acumulando, una espiral que amenazaba con romperme de nuevo, pero esta vez de placer.
Viktor me elevó, sus manos bajo mis glúteos para que lo recibiera más profundamente. Su rostro era una máscara de agonía y éxtasis.
—Dime mi nombre —gruñó él, sus estocadas volviéndose frenéticas, posesivas—. No el del Don. No el del dueño de Marsella. Dime quién te está haciendo esto.
—Viktor... —gemí, mi voz rompiéndose cuando el orgasmo empezó a sacudirme desde dentro—. Viktor...
Él soltó un rugido sordo, hundiéndose en mí por última vez con una fuerza que me dejó sin aliento, su propio clímax estallando dentro de mí, sellando el contrato de la manera más antigua y brutal que conoce el hombre.
Nos quedamos allí, jadeando, unidos por algo más que la carne. La alfombra de la mansión Varonelli era ahora el altar de mi sacrificio. Viktor no se retiró de inmediato; se desplomó sobre mí, escondiendo su rostro en mi cuello, su respiración quemándome la piel.
—Mañana —susurró él, y esta vez el sarcasmo había vuelto, pero teñido de una posesividad absoluta—, mañana el vestido blanco te quedará perfecto. Porque solo yo sabré que debajo de él, todavía llevas mi marca.