Viktor soltó una carcajada seca, un sonido carente de alegría pero lleno de una apreciación brutal. Se pasó la lengua por el labio inferior, un gesto tan cargado de intención que sentí un tirón eléctrico en la base de mi vientre.
—Lo que me asquea, Clara, es la hipocresía de este mundo. Pero tocarte... —se inclinó tanto que su aliento, con sabor a malta y peligro, me empañó la piel—, tocarte es la única parte de este contrato que no me pesa. Me asusta, sí. Me asusta que una chiquilla del hueco con la lengua demasiado larga tenga el poder de hacerme olvidar que mi vida es una guerra constante.
No bebió. Respondió con una honestidad que me desarmó.
—Mi turno —continuó él, y su mano se movió con la rapidez de una cobra, atrapando mi tobillo y tirando de él hasta que mis piernas quedaron a ambos lados de su cadera—. Dime... si ahora mismo te pidiera que te quitaras el pantalón de seda, no por el juego, sino porque quieres que vea exactamente cómo reaccionas cuando estoy así de cerca... ¿lo harías? ¿O vas a esconderte detrás del orgullo una vez más?
Tragué saliva. El nudo en mi garganta era una roca. Miré a Viktor, buscando un rastro de burla, pero solo encontré una necesidad cruda, una urgencia que hacía que el aire en la suite fuera insuficiente.
—No me escondo —susurré, y mis dedos fueron a la cinta de mi pantalón de pijama, me alejé de él.
Lo deslicé hacia abajo con una lentitud tortuosa. El roce de la seda abandonando mis caderas fue un suspiro en el silencio de la noche. Me quedé solo en mi ropa interior, bajo la luz dorada que subrayaba cada curva, cada inseguridad de mi cuerpo que nunca había sido expuesto así. Viktor recorrió mi anatomía con una parsimonia insultante, como un cartógrafo reclamando tierras nuevas.
—Bebe —dije, mi voz apenas un hilo—. Porque mi respuesta es que ya lo hice. Y ahora te toca a ti perder algo, Viktor.
Él sonrió, una mueca cínica y hermosa, y se desabrochó el primer botón de su pantalón de pijama. Se lo quitó con una despreocupación que me hizo querer abofetearlo y besarlo al mismo tiempo. Ahí estábamos, casi desnudos sobre la alfombra, con la botella de whisky a medio vaciar como único testigo.
—Última pregunta, Clara —dijo él, y su tono cambió. Ya no era un juego. Era una sentencia—. Este es el reto final. Si respondes, yo me quito lo último que me queda. Si no... te quedas desnuda ante mí y aceptas lo que venga después.
Sentí que el corazón me iba a estallar.
—Dime... —él se acercó, sus manos subiendo por mis muslos, quemando la piel a su paso—, si mañana, en el altar, Dante no estuviera mirando, si Elena no existiera, si el contrato no valiera ni el papel en el que está escrito... ¿me besarías ahora mismo con la intención de no soltarme nunca, o seguirías diciendo que soy el monstruo que arruinó tu vida?
El silencio que siguió fue el más largo de mi existencia. Podía oír el tic-tac de un reloj inexistente, el pulso de Viktor contra mi rodilla, mi propia conciencia gritándome que huyera. Pero el alcohol y la cercanía de ese hombre, de esa "montaña de sombras" que me prometía un infierno mucho más interesante que mi cielo gris, me ganaron.
No respondí con palabras. Me quedé callada, dejando que mi silencio fuera la respuesta. Había perdido el reto. O quizás, por primera vez, había ganado.
—Perdiste, rubia —susurró él, y sus manos fueron al cierre de mi sujetador.
Con un movimiento experto, la prenda cayó al suelo. Me quedé desnuda ante él, mi pecho subiendo y bajando con una respiración errática. Viktor no se lanzó sobre mí. Me miró. Me miró como si fuera una obra de arte y un pecado al mismo tiempo. Su mano subió, acariciando la curva de mi cuello, su pulgar delineando mi labio inferior.
—Ahora el último reto —dijo, su voz tan baja que era casi un pensamiento—. Quédate quieta. No te muevas. Deja que sea yo quien decida cuándo termina esta farsa y empieza nuestra realidad.
Se acercó, sus labios rozando los míos, pero sin llegar a besarlos. El tormento de la cercanía era insoportable. Sentía su calor, su aroma, la vibración de su cuerpo contra el mío.
—Viktor... —gemí, rompiendo mi propia regla de silencio.
—Shh —me calló él, capturando mi labio inferior entre sus dientes, tirando con una suavidad que me hizo arquear la espalda—. Mañana te pondrás el vestido blanco. Mañana serás la santa de la familia. Pero esta noche... esta noche eres mía en el suelo de esta habitación, y no hay ni una sola cláusula que pueda salvarte de lo que te voy a hacer sentir.
Me tomó de la cintura y me tumbó sobre la alfombra, su cuerpo pesado y sólido cubriendo el mío. La suavidad de la lana contra mi espalda y la dureza de Viktor sobre mí crearon un contraste que me hizo perder el sentido de la realidad. Ya no era una partida de ajedrez. Ya no era un peón. Era una mujer ardiendo en los brazos del hombre que me había comprado, y por primera vez, no me importaba el precio.
*
Viktor me tenía anclada, su peso era una advertencia y una promesa de destrucción a la vez. Cuando sus labios finalmente colisionaron con los míos, no hubo rastro de la elegancia fría del Don; era un choque de desesperación, un beso que sabía a whisky, a pecado y a años de aislamiento emocional que explotaban en un solo segundo.
Sus manos, esas que habían firmado sentencias de muerte y acariciado joyas de un valor incalculable, se cerraron sobre mis hombros con una fuerza que me hizo jadear. No era tierno, y Dios me perdonara, pero yo no quería ternura. Quería la realidad bruta de un hombre que me deseaba por encima de los contratos. Sus labios abandonaron mi boca para trazar un camino de fuego por mi mandíbula, bajando por mi cuello con una voracidad que me hizo arquear la espalda. Sentía sus dientes rozando mi piel, succionando con un ímpetu que sabía que dejaría marcas, sellos de propiedad que mañana tendría que ocultar.
—Viktor... —mi voz era un ruego roto, mis piernas abriéndose instintivamente para darle paso, para sentir el calor abrasador que emanaba de él.
Él no respondió con palabras, solo con un gruñido gutural que vibró contra mi garganta. Sus manos descendieron por mi torso, apretando mis costados, hasta que sus dedos encontraron el nexo de mi necesidad. El primer contacto de su mano contra mi clítoris fue como una descarga eléctrica que me hizo ver estrellas en la penumbra de la habitación. Empezó a jugar conmigo con una maestría cruel, alternando presiones y ritmos que me hacían perder el sentido de quién era yo.
—Mírame, Clara —ordenó, su voz rasposa, cargada de una lujuria que no podía fingir.